02 Enero 2004
Las autoridades agrícolas de la Unión Europea han anunciado recientemente un plan especial para incentivar la incorporación de jóvenes agricultores para que se radiquen y trabajen en el campo europeo. Esta acertada decisión surgió luego de un profundo análisis, en donde se determinó que las zonas rurales de Europa cada vez se despoblaban más y vastas regiónes del Viejo Continente quedaban literalmente abandonadas por sus jóvenes y ancianos pobladores. Ante esto, la Unión Europea decidió incrementar las subvenciones y las exenciones fiscales para personas de entre 18 años y 40 años que deseen dedicarse a actividades agrarias o ganaderas, entrando de nuevo en el sector, u ofreciendo mejores condiciones para que los hijos de los actuales titulares de explotaciones vean atractivo seguir en las actividades agropecuarias de sus familias.
Esta medida incluye a pequeños emprendedores y a los mismos trabajadores rurales. Y es que el desarrollo económico en el campo presenta notables ventajas desde el punto de vista de la salud y el bienestar para toda la familia, con respecto a lo que ocurre en las centros urbanos. Además de representar una importante actividad económica generadora de mano de obra y de divisas, que sirven para el crecimiento de cualquier región del mundo.
Sin futuro
En la actualidad, tanto en Europa como en otros continentes, entre los que se incluye América Latina, los jóvenes no ven futuro en la agricultura porque no soportan estar trabajando a pérdidas, además de realizar actividades socialmente poco consideradas, sin tiempo libre ni facilidades de acceso a comodidades, ni de un mayor nivel de vida para sus familias. La conclusión lógica es que los jóvenes prefieren abandonar las zonas rurales y viajar a los centros más poblados, en busca de nuevos horizontes que les garantice una vida más decorosa, a pesar de que la mayoría de las veces no puedan lograrlo.
No hay políticas
En Tucumán particularmente, la ausencia de políticas de desarrollo para el sector rural, hace impensable que se de vuelta atrás esta tendencia y cada vez más los jóvenes -y más aún sus familias- abandonan el campo en donde los más aventajados consiguen buenos trabajos en las urbes, pero la mayor parte de los que emigran pasan a engrosar los indignos cordones de villas miserias que rodean a los grandes centros urbanos.
Y es que en el campo tucumano las carencias son muy grandes, faltando en la mayoría de los casos agua potable, luz eléctrica, caminos, establecimientos educacionales y de salud, medios de comunicación, entre otros.
La ausencia de esta infraestructura básica lleva a que el éxodo sea inevitable y es allí donde deberá trabajar más que nunca el actual gobierno. Aunque la realidad que viven las familias rurales europeas y las tucumanas son muy diferentes, está claro que una salida viable para evitar esta migración, consiste en que se desarrollen políticas agropecuarias activas que premien adecuadamente a los agricultores, mayores y jóvenes, que permanezcan en sus hábitat naturales y les garanticen una adecuada y digna supervivencia, con servicios mínimos, dignos e indispensables, que se conviertan en una opción válida para que las familias ruralistas opten por quedarse en el lugar donde nacieron. Pero esto, en el Tucumán que vivimos, parece impensable.
No tan sólo los salarios de los obreros son magros, sino que la mayoría de las actividades productivas para los pequeños agricultores no son viables. Recientemente el Gobierno, en su afán por recaudar más y poder solventar el desmedido crecimiento de su aparato estatal, decidió aumentar los impuestos provinciales, llegando inclusive los inmobiliarios a superar el 50% de incremento con respecto al año anterior. Y precisamente este tipo de políticas corto-placistas y esquilmantes del bolsillo de cualquier habitante del campo, a lo único que conducen es a que las actividades de los pequeños y medianos productores se vuelvan cada vez más insoportable y anticompetitivas. Este peso, que recae en forma drástica sobre los hombres de campo, presagia una mayor migración, ya que son muy pocas las actividades productivas que pueden hacer que a los pequeños y medianos productores les permita solventar esta fuerte carga impositiva. La realidad está a la vista de todos.
Esta medida incluye a pequeños emprendedores y a los mismos trabajadores rurales. Y es que el desarrollo económico en el campo presenta notables ventajas desde el punto de vista de la salud y el bienestar para toda la familia, con respecto a lo que ocurre en las centros urbanos. Además de representar una importante actividad económica generadora de mano de obra y de divisas, que sirven para el crecimiento de cualquier región del mundo.
Sin futuro
En la actualidad, tanto en Europa como en otros continentes, entre los que se incluye América Latina, los jóvenes no ven futuro en la agricultura porque no soportan estar trabajando a pérdidas, además de realizar actividades socialmente poco consideradas, sin tiempo libre ni facilidades de acceso a comodidades, ni de un mayor nivel de vida para sus familias. La conclusión lógica es que los jóvenes prefieren abandonar las zonas rurales y viajar a los centros más poblados, en busca de nuevos horizontes que les garantice una vida más decorosa, a pesar de que la mayoría de las veces no puedan lograrlo.
No hay políticas
En Tucumán particularmente, la ausencia de políticas de desarrollo para el sector rural, hace impensable que se de vuelta atrás esta tendencia y cada vez más los jóvenes -y más aún sus familias- abandonan el campo en donde los más aventajados consiguen buenos trabajos en las urbes, pero la mayor parte de los que emigran pasan a engrosar los indignos cordones de villas miserias que rodean a los grandes centros urbanos.
Y es que en el campo tucumano las carencias son muy grandes, faltando en la mayoría de los casos agua potable, luz eléctrica, caminos, establecimientos educacionales y de salud, medios de comunicación, entre otros.
La ausencia de esta infraestructura básica lleva a que el éxodo sea inevitable y es allí donde deberá trabajar más que nunca el actual gobierno. Aunque la realidad que viven las familias rurales europeas y las tucumanas son muy diferentes, está claro que una salida viable para evitar esta migración, consiste en que se desarrollen políticas agropecuarias activas que premien adecuadamente a los agricultores, mayores y jóvenes, que permanezcan en sus hábitat naturales y les garanticen una adecuada y digna supervivencia, con servicios mínimos, dignos e indispensables, que se conviertan en una opción válida para que las familias ruralistas opten por quedarse en el lugar donde nacieron. Pero esto, en el Tucumán que vivimos, parece impensable.
No tan sólo los salarios de los obreros son magros, sino que la mayoría de las actividades productivas para los pequeños agricultores no son viables. Recientemente el Gobierno, en su afán por recaudar más y poder solventar el desmedido crecimiento de su aparato estatal, decidió aumentar los impuestos provinciales, llegando inclusive los inmobiliarios a superar el 50% de incremento con respecto al año anterior. Y precisamente este tipo de políticas corto-placistas y esquilmantes del bolsillo de cualquier habitante del campo, a lo único que conducen es a que las actividades de los pequeños y medianos productores se vuelvan cada vez más insoportable y anticompetitivas. Este peso, que recae en forma drástica sobre los hombres de campo, presagia una mayor migración, ya que son muy pocas las actividades productivas que pueden hacer que a los pequeños y medianos productores les permita solventar esta fuerte carga impositiva. La realidad está a la vista de todos.
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