Por Fabián Gautero

Para LA GACETA - TUCUMÁN

Lejos de ser una moda excéntrica, la emergencia de subculturas identitarias como la “therian” es un síntoma profundo de nuestro tiempo y la última expresión de una búsqueda humana ancestral.

En los últimos años, circulan en redes sociales videos de jóvenes que agregan a su humanidad, la esencia interna de un animal: los therians. Frente a esto, la reacción fácil es el desconcierto o la burla. Sin embargo, como profesional psicólogo, propongo una mirada distinta: no estamos ante un fenómeno patológico, sino ante una estrategia de adaptación identitaria creativa y compleja, potenciada por las condiciones únicas del siglo XXI. Su aparición responde a una “tormenta perfecta” de factores.

Malestar y simbolismo

El núcleo de este fenómeno es una búsqueda urgente de autenticidad y pertenencia en un mundo percibido como alienante. Para estos jóvenes, el animal -su theriotipo- no es un disfraz, sino un símbolo poderoso y multifacético. Opera como:

Un espejo de la esencia: representa una naturaleza interior percibida como más verdadera, pura y coherente que la identidad humana, llena de contradicciones sociales.

Un puente espiritual y natural: conecta con un mundo natural idealizado, actuando como antídoto contra la vida urbana digitalizada y artificial.

Un código de conducta y comunidad: proporciona un marco de comportamiento y un lenguaje compartido que permite una validación y conexión inmediatas.

El catalizador digital

Esta búsqueda, sin embargo, no sería posible en su escala actual sin el ecosistema de internet. Plataformas como TikTok, Discord y X funcionan como incubadoras de nichos identitarios globales. Allí, un adolescente en Buenos Aires o Tucumán puede encontrar y co-crear, en segundos, una comunidad con alguien de México o España, transformando una vivencia aislada en una identidad social validada.

Así, los therians se inscriben en una larga tradición histórica de subculturas juveniles. Son herederos psicológicos de los románticos que huían de la industrialización, de los hippies que buscaban sentido fuera del consumismo, y de los punks y góticos que construyeron identidades fuertes desde la transgresión. Quizá, el eslabón perdido para comprenderlos del todo sea una tribu urbana mezcla de Emos y floggers.

El patrón se repite: los jóvenes de cada época forman “tribus” que les ofrecen un marco de sentido alternativo al imperante. La novedad radical hoy es que la tribu es digital, global, y se organiza alrededor de identidades no-humanas o trans-humanas.

Hello Kitty y theriotipo

Esta cartografía identitaria no se dibuja solo con tintes locales. Para comprender su estética y algunos de sus permisos sociales, debemos mirar hacia un fenómeno cultural globalizado: la influencia de la cultura pop japonesa y su estética kawaii (lo “lindo”). Lejos de ser la causa, opera como un “ablandador cultural” y un proveedor de lenguaje simbólico.

La omnipresencia del animé, el cosplay y la iconografía kemono (animales antropomórficos) ha normalizado entre los jóvenes occidentales dos ideas cruciales: 1) la exploración lúdica o seria de identidades alternativas a través de la encarnación de un personaje, y 2) la profunda conexión emocional y estética con lo animal o lo no-humano. Cuando un adolescente en cualquier sitio de Argentina crece viendo series donde personajes se transforman en criaturas o donde la conexión con un animal define la esencia del héroe (Wolf’s Rain, Beastars), ese imaginario se vuelve parte de su acervo cultural disponible.

Aquí yace una distinción vital: mientras el cosplay o la cultura furry se centran en la representación y la afición (un rol que se adopta y se puede dejar), la identidad therian se vive como una esencia interna no elegida. Sin embargo, la primera funciona como un efecto “puente” o “gateway”. Expone al joven a comunidades en línea donde, entre el arte de personajes-zorro y los foros de discusión, puede tropezar con el concepto de therianthropy.

La emergencia de los therians y movimientos afines es un síntoma elocuente de las crisis de nuestro tiempo -la ecológica, la de los relatos tradicionales, la de la soledad hiperconectada- y al mismo tiempo, una solución creativa, aunque desconcertante, que esos mismos jóvenes ensamblan con las herramientas a su alcance.

Un llamado

Lejos de ser una señal de pérdida de rumbo o sentido, es un llamado a la observación seria. Nos habla de una generación que, frente a la liquidez y la incertidumbre, está cartografiando nuevos territorios para el “yo” con los mapas simbólicos que encuentra: en este caso, el arquetipo animal; qué suele conectarse a la preferencia de muchos por seguir durmiendo con peluches hasta edades avanzadas. Signo de apego a la infancia y defensa ante una sociedad brutal y cada vez más agresiva desde el punto de vista económico.

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Néstor Fabián Gautero - Psicólogo. Ig: psique.detinta