01 Septiembre 2002
Es un autor prolífico. El libro se publicó en francés en 1990, de modo que en la docena de años transcurrida, Onfray ha seguido editando con prisa y sin pausa. Su catecismo ideológico es un anarquismo plenario: en ética, estética, ontología, epistemología, política, economía, arte.
En el prólogo confiesa haber sido educado primero por "curas deshonestos y sádicos". Luego sus profesores le enseñaron el pensamiento griego (Sócrates, Platón...), pero gracias a un viejo maestro descubrió algo que estimó más importante: el materialismo ateo de Lucrecio y luego los cínicos, cuyas tesis lo deslumbraron.Antístenes (444-365 a.C.) fundó su escuela cínica en el gimnasio Cinosargo (en griego: "el perro blanco") y de ahí el mote de "la secta del perro"; es el hombre que hizo la observación antiplatónica: "Sócrates, yo veo el caballo, pero no veo la caballidad". Su discípulo Diógenes de Sínope (404-327 a.C.), la figura más célebre de la escuela, vivía en un tonel y a su muerte le hicieron una tumba donde podía admirarse un perro de mármol.
Crates, alumno de Diógenes, estaba enamorado de Hiparka, de familia noble. Se presenta desnudo ante ella y le dice: "Esto es todo lo que soy y poseo, serás mi compañera si compartes mi vida"; desde ese momento, llevan una vida mendicante, ejerciendo el sexo en cualquier lugar público, pues "la casa del sabio es de vidrio".
¿Qué le atrae a Onfray de los cínicos, que proclamaban no tener más necesidades que las de un perro vagabundo, y de quienes no quedan libros sino fragmentos, algunos inflados por la leyenda? Pues su carácter subversivo, subvertir es trastornar, revolver, destruir. Diógenes, dice Onfray, lleva la subversión hasta la incandescencia. Para el autor es suficiente, no le interesa verificar la autenticidad de los fragmentos, "me importan el tono , el espíritu".
El cinismo retoma la distinción de los sofistas entre naturaleza y convención, sigue a la naturaleza (las conductas de los animales son esgrimidas como ejemplares) y anuncia su tesis básica, un vehemente rechazo de todas las convenciones. La virtud reside en los actos y no en las razones, los razonamientos son superfluos y nocivos.El individuo privado se erige en modelo, no por su ciencia sino por su práctica, el fin es lograr ser autosuficiente. Los cínicos se oponen a la religión, pero también a la matemática, la geometría, la medicina, la astronomía. En una palabra, rechazan la cultura entera, y según algunos estudiosos del tema, prefiguran al "buen salvaje" de Rousseau.En Diógenes esta actitud alcanza ribetes extremos, y junto a reflexiones o aforismos positivos (por ejemplo, que todos los seres humanos son iguales) aparecen el exhibicionismo y la impudicia.Onfray celebra que Diógenes se opusiera a las filosofías teóricas y a la cultura y frecuentara más los burdeles que las clases de los platónicos. Así como Roland Barthes escribió que todo lenguaje es fascista, para Onfray toda cultura es fascista. Los cínicos, pues, serían los héroes antifascistas de la edad ateniense.
Ahora bien, Onfray distingue entre un cinismo serio, el que acabamos muy sucintamente de exponer, y un cinismo vulgar, basado en la hipocresía.
Aceptamos la diferencia, pero también cabe decir que hay una crítica filosófica seria y una crítica filosófica vulgar. Onfray desprecia a Platón, a Santo Tomás y a Maquiavelo tildándolos de cínicos vulgares (o sea, hipócritas); a Descartes y a Kant, pues no aportan nada esencial; a Hegel por no percibir la grandeza filosófica de Diógenes y a Wittgenstein porque "nos condena al silencio perpetuo".
Cuando así se conduce, Onfray está haciendo crítica vulgar y entonces, como un bumerán, el desprecio se vuelve contra él.
Tradujo Alcira Bixio.
(c) LA GACETA
En el prólogo confiesa haber sido educado primero por "curas deshonestos y sádicos". Luego sus profesores le enseñaron el pensamiento griego (Sócrates, Platón...), pero gracias a un viejo maestro descubrió algo que estimó más importante: el materialismo ateo de Lucrecio y luego los cínicos, cuyas tesis lo deslumbraron.Antístenes (444-365 a.C.) fundó su escuela cínica en el gimnasio Cinosargo (en griego: "el perro blanco") y de ahí el mote de "la secta del perro"; es el hombre que hizo la observación antiplatónica: "Sócrates, yo veo el caballo, pero no veo la caballidad". Su discípulo Diógenes de Sínope (404-327 a.C.), la figura más célebre de la escuela, vivía en un tonel y a su muerte le hicieron una tumba donde podía admirarse un perro de mármol.
Crates, alumno de Diógenes, estaba enamorado de Hiparka, de familia noble. Se presenta desnudo ante ella y le dice: "Esto es todo lo que soy y poseo, serás mi compañera si compartes mi vida"; desde ese momento, llevan una vida mendicante, ejerciendo el sexo en cualquier lugar público, pues "la casa del sabio es de vidrio".
¿Qué le atrae a Onfray de los cínicos, que proclamaban no tener más necesidades que las de un perro vagabundo, y de quienes no quedan libros sino fragmentos, algunos inflados por la leyenda? Pues su carácter subversivo, subvertir es trastornar, revolver, destruir. Diógenes, dice Onfray, lleva la subversión hasta la incandescencia. Para el autor es suficiente, no le interesa verificar la autenticidad de los fragmentos, "me importan el tono , el espíritu".
El cinismo retoma la distinción de los sofistas entre naturaleza y convención, sigue a la naturaleza (las conductas de los animales son esgrimidas como ejemplares) y anuncia su tesis básica, un vehemente rechazo de todas las convenciones. La virtud reside en los actos y no en las razones, los razonamientos son superfluos y nocivos.El individuo privado se erige en modelo, no por su ciencia sino por su práctica, el fin es lograr ser autosuficiente. Los cínicos se oponen a la religión, pero también a la matemática, la geometría, la medicina, la astronomía. En una palabra, rechazan la cultura entera, y según algunos estudiosos del tema, prefiguran al "buen salvaje" de Rousseau.En Diógenes esta actitud alcanza ribetes extremos, y junto a reflexiones o aforismos positivos (por ejemplo, que todos los seres humanos son iguales) aparecen el exhibicionismo y la impudicia.Onfray celebra que Diógenes se opusiera a las filosofías teóricas y a la cultura y frecuentara más los burdeles que las clases de los platónicos. Así como Roland Barthes escribió que todo lenguaje es fascista, para Onfray toda cultura es fascista. Los cínicos, pues, serían los héroes antifascistas de la edad ateniense.
Ahora bien, Onfray distingue entre un cinismo serio, el que acabamos muy sucintamente de exponer, y un cinismo vulgar, basado en la hipocresía.
Aceptamos la diferencia, pero también cabe decir que hay una crítica filosófica seria y una crítica filosófica vulgar. Onfray desprecia a Platón, a Santo Tomás y a Maquiavelo tildándolos de cínicos vulgares (o sea, hipócritas); a Descartes y a Kant, pues no aportan nada esencial; a Hegel por no percibir la grandeza filosófica de Diógenes y a Wittgenstein porque "nos condena al silencio perpetuo".
Cuando así se conduce, Onfray está haciendo crítica vulgar y entonces, como un bumerán, el desprecio se vuelve contra él.
Tradujo Alcira Bixio.
(c) LA GACETA















