Resulta preocupante que la administración nacional agote su estrategia en la sola meta del “déficit cero”. Si bien el equilibrio fiscal es imperativo para sanear años de manejo discrecional, es en absoluto suficiente para conducir una nación. Gobernar únicamente con la planilla de cálculo es ignorar la realidad física del territorio y su inminente degradación. ¿De qué sirve que den las cuentas en Buenos Aires si nos cierran las Pymes, se nos incendia la Patagonia o la infraestructura colapsa en cualquier latitud de la Argentina? Esta carencia se siente con fuerza en Tucumán, donde somos rehenes de una puja por fondos entre Nación y Provincia, mientras en San Miguel de Tucumán la previsión técnica brilla por su ausencia. El contraste es humillante: basta mirar a Salta, Córdoba o Mendoza, e incluso a capitales con presupuestos históricamente menores como Santiago del Estero, para entender la profundidad de nuestra postergación. Mientras otros ordenan su desarrollo urbano, nosotros sobrevivimos entre redes de agua colapsadas, cloacas desbordadas y un pavimento que ya no admite más parches. La degradación física es el espejo de una economía real que se desmorona. No habrá infraestructura que aguante sin un tejido productivo que la sustente: según datos de la SRT (Superintendencia de Riesgos del Trabajo) y registros de la ARCA (Agencia de Recaudación y Control Aduanero), el 2025 cerró con más de 16.500 Pymes desaparecidas, y en lo que va de 2026 la aceleración de cierres ya supera el promedio mensual del año anterior. Sin empresas que generen riqueza, el superávit es apenas una ilusión contable sobre un país que se descapitaliza día a día. Lo ocurrido con los incendios en el sur del país o las crónicas inundaciones en el sur de nuestra provincia son sentencias, no accidentes. Lo que hoy se presenta como “ahorro” mediante el recorte en mantenimiento y obras hídricas es, en rigor, una deuda técnica que el futuro nos cobrará con intereses desastrosos. En ingeniería sabemos que el mantenimiento diferido es la forma más cara y negligente de administrar. Es urgente que las autoridades de los tres niveles publiquen planes de inversión basados en criticidad técnica y no en conveniencia política. El esfuerzo de los ciudadanos no puede seguir cayendo en el saco roto de la improvisación o la eterna pelea por la caja.

Rogelio E. Giraudo
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