01 Septiembre 2002
Dice Guénon que la humanidad atraviesa un período sombrío, que se encuentra inmersa en un estado de disolución del cual no es posible salir sino a través de un cataclismo, que se trata de una crisis de valores terminal cuyo destino redentor es el abismo.
El culpable directo de esta zozobra es el abyecto Occidente, una suerte de demonio materialista que ha inoculado su mal en la límpida espiritualidad del Oriente. Porque con su falta de religiosidad ha dado a luz un hombre moderno que, en lugar de elevarse a la verdad, la ha descendido a su diminuto nivel. Y una prueba elocuente de esta siniestra inversión es, según Guénon, que la alquimia ha devenido astrología y la astronomía, química. Es decir, el saber sagrado, saber profano. He ahí los síntomas del desorden mental de nuestra época, cuyos responsables mayores son ciertos sofistas adorados como divinidades por la grey occidental: desde Kant a Descartes y a Karl Marx, por ejemplo, entre otros tantos viles pecadores que debieran estar ardiendo en el limbo. Pues son ellos, damas y caballeros, quienes mediante refinados ardides verbales nos han arrojado a este naufragio postrero.
Pero como Guénon es, además, un genio del suspenso, su diatriba contra el eje del mal nos mantiene en un tenso sopor revelatorio y, con esa enigmática pluma que lo caracteriza, nos ilusiona a lo largo de todo el libro con la inminencia latente de una revelación que, como no podía ser de otro modo, se hará desear hasta el mismísimo final. Es entonces cuando advertimos que la revelación, como todo objeto de deseo, debe ser inasible; y que allí radica precisamente su clave. Salvo que uno se disperse y opte por creer que la revelación consiste en una sarta de palabras cargadas de orientalismo, especies de fonemas mágicos que operan como conjuros verbales.
Estamos, lector, ante un alegato ambiguo y fundamental de René Guénon, cuya publicación original en 1946 le imprimiría además un indudable valor profético; si entendemos al cataclismo, claro, al igual que la revelación, como un suceso en estado de inminencia perpetuo. Porque sería herético especular apenas que el cataclismo pueda consistir justamente en este mundo de hechos atroces y sublimes, en el que cabe incluso el propio libro de Guénon. Un libro, en suma, que nos conmueve y nos estimula a seguir solazándonos con más verdades manidas en otros tantos, tantos y tantos volúmenes de su autoría como: Esoterismo Islámico y taoísmo, El teosofismo: historia de una pseudorreligión, Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada o Autoridad espiritual y poder temporal. Todos, de seguro, alambicados evangelios doctrinarios de suma utilidad para mercachifles de espiritualidad y afines. Ideales para nutrir el quiosco esotérico.
(c) LA GACETA
El culpable directo de esta zozobra es el abyecto Occidente, una suerte de demonio materialista que ha inoculado su mal en la límpida espiritualidad del Oriente. Porque con su falta de religiosidad ha dado a luz un hombre moderno que, en lugar de elevarse a la verdad, la ha descendido a su diminuto nivel. Y una prueba elocuente de esta siniestra inversión es, según Guénon, que la alquimia ha devenido astrología y la astronomía, química. Es decir, el saber sagrado, saber profano. He ahí los síntomas del desorden mental de nuestra época, cuyos responsables mayores son ciertos sofistas adorados como divinidades por la grey occidental: desde Kant a Descartes y a Karl Marx, por ejemplo, entre otros tantos viles pecadores que debieran estar ardiendo en el limbo. Pues son ellos, damas y caballeros, quienes mediante refinados ardides verbales nos han arrojado a este naufragio postrero.
Pero como Guénon es, además, un genio del suspenso, su diatriba contra el eje del mal nos mantiene en un tenso sopor revelatorio y, con esa enigmática pluma que lo caracteriza, nos ilusiona a lo largo de todo el libro con la inminencia latente de una revelación que, como no podía ser de otro modo, se hará desear hasta el mismísimo final. Es entonces cuando advertimos que la revelación, como todo objeto de deseo, debe ser inasible; y que allí radica precisamente su clave. Salvo que uno se disperse y opte por creer que la revelación consiste en una sarta de palabras cargadas de orientalismo, especies de fonemas mágicos que operan como conjuros verbales.
Estamos, lector, ante un alegato ambiguo y fundamental de René Guénon, cuya publicación original en 1946 le imprimiría además un indudable valor profético; si entendemos al cataclismo, claro, al igual que la revelación, como un suceso en estado de inminencia perpetuo. Porque sería herético especular apenas que el cataclismo pueda consistir justamente en este mundo de hechos atroces y sublimes, en el que cabe incluso el propio libro de Guénon. Un libro, en suma, que nos conmueve y nos estimula a seguir solazándonos con más verdades manidas en otros tantos, tantos y tantos volúmenes de su autoría como: Esoterismo Islámico y taoísmo, El teosofismo: historia de una pseudorreligión, Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada o Autoridad espiritual y poder temporal. Todos, de seguro, alambicados evangelios doctrinarios de suma utilidad para mercachifles de espiritualidad y afines. Ideales para nutrir el quiosco esotérico.
(c) LA GACETA















