La productividad cañera se juega en las decisiones de manejo

Técnicos de CREA, la Eeaoc y el INTA Famaillá hicieron hincapié en la influencia del ambiente, la importancia del conocimiento y la implementación de prácticas agronómicas concretas en los campos.

La productividad cañera se juega en las decisiones de manejo
Hace 6 Hs

En la Jornada Cañera CREA Región NOA 2026 (JAT), realizada el 23 de abril pasado en la Sociedad Rural de Tucumán (SRT), Cebil Redondo, quedó planteado un mensaje central que atravesó todas las presentaciones técnicas. Técnicos de CREA, la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (Eeaoc), el INTA Famaillá y el resto de los expositores convergieron en una misma conclusión: la mejora de la productividad cañera depende cada vez menos de un factor independiente y cada vez más de un sistema integral y de decisiones agronómicas concretas. El ambiente continúa marcando diferencias -principalmente a través de las precipitaciones y de la heterogeneidad agroecológica-, pero la genética, la edad del cañaveral, la nutrición y la rotación aparecen como variables donde existe margen real de acción.

“El ambiente es algo que no lo podemos controlar… la precipitación no la controlamos, lo estamos viendo, lo estamos sufriendo más. Sin embargo, a la genética sí la podemos decidir”, expuso Pilar Pérez, de CREA Región NOA, durante el cierre del análisis sobre la campaña cañera 2024-2025. “Se ve que hay una reconversión varietal, pero tenemos que ajustarla un poco más para que esa torta varietal mejore”, agregó. Bajo esa mirada, la recomendación fue clara: la reconversión varietal, la fertilización balanceada y la incorporación de rotación son hoy las herramientas más visibles para construir un sistema más productivo y sostenible.

De acuerdo con la observación de CREA, descripta por Pérez y Agustín Sánchez, se pueden acceder a “variedades genéticas superiores” y “se debe continuar con el reemplazo de las de menor potencial”. “El promedio ponderado ronda la soca 3. Si tuviéramos un rendimiento mayor a 60 toneladas por hectárea, podríamos decir que estaríamos muy bien. Pero no es así (se ubica por debajo de esas 60 toneladas)”, expresó.

La renovación de los lotes, sin dudas, ha estado y estará condicionada por la coyuntura del mercado. De todos modos, los técnicos de CREA Región NOA plantearon “pensar en la producción de cinco años”: “Cuando dejamos de renovar, tiene impacto en el rendimiento”. “El rendimiento general confirma que los cañaverales están envejecidos, un aspecto que se debe tener en cuenta”, señaló Pérez, quien además destacó que la rotación aportó beneficios.

En cuanto a la fertilización, sostuvo que la propuesta es “reestudiarla y volver a ponerla en foco”. “No podemos pensar que solamente el nitrógeno está incidiendo en nuestro rendimiento. Tenemos que ampliar la mirada”, subrayó Pérez al cierre de su exposición y ante más de 300 participantes, entre ellos, cañeros de la provincia.

La Eeaoc

Fernanda Leggio Neme, de la Eeaoc, expuso a su turno que en esta entidad vienen trabajando desde hace décadas en la fertilización nitrogenada de la caña de azúcar, con foco en la importancia del manejo de la nutrición dentro del cultivo. En ese sentido, recordó que durante años la investigación estuvo orientada a comprobar la respuesta de la caña al fertilizante, con el objetivo de generar información que permitiera tomar mejores decisiones agronómicas. Sin embargo, planteó una definición central: el desafío actual ya no pasa por confirmar si la caña responde a la fertilización nitrogenada, “sino por entender cómo, cuándo y cuánto se debe aplicar para que esa respuesta sea la mejor posible”.

“Nos dimos cuenta de que sí respondía y comenzamos a estudiar otras variables, porque no solo el fertilizante tenía un efecto por su sola aplicación, sino que existían otros factores que también influían en ese nivel de respuesta”, explicó. Desde entonces, señaló, la mirada se desplazó hacia una comprensión más integral del sistema productivo, incorporando variables como el ambiente -suelo, materia orgánica y drenaje-; las condiciones de cada campaña -lluvias, sequía y temperatura-; la edad del cultivo -planta o soca-; y la dosis y el momento de aplicación del fertilizante.

El hallazgo de esa línea de trabajo fue confirmar la enorme complejidad que existe detrás de la respuesta nitrogenada. “Tenemos la certeza de que el nitrógeno tiene una respuesta muy variable. Sabemos que a veces no responde directamente. Puede ser que en esa situación, en ese lote, el nitrógeno no sea un factor limitante u hay otros factores limitantes”, explicó. Incluso, luego de 15 campañas (años), 74 sitios evaluados y la evaluación de dos dosis de nitrógeno, no apareció una variable independiente capaz de anticipar o entender la respuesta.

Sobre la eficiencia en el uso del nitrógeno, desde la investigación se planteó el interrogante sobre “qué proporción de N que aportamos realmente es utilizada por la planta”. “Hay una parte que sí es absorbida por la planta, pero otra se pierde y otra queda retenida en el suelo. Entonces, la aplicación de fertilizante no por sí sola explica la respuesta que puede tener la caña ante esa incorporación”, dijo Leggio.

En materia de nutrición, la técnica planteó que el desafío actual ya no pasa únicamente por definir cuánto nitrógeno aplicar, sino por entender que cada lote presenta condiciones particulares y que las decisiones deben tomarse a partir del análisis conjunto de múltiples variables. El objetivo -remarcó- es lograr que una mayor proporción del nitrógeno incorporado al cultivo se traduzca efectivamente en rendimiento y una menor parte se pierda en el sistema, al tiempo que se optimiza el aprovechamiento del nitrógeno disponible en el suelo.

Para ello, destacó que hoy existen numerosas herramientas complementarias, desde soluciones biológicas -como bioproductos, biofertilizantes y bioestimulantes, que además presentan una relación costo-beneficio favorable- hasta alternativas químicas mejoradas, como las ureas protegidas y de liberación lenta. A este abanico se suman tecnologías emergentes, entre ellas los nanofertilizantes y los fertilizantes foliares, que aparecen como complementos cada vez más valorados dentro de una estrategia de fertilización nitrogenada.

En el INTA

Una de las definiciones de la presentación de Roberto Sopena, del INTA Famaillá, fue poner en valor el aporte natural del suelo en la nutrición del cultivo. “Siempre tenemos una regla básica que no modificamos: el 70-30. Cuando preferimos un buen fertilizante, podemos asumir tranquilamente que la mineralización del suelo nos aporta el 70% del nitrógeno, en tanto el fertilizante nos aporta el 30% restante”, explicó.

Si bien destacó que hoy existen plataformas de prescripción, equipos de aplicación de alta precisión y mapas de rendimiento cada vez más completos, el planteo apuntó a una brecha: la del conocimiento y la toma de decisiones. “Mientras el productor adopta la tecnología, muchas veces avanzando lentamente y subiendo por la escalera, los desarrollos tecnológicos avanzan mucho más rápido y suben por el ascensor. El productor no puede quedarse quieto, parado al pie de la escalera, sin dar el primer paso”, señaló.

Y prosiguió: “Vemos que el éxito en la implementación de tecnologías de digitalización del agro y, sobre todo, de las dosis variables, debe apoyarse en tres engranajes. Primero, conocer más sobre los suelos y la nutrición de nuestros lotes, validando correctamente los mapas de ambiente. Segundo, aprovechar los avances tecnológicos: hoy contamos con muy buenas plataformas para realizar prescripciones de dosis variables y generar mapas de productividad; también disponemos de equipos de aplicación que trabajan con bajo margen de error y buena precisión, además de mapas de rendimiento de cosecha que debemos integrar como una capa clave de información”.

“Pero por, sobre todo, tenemos que poner el énfasis en lo que yo llamo ‘cortar las brechas’: aprender más sobre estos procesos para aplicarlos correctamente y tomar decisiones rápidas e inteligentes que permitan reducir esa distancia”, finalizó el especialista.

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