Una sociedad que no tolera los límites

Fue esta semana, en Quilmes: le hacían un test de alcoholemia y, en vez de frenar, se lo “llevó puesto” al inspector. Qué dicen del tema filósofos, psicólogos y un juez de Faltas. Video.

FURIA EN QUILMES. El conductor arrastró 100 metros a quien intentaba hacerle un test de alcoholemia. Solo frenó al chocar contra otro automóvil.  villalongahoy.com.ar FURIA EN QUILMES. El conductor arrastró 100 metros a quien intentaba hacerle un test de alcoholemia. Solo frenó al chocar contra otro automóvil. villalongahoy.com.ar
16 Agosto 2015

El conductor, pasado de copas y anticipando la multa que se venía, pisó el acelerador. Se esperaba que hiciera lo contrario: frenar, esperar que los agentes de control de tránsito hicieran su tarea, y hacer lo que las normas hubiesen indicado. Pero él aceleró, llevándose puestos a tres peatones y a un subcomisario, a quien paseó arriba del capot y por un largo tramo (100 metros dijo Télam, 400 afirmaron otras fuentes) Frenó de golpe y sin querer, cuando chocó contra una camioneta. El subcomisario Carlos Bruzzo terminó en el hospital, con fractura expuesta de tibia.

La historia que esta semana tuvo repercusión nacional, que por su intensidad e ineludible cercanía trascendió los límites del municipio de Quilmes en Buenos Aires, bien podría formar parte de la aplaudida película “Relatos Salvajes”. La “rebelión” de este conductor frente a las normas que regulan la sociedad podría aparecer en el filme de Damián Szifrón justo al lado de la historia de “Bombita” Rodríguez, el personaje que encarna Ricardo Darín y que consigue la simpatía universal por hacer lo que más de una vez a todos nos dio ganas de hacer: ponerle una bomba a la burocracia, a esas instituciones que parecen interponerse ante nuestra voluntad.

“La burocracia en sí implica orden. Y lamentablemente no estamos acostumbrados al orden”, define Mirta Gallardo, psicóloga de la Dirección de Tránsito de la Municipalidad capitalina. En esa oficina sí que se ven hombres y mujeres con los fusibles quemados por la irremediable espera que acarrean los trámites. Gallardo atiza, o en realidad le pone más leña al fuego de sus afirmaciones, asegurando que ese desapego por las normas no es patrimonio exclusivo del tucumano, sino del argentino en general.

“Todo el mundo sabe que para conducir tiene que tener el carnet al día, que no puede hacerlo alcoholizado y que debe usar casco. Sin embargo, son normas que se transgreden todo el tiempo. Y cuando llega el inspector de tránsito y se lo remarca, el conductor se rebela, se pone violento y pide trato diferencial. No estamos acostumbrados a cumplir con las normas y tampoco a ser tratados todos por igual; siempre queremos ser la excepción”, dice la profesional. A ello se suma el hecho de que los inspectores del departamento de tránsito de esta ciudad tienen una notoria “mala fama” que suele convertirse en el argumento perfecto para poner en duda su autoridad. “Es cierto, hay una mala fama por los varios casos de cohecho que se conocieron. Pero también es cierto que para que haya cohecho, tiene que haber dos personas implicadas. Y una de ellas es un conductor que no tiene las cosas en regla”, refuta.

La maldita espera

Marcos Alzabé está al frente del Tribunal de Faltas de la Municipalidad capitalina. Es la institución que en última instancia define si corresponde o no pagar una penalidad por una infracción y también puede arbitrar el importe. En sus 18 años frente al Tribunal ha aprendido que en las audiencias que mantiene con los infractores siempre debe haber un tercero como testigo de la conversación. “Es algo que aprendí con el tiempo y con los golpes”, señala, aunque prefiere no profundizar en este último detalle. A él, cuando está del lado del mostrador, lo que le enciende la ira es la espera excesiva en algunos lugares, como los bancos por ejemplo. “Las colas aniquilan la paciencia. No estamos preparados para esperar muy mucho”, dice.

“Ahora, con la nueva Ley de Tránsito, se ha reducido notablemente la cantidad de veces que necesitamos conversar con los infractores que vienen a hacer su descargo. Atiendo al 30% de lo que atendía antes, porque el restante 70% prefiere hacer el pago voluntario, que es la mitad. De todos modos, todavía hay gente que se pone muy irritable; nadie va a reconocer que ha cometido la infracción. Yo, en esos casos, lo mando a que piense y después seguimos conversando”, cuenta.

Lo escucho

Tras varios minutos de espera, músicas, opciones, mensajes premoldeados y más espera, del otro lado del teléfono aparece la voz de Cecilia M., telemarketer de un call center que atiende consultas de una compañía de telefonía móvil. Casi todo lo que atiende son reclamos, desde hace seis años. Ella afirma que tiene la ventaja de sacarse el “chip” apenas pone un pie fuera de la oficina. “Creo que lo que la ‘saca’ a la gente es que las cosas no son ni se hacen como ellos quieren, sino que todo lleva un procedimiento específico. A nosotros no siempre nos parece el más lógico ni el mejor, pero es la manera en la que se hace... el que llama no tiene el control de nada, y eso creo que lo pone violento”, analiza.

Entre esos procedimientos, están el de no poder hablar con la prensa sobre la empresa. Por eso Cecilia no brinda su apellido ni la compañía para la que trabaja. “Hay gente que no aguanta ni las reglas internas ni los reclamos seis horas al día en el oído, y dura meses. He visto chicos irse antes del primer mes. Hay que tener una personalidad especial para que todo eso no te afecte”, concluye.

PUNTOS DE VISTA

La indefensión kafkiana

Nicolás Zavadivker | Doctor en Filosofía - Docente - Investigador de Conicet

Como hacía notar el filósofo Samuel Schkolnik, la burocracia tarde o temprano deja de ser un medio útil destinado a ordenar actividades complejas para convertirse en un fin en sí mismo. De esa forma, la racionalidad que pretendía imponer se transfigura en la más absurda irracionalidad, produciendo fastidio y hasta desazón. No se trata de un mal especialmente argentino ni nuevo: ya Kafka inmortalizó en “El proceso”, hace 90 años, la indefensión humana frente a la burocracia. Tampoco es un mal atribuible sólo a instituciones públicas, que parecen haber perdido el rumbo en relación al valor del tiempo y la eficiencia. Empresas de servicios privadas, por ejemplo las telefónicas, inventaron formas burocráticas para escamotear la satisfacción de las demandas de sus clientes, provocando largas esperas musicalizadas que desafían la paciencia, y en las que el usuario se topa con voces pregrabadas para expresar sus vicisitudes. Habitualmente ni siquiera se llega a explicar el motivo de la llamada a otro ser humano, y si esto ocurre, está tan exasperado que descarga su bronca contenida contra el telefonista. La burocracia, pues, nos retacea el logro de nuestros objetivos y nos genera impotencia; y esta a veces se rebela y se expresa en forma de furia, verbal o física. A mi juicio, para llegar a un estallido espontáneo de esta naturaleza debe el furioso tener previamente un estado de crispación a flor de piel, estado que se potencia especialmente en personas ansiosas.

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Cuando la ira muta en desmesura

Santiago Garmendia | Doctor en Filosofía - Docente

Tenemos todos el sentimiento –muchas veces fundado– de que la observancia de las normas no es tan general, y tendemos a pensar que somos los únicos sobre los que cae el peso de la ley. En “Ira y tiempo”, Peter Sloterdijk caracteriza a la ira como una emoción -la agresión es el resultado-, de una tremenda fuerza psicopolítica de la historia humana, pero que ha ido mutando hacia una forma cada vez más individualista. La ira puede ser una posibilidad de patear el tablero y establecer reglas más justas, pero no cuando queda en brutalidad pura, en desmesura. El tema es más profundo que los episodios puntuales porque, creo, late el peligro de justificar la excepción. La sociedad es una trampa para megalómanos, y en cierto sentido nos seduce con el modelo de que somos extraordinarios y los límites no se nos aplican. A la irracionalidad de ciertos límites respondemos con que ninguna ley puede sernos impuesta, como estupidísmos “Increíbles Hulks”. Cuenta Ortega y Gasset en “Mocedades” que en Constantinopla, donde el agua escasea, hay una sociedad de bebedores de agua capaces de catar los sabores más sutiles; pareciera que nosotros vamos en camino contrario con nuestros gustos morales, en camino a perder la posibilidad de distinguir un atropello de una regla, una ley de una arbitrariedad. La realidad es un insulto a la inteligencia y debemos plantarnos ante ella, pero nuestra reacción a algunos destellos de racionalidad es en ocasiones el agravio.

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Acostumbrados a la violencia

Carlos Iriarte | Psiquiatra - Autor del libro "Temas de salud mental"

Los impulsos en los seres humanos existen desde el comienzo de la vida. La cuestión fundamental es que para que ese impulso sea útil debe transformarse en deseo y para eso tiene que haber una historia de contención familiar. Que un niño pida lo que desea con palabras no es lo mismo a que lo haga pateando puertas; ahí hay algo que ha fallado. Pero también es cierto que los factores educadores de la familia han ido perdiendo jerarquía. En la familia no hay tiempo para contener, y esa función se ha ido delegando progresivamente a la escuela, por ejemplo. La problemática de las personas irascibles, que no encuentran freno a sus impulsos, también tiene una dimensión social. En gran medida tiene que ver con el comportamiento de los líderes; y aquí hace falta distinguir líderes de caudillos. Los primeros son aquellos que tienen un mensaje vertical (“yo pienso que esto es así”) y uno horizontal (abre el debate, pide opinión). El caudillo, en cambio, lo único que propugna es bajar una línea de manera vertical; esto último, que lo vemos cada vez con mayor frecuencia, genera violencia porque impide el crecimiento humano y personal, en una sociedad que tiene cada vez menos debate. La Legislatura tucumana es un ejemplo de caudillismo. Otra cuestión a advertir es que la sociedad ha perdido la capacidad de prevenir, siempre actuamos sobre la leche derramada, no tenemos un plan de prevención sobre la violencia, porque nos hemos acostumbrado a ella.

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