River vivió una de esas noches que dejan marca. En su propio estadio, con el respaldo de su gente y la obligación de asumir el protagonismo, fue superado de principio a fin por un Tigre práctico, agresivo y quirúrgico, que lo golpeó en los momentos justos y transformó el partido en un baile inesperado.
El inicio fue una pesadilla para el equipo de Marcelo Gallardo. A los cinco minutos, una contra bien ejecutada terminó con la definición de Tiago Serrago, que abrió el marcador y desnudó las primeras falencias defensivas del local. Apenas once minutos después, José David Romero amplió la ventaja tras otra transición rápida, mientras el Monumental empezaba a impacientarse.
El "Millonario" intentó reaccionar con empuje más que con ideas. Tuvo aproximaciones aisladas, un remate de media distancia y algunos centros sin destino, pero nunca logró incomodar seriamente a Felipe Zenobio, firme cada vez que fue exigido. La reprobación bajó desde las tribunas antes del descanso y marcó el clima de una noche que ya pintaba mal.
El complemento terminó de inclinar la balanza. A los cuatro minutos, Ignacio Russo capitalizó una mala salida y puso el 3-0. Poco después llegó la jugada que terminó de desordenar todo: la expulsión de Fausto Vera, polémica, pero determinante. Con uno menos y sin respuestas, River quedó expuesto.
Tigre no perdonó. Otra contra, otra definición de Russo, y el 4-0 que silenció al estadio y desató el canto más duro de la gente. El descuento de Lautaro Rivero, ya en el tramo final, apenas sirvió para maquillar un resultado que fue contundente.
El cierre dejó un mensaje claro: Tigre fue eficaz, inteligente y voraz; River, en cambio, acumuló errores, dudas y una derrota que duele tanto por el resultado como por la forma. Una noche negra en Núñez y una actuación que deja a la figura de Gallardo pendiendo de un hilo.