BROCHE DE ORO. César, Nicole y Rosa (de izquierda a derecha) acompañan al protagonista, Leonel Vega, en la salida de los vestuarios tras la victoria de Atlético sobre Talleres.
Rosa Salinas, César Vega y Nicole Vier se bajaron prácticamente corriendo del taxi. Eran las 16.40, faltaban sólo veinte minutos para que el duelo entre Atlético Tucumán y Talleres comenzara de manera oficial, y la familia Vega venía de completar una extenuante carrera de más de 18 horas contra el tiempo. Cerca del acceso al estadio Marcelo Bielsa los esperaba un conocido de la casa: el ex ídolo “decano” Juan Pablo Pereyra, actual representante de Leonel Vega, quien aguardaba con las tres entradas en la mano para la mamá, el papá y la pareja del volante. Cuando por fin encontraron sus asientos en una de las plateas del Coloso, recién ahí pudieron respirar con tranquilidad. La travesía en la ruta había llegado a su fin; ahora era el momento del fútbol.
Horas antes, la imagen en el cemente era completamente elocuente. Sólo seis personas copaban un colectivo de línea que viajaba desde Tucumán con destino a Santa Fe. Entre los pocos pasajeros, César, Rosa y Nicole se desparramaban sin cesar en sus asientos. Pasaban un mate para matizar la espera, compartían una galletita, se levantaban a hablar con el chofer. En ese momento de la ruta, el viaje estimaba unas cuatro horas de retraso debido a un inconveniente técnico imprevisto, lo que abría un interrogante enorme: ¿llegaría la familia de ‘Leo’ a tiempo para verlo debutar en la Copa Argentina?
Rosa, la madre, intentaba complotar con el resto de los pasajeros para que el transporte no realizara ninguna parada técnica en las estaciones de servicio del camino. “Nos dicen que son 15 minutos, pero ese tiempo a nosotros nos sirve muchísimo”, decía con desesperación arriba del micro. El trayecto para ver por primera vez a su hijo jugar en Primera División fuera de la provincia amenazaba con estirarse demasiado. La impaciencia crecía con el pasar de los kilómetros.
“Ahora tengo una mezcla de sentimientos. Estoy ansiosa, tengo un poquitito de miedo, pero tratamos de sacar el temor y confiamos en que vamos a llegar en horario”, explicaba la mamá en el momento más crítico del viaje, cuya única contención era aferrarse a la fe.
“Estoy recontra ansioso, ya no veo la hora de entrar al estadio y verlo a él”, confesaba César, su papá, mientras las palabras le salían solas, casi como un mecanismo de descarga para ganarle al silencio del pasillo.
En el asiento de atrás, su novia Nicole no sabía si intentar dormirse o fingir estar distraída con la pantalla de su celular. Unos segundos más tarde, revelaba que se encontraba chateando con el volante tucumano de 22 años, aunque aplicando una piadosa estrategia. “Le estoy mandando mensajes diciendo que ya vamos a llegar. Él no va a estar tranquilo hasta que no sepa que ya estamos en el estadio, porque está acostumbrado a que siempre estemos temprano. La verdad es que tengo miedo y quiero llegar ya para verlo y esperarlo afuera como siempre”, contaba sobre su plan para no alterar la concentración del mediocampista en la previa de la final.
La charla en el interior del coche giraba inevitablemente hacia las raíces del “5”. La escena lo pedía de forma orgánica: dos padres y una pareja haciendo una travesía interminable para presenciar noventa minutos de fútbol. Estamos hablando de un futbolista de la máxima categoría, pero en este rincón de la ruta nacional no existían los aviones privados, los vuelos chárter ni los lujos de primera línea. Había humildad pura. Era una familia de trabajadores acompañando a pulmón el desarrollo de su hijo en el profesionalismo.
“Para mí esto es un sueño; es un sueño verlo acá, lo que él está viviendo y pasando, porque pasó por muchas cosas y mucho sacrificio. Siendo un papá futbolero, para mí es emocionante y muy gratificante verlo dónde está”, relataba César con un orgullo que le rebalsaba en la mirada mientras miraba el paisaje por la ventanilla.
Con el correr de las horas, el diálogo adquiría un tono más íntimo. Preguntar sobre las distancias encendía de inmediato las emociones de Rosa. “Con Leonel tengo una relación muy linda. Me aboco mucho a tratar de fortalecerlo en cuanto a su pensamiento, a que él entienda que este camino que eligió es una carrera difícil en todos los ámbitos, pero que tiene que tener mucha fe. Desde el lado de mamá, estoy ahí acompañando, dándole amor, mimándolo y dando lo mejor de mí, porque es lo que hace una madre”.
Finalmente, el destino y los cálculos contrarreloj les jugaron una buena pasada. Toda aquella angustiosa odisea arriba del colectivo se transformó en un recuerdo agrio pero lejano cuando el árbitro dio el pitazo inicial. Todo el sacrificio, las corridas al bajarse del taxi y los nervios del viaje valieron la pena en el preciso instante en que vieron a “Leo” pisar el césped de la cancha de Newell’s portando la camiseta número “5” de Atlético.
Para coronar una jornada cinematográfica, el trámite posterior superó cualquier libreto previo: hubo goleada 3-0, pasaje a octavos de final y minutos finales con el joven tucumano portando la cinta de capitán tras un enorme gesto de Leandro Díaz. “Se hizo larguísimo el viaje, fueron muchísimos kilómetros, pero valió totalmente la pena la espera. Parecía que no llegábamos nunca, te juro, pero nos volvemos felices”, concluyó su papá.
Ese desahogo contenido en la ruta se trasladó directo a los vestuarios del Coloso. “Cuando salimos, ‘Leo’ nos decía que él estaba nervioso. Cada vez que salía a calentar miraba a la platea a ver si nos podía encontrar, porque no sabía si habíamos llegado o no por el problema del colectivo. Me preguntó si habíamos sufrido mucho y le dije que por suerte entramos como 15 minutos antes del partido y estuvimos de ‘10’”, relató Rosa con una sonrisa que ya no dejaba rastro de la antigua impaciencia.
Una tarde-noche redonda y perfecta que tuvo su síntesis más humana una vez concluido el encuentro. El desahogo final se materializó en un abrazo interminable entre Rosa y César en la platea del estadio, y en la mirada cómplice de Nicole, quien cumplió con su palabra, dejó atrás la estrategia de los mensajes de texto y volvió a esperarlo afuera del vestuario para celebrar un triunfo que hizo olvidar cada uno de los kilómetros sufridos en la ruta.





















