17 Marzo 2006
Aquellos que de una u otra manera estamos relacionados con el quehacer agropecuario no podemos salir del asombro respecto de la última medida tomada por el presidente Néstor Kirchner, de suspender, por decreto, por 180 días, las exportaciones de carne vacuna. Y sencillamente esta decisión fue duramente cuestionada porque nadie imaginaba que el Presidente tome una medida tan extrema, para cuyos efectos muy poco tienen que ver los productores agropecuarios del país y menos aún los exportadores de carne.
No es "metiendo" en un cepo al empresario agropecuario como se solucionarán los problemas del campo ni mucho menos los de la sociedad. ¿Por qué no preguntarle a las autoridades cómo se pretende producir en un país en donde no tan sólo los costos de los insumos han subido sustancialmente en dólares sino también la mano de obra, la presión gremial y, lo que es más alarmante, la presión tributaria?
El Estado Nacional no escatima los medios a su alcance para presionar a los productores a que tributen más de lo que efectivamente pueden, los ayude o no el clima y los mercados. A la par de esto, el gasto público sigue creciendo.
Lo de la carne guarda un hecho más que dramático sobre todo si pensamos que en los últimos años la actividad privada realizó cuantiosas inversiones en el país para incorporar tecnología a campo, en genética y en frigoríficos para que la Argentina esté al alcance de lo que efectiva y realmente demandaban los mercados en materia de calidad cárnica.
Los puestos laborales creados en los últimos años por los principales frigoríficos del país fueron cuantiosos y la actividad comenzaba a levantar vuelo después de tantos años de pérdida de competitividad, a la que se había visto sometida durante la década de la convertibilidad.
La aparición de la aftosa en Brasil y en gran parte de Uruguay les había hecho perder importantes mercados a estos dos grandes competidores y la Argentina avizoraba un futuro exitoso para la carne.
Hoy, los contratos de aprovisionamiento de carnes argentinas firmados por numerosas empresas nacionales con los principales países del mundo quedaron en la nada. El esfuerzo que había realizado tanto el sector privado como el público para la apertura de nuevos mercados fue en vano y las pérdidas que se esperan serán más que importantes.
Israel anunció que reemplazará las importaciones de carnes argentinas por las de Uruguay y de otros países, que ya están cotizando carne vacuna. Como los casos de Brasil, de Paraguay y de Australia, naciones que están listas para reemplazar la provisión que había sido programada que saldría de la Argentina.
No hay duda que el mejor "lobbista" que tiene hoy la carne vacuna, tanto de Brasil como de Uruguay tiene nombre y apellido: es, paradójicamente, el mismo presidente de los argentinos. La Sociedad Rural Argentina estimó que durante esta suspensión, las pérdidas económicas superarán los U$S 580 millones y más de 280.000 toneladas de carne quedarán sin poder ser exportadas.
Ahora bien, ¿quién pagará semejante daño al hombre del campo argentino? ¿Cómo le explicará el empresario argentino al europeo o al ruso del incumplimiento de sus compromisos? Pero en el mundo desarrollado ya nadie se asombra de las políticas agropecuarias implementadas por los sucesivos gobiernos argentinos. Y es que en nuestro país siempre la realidad superó la ficción.
Es hora de que el Gobierno Nacional escuche a la SRA y comience a estudiar el Plan Estratégico Ganadero Argentino (PEGA) presentado la semana pasada en la Feriagro. Este preve una inversión anual de $ 1.200 millones a cargo de los ganaderos hasta 2015 y un aporte menor al 9% del total por parte del Estado en incentivos fiscales, baja de tasas, rebaja de aranceles de importación y una pequeña partida para capacitación.
El valor total de la producción de carne, hoy estimado en casi u$s 4.000 millones, se incrementaría 59% en los próximos cinco años y 117% para fines de 2015.
En un país serio, en el que todos los argentinos de buena voluntad queremos pertenecer, hace falta que antes de tomar medidas como las asumidas en contra del agro los funcionarios del área se sienten a elaborar propuestas racionales a largo plazo. Si esto no ocurre, la política agropecuaria oficial no tendrá sustento.
No es "metiendo" en un cepo al empresario agropecuario como se solucionarán los problemas del campo ni mucho menos los de la sociedad. ¿Por qué no preguntarle a las autoridades cómo se pretende producir en un país en donde no tan sólo los costos de los insumos han subido sustancialmente en dólares sino también la mano de obra, la presión gremial y, lo que es más alarmante, la presión tributaria?
El Estado Nacional no escatima los medios a su alcance para presionar a los productores a que tributen más de lo que efectivamente pueden, los ayude o no el clima y los mercados. A la par de esto, el gasto público sigue creciendo.
Lo de la carne guarda un hecho más que dramático sobre todo si pensamos que en los últimos años la actividad privada realizó cuantiosas inversiones en el país para incorporar tecnología a campo, en genética y en frigoríficos para que la Argentina esté al alcance de lo que efectiva y realmente demandaban los mercados en materia de calidad cárnica.
Los puestos laborales creados en los últimos años por los principales frigoríficos del país fueron cuantiosos y la actividad comenzaba a levantar vuelo después de tantos años de pérdida de competitividad, a la que se había visto sometida durante la década de la convertibilidad.
La aparición de la aftosa en Brasil y en gran parte de Uruguay les había hecho perder importantes mercados a estos dos grandes competidores y la Argentina avizoraba un futuro exitoso para la carne.
Hoy, los contratos de aprovisionamiento de carnes argentinas firmados por numerosas empresas nacionales con los principales países del mundo quedaron en la nada. El esfuerzo que había realizado tanto el sector privado como el público para la apertura de nuevos mercados fue en vano y las pérdidas que se esperan serán más que importantes.
Israel anunció que reemplazará las importaciones de carnes argentinas por las de Uruguay y de otros países, que ya están cotizando carne vacuna. Como los casos de Brasil, de Paraguay y de Australia, naciones que están listas para reemplazar la provisión que había sido programada que saldría de la Argentina.
No hay duda que el mejor "lobbista" que tiene hoy la carne vacuna, tanto de Brasil como de Uruguay tiene nombre y apellido: es, paradójicamente, el mismo presidente de los argentinos. La Sociedad Rural Argentina estimó que durante esta suspensión, las pérdidas económicas superarán los U$S 580 millones y más de 280.000 toneladas de carne quedarán sin poder ser exportadas.
Ahora bien, ¿quién pagará semejante daño al hombre del campo argentino? ¿Cómo le explicará el empresario argentino al europeo o al ruso del incumplimiento de sus compromisos? Pero en el mundo desarrollado ya nadie se asombra de las políticas agropecuarias implementadas por los sucesivos gobiernos argentinos. Y es que en nuestro país siempre la realidad superó la ficción.
Es hora de que el Gobierno Nacional escuche a la SRA y comience a estudiar el Plan Estratégico Ganadero Argentino (PEGA) presentado la semana pasada en la Feriagro. Este preve una inversión anual de $ 1.200 millones a cargo de los ganaderos hasta 2015 y un aporte menor al 9% del total por parte del Estado en incentivos fiscales, baja de tasas, rebaja de aranceles de importación y una pequeña partida para capacitación.
El valor total de la producción de carne, hoy estimado en casi u$s 4.000 millones, se incrementaría 59% en los próximos cinco años y 117% para fines de 2015.
En un país serio, en el que todos los argentinos de buena voluntad queremos pertenecer, hace falta que antes de tomar medidas como las asumidas en contra del agro los funcionarios del área se sienten a elaborar propuestas racionales a largo plazo. Si esto no ocurre, la política agropecuaria oficial no tendrá sustento.
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