La famosa sexóloga estadounidense Beverly Whipple -una de las mayores estudiosas del punto G- declaró haberse sentido motivada a investigar sobre sexualidad al darse cuenta del vacío existente en el conocimiento médico sobre el tema. Según su testimonio, en los años 70 un alumno le preguntó qué recomendar en materia sexual a un paciente con enfermedad cardiovascular. Whipple no supo qué responderle.
Entonces consultó sin éxito a colegas, buscó bibliografía y concluyó que, por más inaudito que pareciera, nadie en la comunidad médica se había puesto a indagar de manera rigurosa si el acto sexual era beneficioso, peligroso o neutro para los enfermos del corazón.
En la actualidad este asunto ha sido más que abordado, con resultados positivos. Pero aún así -es muy comprensible- es común que las personas que tienen una enfermedad cardíaca, o han pasado por un infarto o alguna intervención quirúrgica a nivel del corazón, presenten miedos y ansiedades en relación a la vida sexual.
Uno de los miedos más frecuentes tiene que ver con el esfuerzo físico que la actividad sexual requiere: la persona teme que suponga un riesgo importante para su salud. Sin embargo, se ha demostrado que el gasto energético durante las relaciones sexuales es similar al que genera subir dos pisos de escaleras. De manera que, si se es capaz de hacer este ejercicio sin tener dolor en el pecho o una fatiga excesiva, desde un punto de vista físico, no habría problemas en mantener relaciones sexuales (recordemos al mujeriego interpretado por Jack Nicholson en “Mejor imposible”, empeñado en pasar la prueba de las escaleras para volver al ruedo).
Algunas personas que han tenido un infarto de miocardio directamente temen morir haciendo el amor. Y hay muchas fakes al respecto: lo cierto es que los casos de fallecimiento durante el acto sexual ocurren en un porcentaje muy bajo. Y en los cuales suelen estar presentes otros factores, más bien “externos”, que le añaden estrés a la actividad. Porque la vida sexual en estas personas puede ser de lo más normal, similar a la de quienes no tienen enfermedad coronaria.
Y en líneas generales podría reanudarse luego unas seis a ocho semanas del alta hospitalaria. Los impedimentos suelen ser más bien de orden psicológico, vinculados a los efectos de haber atravesado esta experiencia.
Consulta oportuna
Entre los enfermos coronarios pueden aparecer disfunciones sexuales de origen orgánico, psicológico o como efecto adverso de algunos fármacos (causas que están relacionadas entre sí). Aquí es recomendable la consulta a un/a especialista que pueda brindar información científica, aclarar creencias erróneas y ayudar a reducir ansiedades y temores, facilitando una mejor vida sexual.
Sobre el riesgo de tener un infarto durante las relaciones sexuales, puntualmente en el caso de las personas mayores y sobre todo si son usuarios de la “pastillita azul”, circulan muchos cuentos. De nuevo: más allá de la existencia de casos puntuales que han sido descriptos, la bibliografía médica sobre los efectos cardiovasculares de la actividad sexual concluye que son anecdóticos. Y, salvo en combinación con drogas y situaciones anómalas o muy estresantes, el riesgo es irrelevante.
De hecho las investigaciones demuestran lo contrario: el número de orgasmos durante nuestra vida está correlacionado positivamente con la longevidad y con menos accidentes cerebrovasculares. Al punto que hace unos años la Asociación Americana del Corazón redactó un informe dirigido a los profesionales de la salud en el que concluía que, salvo en personas con problemas cardiovasculares muy serios, es mejor recomendar la práctica de sexo que la abstinencia. En una palabra, los beneficios superan ampliamente a los riesgos.