La soberbia: la mentira de creernos dioses y la advertencia del Papa León XIV

3/9 Serie: los siete pecados capitales de la Inteligencia Artificial. El espejismo de controlar la realidad con un algoritmo nos vuelve arrogantes. Pero un buen porrazo y la nueva encíclica del Vaticano nos recuerdan que nuestra mayor fuerza está, justamente, en sabernos frágiles.

Las caídas que nos rescatan de la soberbia. OpenAI Las caídas que nos rescatan de la soberbia. OpenAI

Perdón, amigo lector. El domingo pasado te dejé pagando. Y te juro que no fue pereza; fue pura y exclusivamente culpa de la ley de gravedad.

Metiéndole a la bici de Yerba Buena a Tafí Viejo con un amigo, me cruzó la realidad. Empezó a lloviznar, hacía un frío tremendo y la mufé. e

Tiré: "Nahuel, peguemos la vuelta que se largó y me tengo que ir. No me puedo ni enfermar ni golpear". Diez minutos después, la rueda delantera se me trabó en una cárcava, salí volando derecho hacia adelante y el suelo se “posó” agresivamente en mis brazos.

La soberbia: la mentira de creernos dioses y la advertencia del Papa León XIV
Resultado clínico: hombro dislocado, manguito rotador destrozado y fractura. Terminé besando el barro tucumano. Y aprendiendo de que querer controlar y eficientar todo no deja de ser un pecado de SOBERBIA. Y la naturaleza está para recordarnos nuestra propia fragilidad y nuestros límites.

Santa Teresa y el GPS mental roto

Ahí, tirado en el piso, maldiciendo mi suerte, pensé en el pecado que nos toca analizar hoy: la Soberbia. Etimológicamente viene del latín superbia, que significa ponernos por encima. Creernos superiores a nuestra naturaleza finita.

Santa Teresa de Jesús, que de estos laberintos del alma entendía, lo resumió con una frase demoledora: "La humildad es andar en verdad". Ergo, la soberbia es, ni más ni menos, andar en la mentira.

Hoy, en esta era en que un algoritmo es dios, vivimos en esa mentira. Es el simulacro ridículo de pensar que tenemos la vaca atada porque llevamos un genio hiperpotente en el bolsillo. Le delegamos el esfuerzo de pensar a un servidor en California y nos creemos dueños de la verdad absoluta.

De la medicina al delirio del Homo Deus

Me defino como un optimista tecno-humanista “ingenuo”, terco y profundamente convencido. Creo que el Razonamiento Computacional (RC) es una herramienta fantástica y necesaria. La defino con el Segundo Fuego. Considero que esto no es una Revolución Industrial más sino un cambio de era. Peeeeeerooo… Ojo. Poniendo las cosas en su lugar. La IA no es inteligencia, no es conciencia, no siente. Sólo resuelve problemas (mejor que yo, sin dudas), pero no “entiende” y comprende lo que hace.

Podemos usar la IA para la guerra y para la medicina. Para usar esa potencia para curar, aliviar el sufrimiento y mejorar nuestra calidad de vida. Pero también usarla para la mentira, para la IRA, para matar. Ahí está el gran dilema de los tiempos de hoy. Hemos intentado el segundo fuego pero, ¿lo hemos aprendido a dominar?

Vivir es un milagro espectacular que en el universo dura apenas un suspiro. Si la tecnología nos ayuda a extenderla y disfrutarla mejor, ¡bienvenida sea la máquina! Pero aumentarnos temporalmente, ser un Homo Augmentus, no nos convierte en dioses omnipotentes e inmortales. ¿Es, acaso, la búsqueda de la inmortalidad un pecado capital de soberbia de la Inteligencia artificial?

Cada vez que el ser humano jugó a deificarse y a creerse un Homo Deus, la historia terminó ensangrentada. Nacemos, nos rompemos (a veces el hombro, a veces el corazón) y nos morimos. Esa es la verdad ineludible.

El Papa León XIV nos baja de un hondazo

Justo contra este delirio de omnipotencia, el Vaticano acaba de meter un pleno histórico. La reciente carta encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, frena esta locura y nos devuelve a la tierra.

La Iglesia, con dos mil años de calle, nos advierte sobre la arrogancia de creer que podemos saltar nuestra finitud o reducir la dignidad de la persona a un frío cálculo probabilístico en la nube.

Hay una frase del Papa en ese texto que me parece espectacular y que resume nuestro verdadero desafío existencial: "El ser humano no florece a pesar de sus límites, sino a través de ellos".

La grieta de la perfecta imperfección

Es una sintonía absoluta con lo que te propongo siempre. La máquina busca la eficiencia aséptica, pero nosotros nos construimos en la fricción. Hace un tiempo te lo escribí con estas mismas palabras en este diario:

"La imperfección es la grieta que nos permite ver el mundo con nuevos ojos, que nos abre a la posibilidad del cambio, del aprendizaje, del crecimiento. Es en la aceptación de nuestras limitaciones, de nuestros errores, de nuestras vulnerabilidades, donde encontramos la fuerza para ser auténticos, para conectar con los demás de forma genuina y para construir una vida con sentido", publicado en LA GACETA el 25 de agosto de 2024 “El valor de la imperfección en un mundo obsesionado con la perfección”.

No somos dioses. Somos de carne, tomamos malas decisiones, nos caemos de la bicicleta y nos rompemos en pedazos. Y menos mal que es así, porque ahí, en esa fragilidad, reside nuestra verdadera humanidad.

El próximo domingo 7 de junio, justo en el Día del Periodista, vamos a meternos con el cuarto pecado de nuestra serie: la IRA. Vamos a desarmar cómo el enojo es el combustible premium de los algoritmos de retención.

Trataré de escribir ese artículo sin que me gane la furia. Porque te juro que la impotencia y el dolor punzante de andar manco me llena de ira, ja.

Te leo en el foro. Roto, pero te leo.

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