01 Septiembre 2002
Con su liviano libro "Tocar fondo", José Eduardo Abadi y Diego Mileo desperdician a lo largo de casi 200 páginas la oportunidad de analizar la crisis de la clase media argentina.
La obra, editada por Sudamericana, es una sucesión de lugares comunes, aforismos vacíos y afirmaciones soltadas con ligereza, para justificar antojadizas apreciaciones de los autores.
Por momentos, parece que el psiquiatra y el dramaturgo describen a los argentinos como una colectividad de esquizo-paranoides. Para hablar de la diferencia de criterios con el FMI, sostienen: "nos resulta insoportable que otros nos juzguen según su propia vara y no en relación con lo que creemos que somos". Y agregan: "el juicio externo desencadena una serie de teorías conspirativas (?Dicen esto porque nos odian?)". En esta línea, sostienen que entendemos que las barreras arancelarias extranjeras están diseñadas para destruirnos.
Abundan las vaguedades ("algunos autores", "numerosas investigaciones", "según los antropólogos"). Las agresiones gratuitas ("argentinos, supuestamente dotados, omnipotentes y fanfarrones"). Y las ingenuidades ("Cuando -Ricardo- López Murphy se dirigió a la sociedad llamando las cosas por su nombre, fue repudiado"). Los temas que se abordan son inconexos y a menudo abstractos. A las pocas páginas, se pierde de vista la razón de ser del libro: advertir cómo y por qué la clase media tocó fondo.
Se traza un perfil de los próceres que resulta descolgado. Y en esta distracción, Abadi y Mileo terminan previniendo a los "héroes" que asuman sus miserias, porque de lo contrario pasarán a ser "ídolos" y los "ídolos" no gobiernan...
Hay interrogantes sin respuesta ("¿De verdad estaremos privados de articular un proyecto propio?"); clisés rotundos ("el sueño de los corruptos es la pesadilla de los honestos"); y advertencias obvias, como la de que la violencia colérica puede llevar a la anarquía. No faltan, por supuesto, sentencias del tipo "los argentinos siempre defendimos la salida individual", sin argumentos o ejemplos que las sostengan.
La página 72 sintetiza esto de escribir mucho y no decir nada: "Existe una teoría -expresada con distinto nivel de erudición de acuerdo con el segmento que la enuncie, y también con distinto nivel de error-, según la cual seríamos rehenes de intereses extranjeros".
En el capítulo "Con el pasaporte en el bolsillo", llega a asegurarse que quien emigra del país pensando que no hay otra solución, tiene dificultades para "asumir nuestra identidad".
La cuestión llega a tomar un cariz hasta peligroso cuando se desliza que la clase media pone rejas en sus casas contra la gente que pide limosnas. Sobre esto ya había preanuncios en la página 20: "la pobreza siempre tuvo sus límites geográficos y, mientras esos límites funcionaron como tales (la clase media sentía que) el terreno propio era seguro".
En el cierre, el uso de una encuesta que ni siquiera es exclusiva de los autores y que, además, ya fue publicada por un matutino porteño, es de dudoso estilo. Sobre todo cuando, con el correr de los párrafos, terminan hablando de "nuestra encuesta".
Pero, sin duda, el punto culminante es el apartado: "Instrucciones para refundar un país". Tiene dos páginas y tres consejos: "formar grupos de trabajo independientes", "abandonar la protesta por la propuesta" y "dejar la improvisación". Otra vez será.
(c) LA GACETA
La obra, editada por Sudamericana, es una sucesión de lugares comunes, aforismos vacíos y afirmaciones soltadas con ligereza, para justificar antojadizas apreciaciones de los autores.
Por momentos, parece que el psiquiatra y el dramaturgo describen a los argentinos como una colectividad de esquizo-paranoides. Para hablar de la diferencia de criterios con el FMI, sostienen: "nos resulta insoportable que otros nos juzguen según su propia vara y no en relación con lo que creemos que somos". Y agregan: "el juicio externo desencadena una serie de teorías conspirativas (?Dicen esto porque nos odian?)". En esta línea, sostienen que entendemos que las barreras arancelarias extranjeras están diseñadas para destruirnos.
Abundan las vaguedades ("algunos autores", "numerosas investigaciones", "según los antropólogos"). Las agresiones gratuitas ("argentinos, supuestamente dotados, omnipotentes y fanfarrones"). Y las ingenuidades ("Cuando -Ricardo- López Murphy se dirigió a la sociedad llamando las cosas por su nombre, fue repudiado"). Los temas que se abordan son inconexos y a menudo abstractos. A las pocas páginas, se pierde de vista la razón de ser del libro: advertir cómo y por qué la clase media tocó fondo.
Se traza un perfil de los próceres que resulta descolgado. Y en esta distracción, Abadi y Mileo terminan previniendo a los "héroes" que asuman sus miserias, porque de lo contrario pasarán a ser "ídolos" y los "ídolos" no gobiernan...
Hay interrogantes sin respuesta ("¿De verdad estaremos privados de articular un proyecto propio?"); clisés rotundos ("el sueño de los corruptos es la pesadilla de los honestos"); y advertencias obvias, como la de que la violencia colérica puede llevar a la anarquía. No faltan, por supuesto, sentencias del tipo "los argentinos siempre defendimos la salida individual", sin argumentos o ejemplos que las sostengan.
La página 72 sintetiza esto de escribir mucho y no decir nada: "Existe una teoría -expresada con distinto nivel de erudición de acuerdo con el segmento que la enuncie, y también con distinto nivel de error-, según la cual seríamos rehenes de intereses extranjeros".
En el capítulo "Con el pasaporte en el bolsillo", llega a asegurarse que quien emigra del país pensando que no hay otra solución, tiene dificultades para "asumir nuestra identidad".
La cuestión llega a tomar un cariz hasta peligroso cuando se desliza que la clase media pone rejas en sus casas contra la gente que pide limosnas. Sobre esto ya había preanuncios en la página 20: "la pobreza siempre tuvo sus límites geográficos y, mientras esos límites funcionaron como tales (la clase media sentía que) el terreno propio era seguro".
En el cierre, el uso de una encuesta que ni siquiera es exclusiva de los autores y que, además, ya fue publicada por un matutino porteño, es de dudoso estilo. Sobre todo cuando, con el correr de los párrafos, terminan hablando de "nuestra encuesta".
Pero, sin duda, el punto culminante es el apartado: "Instrucciones para refundar un país". Tiene dos páginas y tres consejos: "formar grupos de trabajo independientes", "abandonar la protesta por la propuesta" y "dejar la improvisación". Otra vez será.
(c) LA GACETA















