Unas 18,5 millones de personas se encuentran bajo la línea de pobreza en la Argentina (40,6% de la población total). A su vez, la medición de la indigencia fue de 10,7%, con una pequeña suba en relación a la medición anterior, significando que unas 4,8 millones de personas no alcanzaron a cubrir las necesidades alimenticias más básicas. Esos indicadores vienen mostrando, con subas y bajas transitorias, un deterioro desde 2011. Los picos en ese período se registran en la recesión de 2014, la crisis externa en 2019 y la crisis de la pandemia que parece haber puesto a la pobreza en un nuevo piso del 40% difícil de quebrar, detalla Invecq Consultora Económica. Este último golpe económico significó en términos de pobreza una suba de 5 puntos porcentuales entre 2019 y la primera parte de este año, indica la firma dirigida por el economista Esteban Domecq.
En el Gran Tucumán-Tafí Viejo, el comportamiento de los indicadores de pobreza y de indigencia han sido más profundos que el promedio nacional. De acuerdo con los datos difundidos por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), en el principal aglomerado urbano de la provincia hay 418.000 personas bajo la línea de pobreza (46,2% de la población urbana) y, de ese total, unos 105.000 habitantes no pudieron reunir los ingresos mensuales mínimos para alimentarse.
En una charla con LA GACETA, el economista Jorge Colina, director del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa), señala que el primer objetivo que debe alcanzar toda gestión si quiere bajar paulatinamente la pobreza y la indigencia es que la inflación se ubique en un dígito. “Es imposible lograrlo con una inflación de dos dígitos y una proyección interanual del 50%”, remarca. Claro está que el segundo componente para el principio de la solución a los grandes problemas argentinos es que el país avance hacia una estabilidad económica. Así, según el investigador, la receta clásica podrá aplicarse de una mejor manera, de tal modo que con más inversión habrá más empleo, que es lo que en definitiva saca a la gente de la pobreza.
Colina sostiene que la pobreza estructural argentina puede ubicarse entre un 20% y un 25% del total de la población. En ese marco, a su entender, toda asistencia social estatal será insuficiente en la medida que no haya más empleo genuino. “Vemos, por ejemplo, que al iniciarse la pandemia de la Covid-19 y en medio de una cuarentena prolongada y obligatoria se perdieron tres millones de puestos informales. Ahora hay señales de que esos empleos se recuperaron, pero que las remuneraciones son muy bajas porque se las termina comiendo la inflación”, expresa. Por eso, no les alcanza para salir de la pobreza, mucho menos para llegar a fines de mes con la canasta de alimentos y con los gastos mínimos para cubrir sus necesidades esenciales ($ 37.803 mensuales promedio de ingresos totales de un hogar pobre versus $ 62.989 de la Canasta Básica Total).
Situación de riesgo
Según el sociólogo Eduardo Fidanza (Poliarquía), la clase política sigue encerrada en sus propios debates, en su propia competencia por el poder, y no advierte el riesgo que implica enfrentarse con la sociedad o negarse a ver el estado de situación social. “Pero además -aclara-, subestima a los mercados que observan con mucha desconfianza todo lo que sucede en el poder”.
A su criterio, la pandemia ha empeorado los clásicos problemas de la Argentina, frente a una falta de visión de la oposición, que agrava la cuestión socioeconómica. “Así, la agenda de la política está disociada de la social. Esa sociedad está reclamando que vive una situación crítica porque la pobreza se debe, en gran medida, a la falta de oportunidades laborales, en los que los ingresos son muy bajos en relación a la inflación. La gente está enojada con la política”, acota.
Frente a aquella disociación, Fidanza no cree que se llegue a un consenso político, que resalta que es necesario, por las buenas, frente a una ecuación que se profundiza por efecto de los privilegios que la sociedad percibe de los políticos. “A mayor sufrimiento social, menor tolerancia a las élites”, expresa. En una conversación telefónica con nuestro diario, el sociólogo advierte que, durante la última década, la Argentina se ha caracterizado por un comportamiento económico que tiende a la estanflación (estancamiento más inflación) y ya no existe el esquema clásico de los ciclos que daban margen a una recreación de las condiciones para un crecimiento tras una crisis. “Si por delante seguimos teniendo estanflación, esto contribuirá a deslegitimar aún más a los dirigentes políticos y a alimentar opciones antisistemas; ese es el riesgo que se corre”, completa. Frente al diagnóstico de Fidanza, Invecq cree que la política económica debería plantearse dos objetivos:
• El primero, evitar una nueva crisis macroeconómica. Todos los saltos de la pobreza en los últimos años se han dado en episodios de crisis, por lo que diseñar la política económica de forma tal de minimizar la probabilidad de ocurrencia de una nueva es el pilar central para ponerle un techo a la pobreza.
• En segundo lugar, reconfigurar un escenario que habilite la posibilidad de recuperar una senda de crecimiento liderada por el sector privado, para que la economía sea capaz de generar un nivel de ingresos más alto.
“Ambos objetivos están muy lejos de alcanzarse hoy. Por el contrario, la evolución de variables macroeconómicas fundamentales indica que la probabilidad de volver a experimentar una crisis macro en el corto plazo está aumentando. Si ello finalmente ocurriera entonces sería inevitable que la pobreza vuelva a crecer”, concluye la consultora.










