Por Ezequiel Fernández Moores
06 Julio 2014
“Hoy que no fue el día de Messi, ¿podríamos decir que fue el día de tu idea, la idea del cuerpo técnico de cómo debe jugar el equipo?”, preguntaron a Alejandro Sabella en la conferencia de prensa. “Primero -respondió el DT- no me golpeo el pecho para nada. Y, segundo, no coincido, para mí Messi jugó un gran partido…Messi junta dos o tres rivales y no la pierde casi nunca. Y cuando un equipo tiene algo así, eso es agua en el desierto”.
Si hubiese anotado en el mano a mano final ante Thibaut Courtois, que ya venía de amargarlo en Liga de Campeones y Liga de España, Messi estaría hoy en clara línea de comparación con Diego Maradona. Porque la Argentina que ganó ayer 1-0 a Bélgica en el Mané Garrincha, de Brasilia, fue lo más parecido que recuerdo a la Argentina campeona de México 86, desde México 86 (hasta el estadio se parece al del Azteca y hasta el rival era de aquel tiempo). Pero Leo no marcó y, por eso, hubo quienes creyeron que Messi jugó mejor en partidos anteriores, cuando entró mucho menos en juego, pero sí llegó al gol.
“Agua en el desierto”, como lo definió Sabella, tuvo su minuto de oro sin ninguna genialidad. Fue en el minuto 8, cuando, dedicado a quienes le achacan poco compromiso con la defensa colectiva, presionó una mala salida de Vincent Kompany, recibió de Javier Mascherano, ubicó a Angel Di María (su socio, ausente para lo que viene) y la pelota, tras un rebote, marcó la carta de presentación de Gonzalo Higuaín, acaso socio para lo que queda. Y socio clave, porque el Messi de la Selección, más allá de los goles iniciales, eligió ser más volante que delantero. Más diez que nueve.
Podría haber sido un hecho fortuito esa presión sobre Kompany si no hubiese sido acompañada de otras acciones en defensa, que incluyeron dos foules al borde de la tarjeta en el primer tiempo y una intercepción a los 80’ sobre el lateral izquierdo, cuando todo Bélgica iba por el empate, con desesperación y sin fútbol, lo que dio justicia estricta al triunfo argentino, sin lucimiento, claro, porque a este equipo no le sobra nada, pero lo tiene a Messi. Su primer tiempo fue estratégicamente brillante. Con controles de balón de calidad enorme, rodeado de tres, recibiendo mal, y aún así durmiendo la pelota, para generar alguna sociedad o darles un momento de alivio para sus compañeros. “Agua en el desierto”.
El repertorio del primer tiempo incluye un pase de billar a Di María, que se lesionó justo en esa acción. Es cierto, decayó en el segundo tiempo. Y ese bajón permitió al menos ver que el equipo puede controlar el partido (aún dominado) si el genio se toma descanso. Sus movimientos son más austeros desde la última lesión. El año pasado, en el gol contra Suiza, tal vez él mismo hubiese corrido hacia la izquierda y definido con remate cruzado, como tantas otras veces. Eligió pasar a Di María. Si no era Di María, tal vez hubiese seguido él. Jorge Valdano le encontró otro detalle interesante: “con 120 minutos de esfuerzo sobre sus piernas, no tiene la tentación de terminarla él mismo, sino que hace lo que el fútbol pide que haga. Una virtud que sólo le reconozco a él: ver cerca y lejos al mismo tiempo. Ver las piernas del contrario y tener en la visión a Di María para entregarle la pelota en el tiempo justo”.
Menos eléctrico, sin slaloms, Messi trasmite la sensación de elegir dónde y cuándo estallará el genio. Se mueve como distraído entre las líneas rivales. Como si flotara. Hasta que encuentra el espacio. Y el equipo, no siempre, lo ayuda a encontrarlo. “Soy el resultado del movimiento de pelota del equipo”, dijo Danny Green, genial definición, cuando lo elogiaron por su gran aporte en los playoffs de la NBA ganados por San Antonio Spurs. Pretender comparar el juego colectivo de los Spurs con el de la Selección es ridículo. Pero tal vez la frase ayude a comprender mejor por qué un equipo se mueve de alguna manera determinada, acaso suponiendo que el genio no está para lucir, sino para definir. Especialmente cuando se está en el top de la competencia. En una Copa Mundial de la FIFA.
Antes del Mundial, por lesión o por no haber clasificado, quedaron afuera cracks como el sueco Zlatan Ibrahimovic, el colombiano Radamel Falcao, el español Thiago y el alemán Marcus Reus, entre otros. La primera fase despidió sin pena ni gloria al portugués Cristiano Ronaldo, futuro ex Balón de Oro, al italiano Andrea Pirlo, al inglés Wayne Rooney y al español Andrés Iniesta, entre otros. Y luego, uno a uno, fue el turno de despedirse del uruguayo Luis Suárez y del francés Karim Benzema. La doble eliminación en un mismo partido: el goleador colombiano James Rodríguez por derrota y el brasileño Neymar por lesión.
Tema central estas horas en Brasil, la lesión de Neymar suscitó pedidos de suspensión para el colombiano Juan Zúñiga, lamentos generalizados y un dolor colectivo. “Fue peor que la mordida, a Zuñiga -exageró el ex jugador Cléber- deberían aplicarle la misma suspensión que a Suárez”.
“Yo -dijo Sabella en la conferencia- era un diez habilidoso y cuando perdemos a un jugador como Neymar al fútbol se le cae una lágrima”. Aplausos. Messi aprendió a largar antes la pelota. Y se para más firme cuando la recibe o la tiene. Sin corridas de las de antes, hay menos chance de patadas. La lesión de Neymar, tal vez, podría haberse evitado si el árbitro español Carlos Velasco Carballo hubiese sido menos tolerante en el primer tiempo. ¿Decidió la FIFA arbitrajes más livianos, para supuestamente favorecer la velocidad del juego?
Exceptuando a David Luiz, baluarte en Brasil, el verdadero capitán de Luiz Felipe Scolari, quedan en competencia atacantes como el alemán Thomas Müller y el holandés Arjen Robben, competidores de Leo para un eventual premio al mejor jugador.
Pero Leo, cansado de recibir premios invididuales, sabe que eso puede significar nada si la gloria no es colectiva. ¿Cuántos recuerdan que Diego Forlán fue votado mejor jugador de Sudáfrica 2010? El primer objetivo fue alcanzado. Después de 24 años, Argentina llega a la semifinal. Ahora se fortalece el sueño por el segundo: 13 de julio en el Maracaná.
Días atrás, sabemos, se presentó en Río la película de Alex de la Iglesia sobre la vida de Messi. Acaso demasiado pronto. Acaso demasiado inoportuno. Tal vez se vean obligados a una segunda parte. Porque se perdieron lo mejor.
Si hubiese anotado en el mano a mano final ante Thibaut Courtois, que ya venía de amargarlo en Liga de Campeones y Liga de España, Messi estaría hoy en clara línea de comparación con Diego Maradona. Porque la Argentina que ganó ayer 1-0 a Bélgica en el Mané Garrincha, de Brasilia, fue lo más parecido que recuerdo a la Argentina campeona de México 86, desde México 86 (hasta el estadio se parece al del Azteca y hasta el rival era de aquel tiempo). Pero Leo no marcó y, por eso, hubo quienes creyeron que Messi jugó mejor en partidos anteriores, cuando entró mucho menos en juego, pero sí llegó al gol.
“Agua en el desierto”, como lo definió Sabella, tuvo su minuto de oro sin ninguna genialidad. Fue en el minuto 8, cuando, dedicado a quienes le achacan poco compromiso con la defensa colectiva, presionó una mala salida de Vincent Kompany, recibió de Javier Mascherano, ubicó a Angel Di María (su socio, ausente para lo que viene) y la pelota, tras un rebote, marcó la carta de presentación de Gonzalo Higuaín, acaso socio para lo que queda. Y socio clave, porque el Messi de la Selección, más allá de los goles iniciales, eligió ser más volante que delantero. Más diez que nueve.
Podría haber sido un hecho fortuito esa presión sobre Kompany si no hubiese sido acompañada de otras acciones en defensa, que incluyeron dos foules al borde de la tarjeta en el primer tiempo y una intercepción a los 80’ sobre el lateral izquierdo, cuando todo Bélgica iba por el empate, con desesperación y sin fútbol, lo que dio justicia estricta al triunfo argentino, sin lucimiento, claro, porque a este equipo no le sobra nada, pero lo tiene a Messi. Su primer tiempo fue estratégicamente brillante. Con controles de balón de calidad enorme, rodeado de tres, recibiendo mal, y aún así durmiendo la pelota, para generar alguna sociedad o darles un momento de alivio para sus compañeros. “Agua en el desierto”.
El repertorio del primer tiempo incluye un pase de billar a Di María, que se lesionó justo en esa acción. Es cierto, decayó en el segundo tiempo. Y ese bajón permitió al menos ver que el equipo puede controlar el partido (aún dominado) si el genio se toma descanso. Sus movimientos son más austeros desde la última lesión. El año pasado, en el gol contra Suiza, tal vez él mismo hubiese corrido hacia la izquierda y definido con remate cruzado, como tantas otras veces. Eligió pasar a Di María. Si no era Di María, tal vez hubiese seguido él. Jorge Valdano le encontró otro detalle interesante: “con 120 minutos de esfuerzo sobre sus piernas, no tiene la tentación de terminarla él mismo, sino que hace lo que el fútbol pide que haga. Una virtud que sólo le reconozco a él: ver cerca y lejos al mismo tiempo. Ver las piernas del contrario y tener en la visión a Di María para entregarle la pelota en el tiempo justo”.
Menos eléctrico, sin slaloms, Messi trasmite la sensación de elegir dónde y cuándo estallará el genio. Se mueve como distraído entre las líneas rivales. Como si flotara. Hasta que encuentra el espacio. Y el equipo, no siempre, lo ayuda a encontrarlo. “Soy el resultado del movimiento de pelota del equipo”, dijo Danny Green, genial definición, cuando lo elogiaron por su gran aporte en los playoffs de la NBA ganados por San Antonio Spurs. Pretender comparar el juego colectivo de los Spurs con el de la Selección es ridículo. Pero tal vez la frase ayude a comprender mejor por qué un equipo se mueve de alguna manera determinada, acaso suponiendo que el genio no está para lucir, sino para definir. Especialmente cuando se está en el top de la competencia. En una Copa Mundial de la FIFA.
Antes del Mundial, por lesión o por no haber clasificado, quedaron afuera cracks como el sueco Zlatan Ibrahimovic, el colombiano Radamel Falcao, el español Thiago y el alemán Marcus Reus, entre otros. La primera fase despidió sin pena ni gloria al portugués Cristiano Ronaldo, futuro ex Balón de Oro, al italiano Andrea Pirlo, al inglés Wayne Rooney y al español Andrés Iniesta, entre otros. Y luego, uno a uno, fue el turno de despedirse del uruguayo Luis Suárez y del francés Karim Benzema. La doble eliminación en un mismo partido: el goleador colombiano James Rodríguez por derrota y el brasileño Neymar por lesión.
Tema central estas horas en Brasil, la lesión de Neymar suscitó pedidos de suspensión para el colombiano Juan Zúñiga, lamentos generalizados y un dolor colectivo. “Fue peor que la mordida, a Zuñiga -exageró el ex jugador Cléber- deberían aplicarle la misma suspensión que a Suárez”.
“Yo -dijo Sabella en la conferencia- era un diez habilidoso y cuando perdemos a un jugador como Neymar al fútbol se le cae una lágrima”. Aplausos. Messi aprendió a largar antes la pelota. Y se para más firme cuando la recibe o la tiene. Sin corridas de las de antes, hay menos chance de patadas. La lesión de Neymar, tal vez, podría haberse evitado si el árbitro español Carlos Velasco Carballo hubiese sido menos tolerante en el primer tiempo. ¿Decidió la FIFA arbitrajes más livianos, para supuestamente favorecer la velocidad del juego?
Exceptuando a David Luiz, baluarte en Brasil, el verdadero capitán de Luiz Felipe Scolari, quedan en competencia atacantes como el alemán Thomas Müller y el holandés Arjen Robben, competidores de Leo para un eventual premio al mejor jugador.
Pero Leo, cansado de recibir premios invididuales, sabe que eso puede significar nada si la gloria no es colectiva. ¿Cuántos recuerdan que Diego Forlán fue votado mejor jugador de Sudáfrica 2010? El primer objetivo fue alcanzado. Después de 24 años, Argentina llega a la semifinal. Ahora se fortalece el sueño por el segundo: 13 de julio en el Maracaná.
Días atrás, sabemos, se presentó en Río la película de Alex de la Iglesia sobre la vida de Messi. Acaso demasiado pronto. Acaso demasiado inoportuno. Tal vez se vean obligados a una segunda parte. Porque se perdieron lo mejor.
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