Por Julio Marengo
15 Junio 2014
EZEQUIEL.
Un poco de punk para aquietar a la princesa
Y un día, sin ningún aviso previo, alguien lo empujó por un precipicio. La caída duró lo que demoran dos ojos en cerrarse, y al abrirlos se dio cuenta de que estaba solo. Solo. Porque las voces que llegaban en ese momento y las que iban a llegar después no podían entenderlo. Él estaba solo. Solo para darle a la hija que acababa de nacer todo lo que necesitaba para que su vida fuera una vida. “Estaba mi mamá, que me ayudó un montón, muchísimo. También mis compañeras de trabajo, mis amigas, mi hija mayor... todo el mundo me dio una mano indispensable. Pero en al final de cuentas, en algún punto, yo estaba solo”, asume Emmanuel Molina.
Abril nació a la puerta de entrada del otoño, un mes antes de lo previsto. Las mismas circunstancias que a ella la hicieron ochomesina se llevaron a su mamá, al día siguiente. Ahora tiene nueve años y de María conserva al menos dos cosas: el gusto incontrolable por la cebolla cruda y el nombre que ella le eligió, pensando en el mes de su nacimiento.
Alberto
Si hay algo que ha aprendido Alberto Sinchicay “con todo esto” es a no hacer planes. “De estar lo más bien se empezó a sentir mal, mal, mal y la internamos”, se presenta este papá de cinco varones, que 20 días después de ese fin de semana impensable tuvo que convertirse en papá y mamá. “Los chicos tenían entre 4 y 12 años. Había que estar en todo: llevarlos al colegio, aprender a cocinar, a planchar, limpiar, ayudarlos a hacer las tareas, llevarlos al médico y seguir trabajando con el camión, claro, porque uno queda solo”, cuenta ahora con una sonrisa indudable que dice “lo peor ya pasó”.
También sonríe porque “a pesar de todo esto, he tenido una gran suerte: diga que eran todos varones, ¡qué hubiera hecho yo con una adolescente! No, si Dios sabe lo que hace…”
Ezequiel
Hay cosas –tal vez muchas cosas- en la vida de un hombre que son sagradas. Para Ezequiel Viale, una de esas cosas son los dos o tres días a la semana en los que está con su hija, Santina. Ella tiene siete años y él todavía no consigue peinarla de una manera más o menos decente. Ella se muerde los labios, suspira no muy profundo y se encarga de su pelo. Él la mira, se encoge de hombros. Se entienden. “Una de las contras de estar separado es que te perdés muchas cosas de tu hija, cosas del día a día que ella las vive con la madre”, comenta el papá. Ezequiel no se imagina cómo sería haberla criado 100% solo a su hija y cuenta que el máximo tiempo que estuvieron los dos solos fue un mes. “Fue una excelente experiencia, porque te conectás a otro nivel, compartís todo”, compara. Pero tampoco le aterra esa idea: “desde el momento en que nace tu hijo cambia todo, aprendés rápido porque lo necesitás, se da todo de una forma muy natural. Aprendés a cambiar pañales, a no dormir de noche, a llevarla al colegio, a ayudarle con las tareas…” Pero hay algo que le falta aprender, una batalla que ve casi perdida en realidad: “a convertirme en pulpo, como hace su mamá. Ellas tienen algo diferente, otra capacidad, no sé. Lo busca al hijo enfermo del colegio, lo lleva en brazos al súper y hace las compras, en el medio hace un trámite y después se va a trabajar. Yo las admiro a las mujeres en eso. A nosotros se nos rompe el auto y ya nos trabamos”, admite. Para Santina, las cosas son mucho más simples: “lo que tiene que aprender es a no ser tan enojón”.
Ricardo
La noche en que él estaba enfermo y su hijo Lucio salió apurado de bañarse para contarle un cuento y hacerlo dormir, Ricardo Bocos, de 54 años, comprendió el significado de la decisión que había tomado. Él es uno de los tres tucumanos varones y solteros que han adoptado un hijo (desde 2010 hasta el momento, según los datos del Registro de Adopción). No abundan los hombres con esta idea de convertirse en padres sin necesidad de tener una pareja y de asumir, por ratos, el rol de mamá.
Al desafío se lo puso él solo, cuando dejó de darle vueltas al asunto y asumió su deseo de ser padre, años de terapia mediante. No había nada más que esperar: sólo hacer algunos papeles, tener paciencia, llamar, buscar, visitar, ilusionarse y, mientras tanto, preparar la casa para recibir a su primer hijo. “Uno no está nunca del todo preparado ni se imagina lo que viene, que a veces es el cielo y otras, el infierno. Pero incluso el ‘infierno’ tiene su parte hermosa si es con tu hijo. Lo que te da un hijo es un amor tremendo, que no se puede comparar con ningún otro”, celebra.
EMMANUEL
Dos compañeros inseparables
Emmanuel Molina tiene 42 años, es tecladista y docente rural. Tiene cuatro hijos con tres mujeres diferentes y la mamá de Abril murió cuando ella nació. Antes había tenido a Josefina y a Agustín, y hace dos meses a Corina. “Abril (foto) se crió pegada a mí, la llevaba a los ensayos, recitales, reuniones. Hasta a la cancha”, dice. Lo máximo que estuvieron separados fue tres días. Cuenta orgulloso que le trasmitió la locura por Ferro. Disfrutan de jugar a la “Play” con Agustín y de los paseos en la plaza: ella patina y él lee. “¿Por qué tantos hijos? Porque le dan sentido a la vida, porque eliminan la pregunta de (Albert) Camus acerca de si la vida vale la pena ser vivida. Claro que vale la pena”.
ALBERTO
“Cuando ‘la bruja’ ya no está, la valorás”
Alberto Sinchicay quedó viudo en 1996. Se quedó a cargo de cinco hijos: Luis Alberto, Federico y Oscar (los tres en la foto), Gonzalo y Gustavo. También de su suegra, hoy de 88 años. “Aprendí a conocer a la gente, a valorar a las personas, a saber con claridad quiénes están en las buenas y en las malas, y quiénes están sólo en las buenas”, asegura. Gonzalo hizo la secundaria en el Liceo Militar, algo que condicionó para siempre la vida de este padre: además de llevarle pastafrola y gaseosas a la noche, “tuve que aprender a planchar, ¡hasta las sábanas tenía que llevar planchadas porque le bajaban las notas! Ahora plancho mejor que cualquiera”, cuenta, risueño.
EZEQUIEL
Un poco de punk para aquietar a la princesa
Ezequiel Viale tiene 31 años y la tuvo a Santina a los 24. Es músico, baterista de la banda punk B-19 y productor audiovisual. Se separó hace dos años años y con su ex comparte la crianza de Santina. Ezequiel no puede aprender a hacerle trenzas en el pelo, pero sí trasmitirle el amor por la música. Le regaló una guitarra que él mismo restauró y ella está aprendiendo a tocar. “Yo le regalo remeras de las bandas que me gustan, como Misfits o Ramones, como para aplacar un poco el rosa princesa”, dispara. Al ser consultado acerca de si el hecho de ser padre suma, resta o no mueve la aguja al momento de conocer una chica, él responde: “secreto de caballero”.
RICARDO
“Ser padre es algo muy diferente a la fantasía que uno se crea”
Ricardo Bocos es comunicador y docente. Tiene 56 años y hace dos y medio adoptó a Lucio, que ya lleva su apellido. Aunque suene contradictorio, cuenta con alegría los “problemas que no son problemas” que trajo la paternidad: una enfermedad repentina, las travesuras, los sustos, las discusiones. “Pero el cambio es hermoso. Antes de que viniera Lucio estaba todo el día afuera, trabajando. Ahora no veo las horas de volver a mi casa, para estar con él, compartir el tiempo. Por supuesto que uno no sabe ser padre, es algo que se aprende. Por ejemplo, se aprende que el error que cometemos tiene que ser rápidamente subsanado, siempre con amor”.
PALABRA DE PSICÓLOGA
“El instinto maternal no existe, es una fantasía y una imposición social”
Los cuatro entrevistados por LA GACETA coinciden en que las mujeres están mejor preparadas para la crianza de sus hijos. Según su lógica, ellos hacen lo que pueden, pero las mujeres tienen “algo”, un don. “Están diseñadas para eso, tienen hasta la ‘mamadera’ incorporada”, dice no del todo en broma Emmanuel Molina, poniendo la cara para los cascotazos feministas. “El instinto materno no existe, es una imposición social, histórica y cultural. Los casos de estos hombres que crían a sus hijos lo demuestra: ellos aprendieron, porque la maternidad o la paternidad son roles”, sostiene la psicóloga Julia Carreras, autora de un trabajo en proceso que tiene como idea central “la ilusión de la naturalidad en la maternidad”. “En la investigación vemos que entre un 80% y un 90% de los encuestados asume que existe el instinto materno. No es una casualidad que se piense así: a las mujeres las ‘entrenan’ desde niñas a ser madres”, explica.
Abril nació a la puerta de entrada del otoño, un mes antes de lo previsto. Las mismas circunstancias que a ella la hicieron ochomesina se llevaron a su mamá, al día siguiente. Ahora tiene nueve años y de María conserva al menos dos cosas: el gusto incontrolable por la cebolla cruda y el nombre que ella le eligió, pensando en el mes de su nacimiento.
Alberto
Si hay algo que ha aprendido Alberto Sinchicay “con todo esto” es a no hacer planes. “De estar lo más bien se empezó a sentir mal, mal, mal y la internamos”, se presenta este papá de cinco varones, que 20 días después de ese fin de semana impensable tuvo que convertirse en papá y mamá. “Los chicos tenían entre 4 y 12 años. Había que estar en todo: llevarlos al colegio, aprender a cocinar, a planchar, limpiar, ayudarlos a hacer las tareas, llevarlos al médico y seguir trabajando con el camión, claro, porque uno queda solo”, cuenta ahora con una sonrisa indudable que dice “lo peor ya pasó”.
También sonríe porque “a pesar de todo esto, he tenido una gran suerte: diga que eran todos varones, ¡qué hubiera hecho yo con una adolescente! No, si Dios sabe lo que hace…”
Ezequiel
Hay cosas –tal vez muchas cosas- en la vida de un hombre que son sagradas. Para Ezequiel Viale, una de esas cosas son los dos o tres días a la semana en los que está con su hija, Santina. Ella tiene siete años y él todavía no consigue peinarla de una manera más o menos decente. Ella se muerde los labios, suspira no muy profundo y se encarga de su pelo. Él la mira, se encoge de hombros. Se entienden. “Una de las contras de estar separado es que te perdés muchas cosas de tu hija, cosas del día a día que ella las vive con la madre”, comenta el papá. Ezequiel no se imagina cómo sería haberla criado 100% solo a su hija y cuenta que el máximo tiempo que estuvieron los dos solos fue un mes. “Fue una excelente experiencia, porque te conectás a otro nivel, compartís todo”, compara. Pero tampoco le aterra esa idea: “desde el momento en que nace tu hijo cambia todo, aprendés rápido porque lo necesitás, se da todo de una forma muy natural. Aprendés a cambiar pañales, a no dormir de noche, a llevarla al colegio, a ayudarle con las tareas…” Pero hay algo que le falta aprender, una batalla que ve casi perdida en realidad: “a convertirme en pulpo, como hace su mamá. Ellas tienen algo diferente, otra capacidad, no sé. Lo busca al hijo enfermo del colegio, lo lleva en brazos al súper y hace las compras, en el medio hace un trámite y después se va a trabajar. Yo las admiro a las mujeres en eso. A nosotros se nos rompe el auto y ya nos trabamos”, admite. Para Santina, las cosas son mucho más simples: “lo que tiene que aprender es a no ser tan enojón”.
Ricardo
La noche en que él estaba enfermo y su hijo Lucio salió apurado de bañarse para contarle un cuento y hacerlo dormir, Ricardo Bocos, de 54 años, comprendió el significado de la decisión que había tomado. Él es uno de los tres tucumanos varones y solteros que han adoptado un hijo (desde 2010 hasta el momento, según los datos del Registro de Adopción). No abundan los hombres con esta idea de convertirse en padres sin necesidad de tener una pareja y de asumir, por ratos, el rol de mamá.
Al desafío se lo puso él solo, cuando dejó de darle vueltas al asunto y asumió su deseo de ser padre, años de terapia mediante. No había nada más que esperar: sólo hacer algunos papeles, tener paciencia, llamar, buscar, visitar, ilusionarse y, mientras tanto, preparar la casa para recibir a su primer hijo. “Uno no está nunca del todo preparado ni se imagina lo que viene, que a veces es el cielo y otras, el infierno. Pero incluso el ‘infierno’ tiene su parte hermosa si es con tu hijo. Lo que te da un hijo es un amor tremendo, que no se puede comparar con ningún otro”, celebra.
EMMANUEL
Dos compañeros inseparables
Emmanuel Molina tiene 42 años, es tecladista y docente rural. Tiene cuatro hijos con tres mujeres diferentes y la mamá de Abril murió cuando ella nació. Antes había tenido a Josefina y a Agustín, y hace dos meses a Corina. “Abril (foto) se crió pegada a mí, la llevaba a los ensayos, recitales, reuniones. Hasta a la cancha”, dice. Lo máximo que estuvieron separados fue tres días. Cuenta orgulloso que le trasmitió la locura por Ferro. Disfrutan de jugar a la “Play” con Agustín y de los paseos en la plaza: ella patina y él lee. “¿Por qué tantos hijos? Porque le dan sentido a la vida, porque eliminan la pregunta de (Albert) Camus acerca de si la vida vale la pena ser vivida. Claro que vale la pena”.
ALBERTO
“Cuando ‘la bruja’ ya no está, la valorás”
Alberto Sinchicay quedó viudo en 1996. Se quedó a cargo de cinco hijos: Luis Alberto, Federico y Oscar (los tres en la foto), Gonzalo y Gustavo. También de su suegra, hoy de 88 años. “Aprendí a conocer a la gente, a valorar a las personas, a saber con claridad quiénes están en las buenas y en las malas, y quiénes están sólo en las buenas”, asegura. Gonzalo hizo la secundaria en el Liceo Militar, algo que condicionó para siempre la vida de este padre: además de llevarle pastafrola y gaseosas a la noche, “tuve que aprender a planchar, ¡hasta las sábanas tenía que llevar planchadas porque le bajaban las notas! Ahora plancho mejor que cualquiera”, cuenta, risueño.
EZEQUIEL
Un poco de punk para aquietar a la princesa
Ezequiel Viale tiene 31 años y la tuvo a Santina a los 24. Es músico, baterista de la banda punk B-19 y productor audiovisual. Se separó hace dos años años y con su ex comparte la crianza de Santina. Ezequiel no puede aprender a hacerle trenzas en el pelo, pero sí trasmitirle el amor por la música. Le regaló una guitarra que él mismo restauró y ella está aprendiendo a tocar. “Yo le regalo remeras de las bandas que me gustan, como Misfits o Ramones, como para aplacar un poco el rosa princesa”, dispara. Al ser consultado acerca de si el hecho de ser padre suma, resta o no mueve la aguja al momento de conocer una chica, él responde: “secreto de caballero”.
RICARDO
“Ser padre es algo muy diferente a la fantasía que uno se crea”
Ricardo Bocos es comunicador y docente. Tiene 56 años y hace dos y medio adoptó a Lucio, que ya lleva su apellido. Aunque suene contradictorio, cuenta con alegría los “problemas que no son problemas” que trajo la paternidad: una enfermedad repentina, las travesuras, los sustos, las discusiones. “Pero el cambio es hermoso. Antes de que viniera Lucio estaba todo el día afuera, trabajando. Ahora no veo las horas de volver a mi casa, para estar con él, compartir el tiempo. Por supuesto que uno no sabe ser padre, es algo que se aprende. Por ejemplo, se aprende que el error que cometemos tiene que ser rápidamente subsanado, siempre con amor”.
PALABRA DE PSICÓLOGA
“El instinto maternal no existe, es una fantasía y una imposición social”
Los cuatro entrevistados por LA GACETA coinciden en que las mujeres están mejor preparadas para la crianza de sus hijos. Según su lógica, ellos hacen lo que pueden, pero las mujeres tienen “algo”, un don. “Están diseñadas para eso, tienen hasta la ‘mamadera’ incorporada”, dice no del todo en broma Emmanuel Molina, poniendo la cara para los cascotazos feministas. “El instinto materno no existe, es una imposición social, histórica y cultural. Los casos de estos hombres que crían a sus hijos lo demuestra: ellos aprendieron, porque la maternidad o la paternidad son roles”, sostiene la psicóloga Julia Carreras, autora de un trabajo en proceso que tiene como idea central “la ilusión de la naturalidad en la maternidad”. “En la investigación vemos que entre un 80% y un 90% de los encuestados asume que existe el instinto materno. No es una casualidad que se piense así: a las mujeres las ‘entrenan’ desde niñas a ser madres”, explica.
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