El hincha aprendió a hacer malabares mucho antes de que existieran las apps modernas que entregan fútbol casi las 24 horas. Aprendió a hacer rendir su sueldo, a elegir qué partido sí y cuál no, a escuchar por radio lo que no podía ver, a viajar de madrugada y volver de noche y a explicar en casa que el domingo no era un día cualquiera porque jugaba el club de sus amores. El hincha siempre fue alguien que se las supo arreglar. No porque quisiera, sino porque el sistema así lo decidió y lo empujó hacia adelante. Y ahora, también, tiene que aprender a ser usuario.

Con el nuevo esquema de televisación en el ascenso, para ver a su equipo ya no alcanza con la camiseta gastada, el mate, el ritual de la previa y la fe. Hace falta internet, datos, un dispositivo, una descarga, un registro y, después del mes de cortesía, una suscripción que equivaldría a unos U$S 10 por mes o 100 por año (eso se definiría en las próximas semanas). Así, ese ítem pasará a engrosar una lista que ya parece la boleta de la luz en pleno verano.

La AFA rompió su acuerdo con TyC Sports y decidió transmitir el ascenso a través de su propia plataforma, LPF/AFA Play. La noticia se anunció durante la penúltima reunión de Comité Ejecutivo entre aplausos y sonrisas de dirigentes. Y no es difícil entender por qué. La casa madre de nuestro bendito fútbol garantiza así ingresos fijos: a los equipos de la Primera Nacional, unos $ 65 millones mensuales; a los de la Primera B, 20 millones; a los de la C y el Federal A, 12. Ese dinero, en muchos casos, representa gran parte del presupuesto de un club; y en un fútbol crónicamente desfinanciado, eso parece ser oxígeno puro.

Arriba, la ecuación cierra. Abajo, como casi siempre, a la cuenta la paga otro.

El hincha que ya abona cable, internet, datos móviles y alguna que otra plataforma, ahora tiene que sumar una más para ver más partidos. Se le dice modernización, autonomía o dar un salto al futuro. Y puede ser que algo de eso haya. Pero también hay una verdad más vieja que el fútbol: en Argentina, cuando hay que financiar un cambio, al costo casi siempre lo termina pagando el hincha.

El ascenso fue, durante décadas, el último refugio de cierta idea romántica del fútbol. No porque fuera puro, sino porque todavía era cercano. Porque se podía ver en la cancha, en la TV del bar, en el cable básico o, en el peor de los casos, escucharlo por radio, con una interferencia que le aportaba ilusión y nostalgia. Hoy, incluso ese territorio empieza a parecerse a todo lo demás: usuario, contraseña, abono y tarjeta de crédito.

Pero además del costo, está el servicio; y ahí aparece otra pregunta incómoda. El partido entre San Martín y Almagro, por la Primera Nacional, estuvo marcado por serios problemas técnicos en la señal de LPF Play, el nuevo sistema de transmisión de la categoría. En el primer tiempo, la imagen se congeló alrededor del minuto 35 y no regresó hasta el entretiempo, dejando sin emisión el tramo final de la etapa. En el complemento ocurrió algo similar; la transmisión volvió a trabarse cerca del minuto 30 y recién se reanudó una vez terminado el encuentro.

La situación generó un fuerte descontento entre los hinchas del “Santo”, que manifestaron su bronca en las redes sociales por no poder ver los minutos decisivos del partido. Muchos señalaron que, al tratarse de una plataforma paga (gratuita sólo por las primeras fechas), esperan al menos estabilidad en el servicio. El triunfo por 1-0 se festejó igual, pero con críticas hacia un sistema que mostró varias fallas.

Y no fue un caso aislado. Este último fin de semana, casi todos los partidos de la Primera Nacional tuvieron algún tipo de inconveniente: cortes en la transmisión, errores groseros en los graph, problemas en los relatos y en los comentarios. Detalles, dirán algunos. Hasta que esos detalles te dejan sin ver el final del partido que estuviste esperando toda la semana.

El discurso oficial habla de visibilidad, de crecimiento, de no dejar a nadie sin trabajo y también de construir una plataforma propia. Todo eso suena bien. Lo que no suena tan bien es que el riesgo del experimento lo absorba, otra vez, el fanático. Si la app funciona y recauda, el sistema festeja. Si no funciona, alguien tendrá que ajustar. Y ese alguien, históricamente, no se sienta en los sillones del edificio de la calle Viamonte.

Hay algo simbólico que se pierde en el camino. El ascenso, con todas sus miserias y grandezas, era el fútbol de la cercanía. Convertirlo en un producto más dentro de la guerra de las plataformas no es solamente un cambio tecnológico, sino también uno cultural. Es correr un poco más el arco de quién puede mirar y quién no.

No se trata de oponerse a la tecnología. El problema no es la app; sino el modelo. Ese modelo que celebra la modernización cuando garantiza ingresos hacia arriba, pero naturaliza que el costo de esa modernización baje por gravedad y termine en el bolsillo del hincha. Un modelo que sigue mirando al que paga como usuario y no como parte esencial de la historia que dice defender.

Los dirigentes celebran sólo por el hecho de que se aseguran dinero

En la reunión en la que se anunció la nueva movida, Claudio Tapia recibió aplausos. Y es comprensible, porque en un fútbol en el que casi nadie tiene certezas, asegurar dinero todos los meses es como encontrar agua en el desierto. Pero el aplauso no tapa la incómoda pregunta: ¿en qué momento el hincha dejó de ser el centro del juego para convertirse en el principal financista de cada experimento?

Para ver el ascenso, dentro de muy poco el hincha deberá tener una suscripción; y eso parece ser una barrera. Pequeña para algunos, enorme para otros; justo en un fútbol que se jacta de ser popular.

El hincha va a pagar, porque paga siempre. Paga cuando suben las entradas, cuando sube el transporte público, cuando sube la camiseta de su club, cuando sube el pack fútbol y cuando sube todo. Va a pagar porque quiere ver a su equipo, porque en esa camiseta hay algo que no tiene un costo monetario. Pero que lo haga, no significa que esté bien.