Al Estado no le preocupan las escuelas del campo

Sin presupuesto ni programas específicos. Los establecimientos rurales carecen de elementos para la enseñanza y de alimentos para los comedores. La deserción escolar es alta, como la falta de oportunidades.

01 Octubre 2004
A pesar que el presidente Néstor Kirchner -al asumir su mandato- prometió la creación de establecimientos educacionales en la Argentina, las obras no se ven y menos aún en los sectores rurales del interior del país.
Estas escuelas se convierten, en la mayoría de las veces, en el segundo hogar de muchos niños campesinos tucumanos, ya que en sus senos familiares no hay lugar para una posada digna. Esos niños de los que estamos hablando seguramente desertarán y no llegarán a cumplir el ciclo primario, y la mayoría pasará a engrosar la fatídica estadística de los cientos de miles de analfabetos que pueblan el campo tucumano. Hoy la falta de educación en el área rural convierte a los chicos en rehénes de su propio destino. No tendrán posibilidades de un futuro mejor si no saben leer ni escribir ni tampoco relacionarse.
Ocurre que las empresas agropecuarias de las zonas rurales están altamente tecnificadas y exigen operarios capacitados con estudios básicos completos y que sepan interpretar textos, sumar y restar y hasta elaborar algún informe sobre la situación del campo. En la actualidad, los padres dejan a sus hijos en las escuelas rurales para que los cuiden y puedan salir a trabajar. Delegan así en los docentes (que están mal pagados) la educación integral de sus hijos. Los progenitores no los pueden educar. La principal preocupación que tienen es la de buscar algunos pesos para "parar la olla", aunque más no sea una comida al día. Los hijos, en tanto, reciben al menos una ración diaria de alimentos en las escuelas, que con mucho sacrificio logran entregarles las cooperadoras a los cientos de alumnos que concurren a cada establecimiento.

Rol indelegable
El Estado provincial remite dinero a estos establecimientos rurales pero las sumas nunca alcanzan para pagar una taza de mate cocido del desayuno, para cada chico. Ante esta situación, son las mismas empresas agropecuarias las que acuden con sus ayudas apadrinando a los comedores escolares de los locales cercanos a sus campos.
El rol indelegable del Estado no existe y son los empresarios, y algunas veces los padres de los mismos alumnos, los que se las ingenian para afrontar la pelea contra el hambre. Organizan alguna rifa o bingo para recaudar fondos, que se destinan a la compra de víveres y también de algún libro o tizas, para que los maestros cumplan con sus tareas. Pero esto no alcanza. En la mayoría de los casos, las escuelas cuentan con dos o tres aulas, un pequeño tinglado para los recreos y alguna cocina a leña. En esos reducidos ámbitos se desenvuelven las tareas diarias de cientos de alumnos. En esas carencia se nota que la ausencia del Estado en el campo es total.
Parece ser que es más importante el objetivo -en cuanto a prioridades- de reunir U$S 1,5 millón para comprar un helicóptero o U$S 150.000 para nuevos autos oficiales, que destinar esos montos para alimentar y educar a los niños del campo. En la mayoría de los casos, son alumnos que no tienen capacidad de retener las lecciones porque simplemente viven con el estómago vacío. Para el caso, en la escuela 218 de Chaquivil (alta montaña), reciben una partida mensual de $ 200 para el comedor, del Programa Prioritaria de la Nación, y hasta hace poco sumaban otros $ 200 de la provincia, que hoy no los reciben. Habría que preguntarle a los funcionarios qué grado de incidencia tienen esos $ 200 en el presupuesto provincial y si les parece que es suficiente para tantos escolares.

Patético
Esta desatención oficial no tiene justificativos. La miseria en muchas escuelas rurales es patética y la esperanza por un futuro mejor sólo se remite a eso: a esperanzas. Los escasos alumnos que pueden concluir el ciclo básico arañan una enseñanza superior que no pueden continuar por las limitaciones económicas de sus familias. Cierto es también que en las áreas rurales tampoco hay establecimientos preparados para esta etapa superior. De manera que los niños crecen y luego se emplean como peones en las fincas donde trabajan sus padres, donde los progresos personales terminan acotados al igual que sus salarios. Siempre serán víctimas de la falta de formación.
El Estado debe entender esto y que la única oportunidad real que tienen los niños y niñas del campo para salir de la pobreza es la educación, y que eso hoy está fallando en Tucumán. En el Jardín de la Patria hace falta una decidida política educacional para el campo, en forma urgente, que incluya la ampliación de la jornada escolar y hasta albergues, pero, sobre todo, fondos para solventar comedores, materiales de estudio, bibliotecas, huertas y dispensarios en las propias escuelas rurales. Hasta ahora, no hubo un cambio cualitativo en la realidad educacional entre los niños y los jóvenes tucumanos que están matriculados en alguna escuela rural. En este Tucumán de 2004 es larga la distancia para que esos niños y jóvenes de zonas rurales tengan igualdad de oportunidades. El Estado tiene la obligación de buscar la manera de orientar mejor sus recursos y financiar la inserción escolar en los establecimientos del interior. Las autoridades asumieron esta responsabilidad. Los niños del campo la están esperando.

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