El paisaje en la ruta 38 cambió ayer hacia el sur de la provincia. El agua marrón cubría patios y calles, borraba límites y convertía el paisaje cotidiano en una extensión turbia e inmóvil. La escena resumía lo que ocurrió desde la noche del sábado cuando en pocas horas, la lluvia lo cambió todo. En Aguilares, uno de los puntos más golpeados, las historias se repetían con matices, pero con una misma constante. El agua avanzó rápido y no dio tiempo a reaccionar.

La casa de Pedro Pacheco, en el barrio Santa Rosa, es rosa. O lo era. Ahora, el barro cubre paredes y muebles, y una de las paredes del frente cedió ante la presión del agua. Por ese hueco, durante la madrugada, ingresaron lanchas para rescatar vecinos.

“El agua llegó hasta el pecho. Esto parecía un río. Con los vecinos y los bomberos sacamos a chicos, personas mayores y discapacitados. Había que nadar”, contó.

Pasó la noche evacuado en una escuela, después de horas de desesperación. “Perdí todo. La cocina, la heladera, todo quedó bajo el agua. Pero gracias a Dios no hubo víctimas, que es lo más importante”, dijo.

Y remarcó lo inusual del fenómeno: “Es la quinta vez que nos inundamos, pero nunca con esta fuerza. Nunca vi el agua pasar por encima del pavimento”.

A pocas kilómetros, en el barrio San Francisco, Micaela Romero volvió a su casa cuando el agua empezó a bajar. Lo que encontró fue barro, humedad y pérdidas. “Volví a mi casa y estaba todo lleno de barro. El agua me llegaba casi a la cadera. Alcanzamos a subir algunas cosas, pero perdimos ropa y otras pertenencias”, relató.

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En su barrio, el panorama es crítico. “Hay casas donde el agua tiró paredes. Algunos vecinos lo perdieron todo, no tuvieron tiempo de rescatar nada. Incluso hay familias que tuvieron que abandonar sus casas durante la noche”, explicó.

Micaela también apuntó a la falta de asistencia: “Hasta ahora no se acercó ninguna autoridad. Los únicos que están ayudando son los vecinos y la gente que se solidariza”.

Y advirtió sobre lo que viene: “El agua sigue estancada. Hay peligro de enfermedades, de víboras, y hay muchos chicos. Necesitamos que se rompa el pavimento para que drene el agua, porque así no se va a ir”. Esas tareas recién se iniciaron en la noche de ayer.

Cansancio

En Río Chico, Carmen Teresa Amador, docente jubilada, observa su casa con una mezcla de cansancio y resignación. Hace más de tres décadas que vive allí, pero nunca había visto algo así. “Hace 36 años que vivo acá y nunca vi que el agua pasara por la calle con tanta fuerza. Antes entraba un poco, pero ahora subió rapidísimo y no daba tiempo a reaccionar”, contó.

La noche fue una carrera contrarreloj. “Teníamos que decidir qué salvar: colchones, computadoras o cosas de trabajo. Subíamos todo a la cama, pero el agua seguía subiendo y había que volver a moverlo”, dijo.

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Aun así, pone el foco en lo esencial: “Lo importante es que estamos bien. Las cosas materiales se recuperan, pero la vida y la salud no”.

Mientras tanto, la ayuda empezó a llegar de manera desigual. Desde la comuna de Monte Bello, un grupo de trabajadores se organizó por su cuenta para asistir a los cientos de damnificados.

“Vinimos a colaborar con lo que tenemos: pan, algo para el mate cocido, algunas golosinas. Es poco, pero lo hacemos de corazón”, explicó Rosa Alejandra Amayo.

El grupo ya venía recorriendo otras zonas afectadas desde la madrugada y lanzó un pedido: “Se necesita más gente que se sume como voluntaria. Entre todos podemos hacer más”.

Comunicación oficial

Ayer por la mañana, el Ministerio de Desarrollo Social puso en marcha un operativo de asistencia en el sur provincial, con entrega de agua, frazadas, colchones y alimentos. El despliegue se concentró especialmente en el departamento Río Chico, donde Aguilares y Santa Ana presentan el cuadro más complejo, con decenas de familias afectadas y evacuadas.

El temporal, que había sido anticipado bajo alerta amarilla, superó ampliamente las previsiones. En apenas tres horas se registraron lluvias extraordinarias, con picos que superaron los 200 milímetros en algunas localidades, como Alpachiri. En Aguilares y zonas cercanas, los registros también fueron elevados, provocando desbordes de canales y anegamientos generalizados.

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Pero más allá de los números, las consecuencias se miden en historias.

Manuel Coria salía de su casa con las botas empapadas. También es vecino de Santa Rosa y, como tantos otros, lo perdió todo en cuestión de horas.

“El agua empezó a entrar cerca de la medianoche con mucha fuerza. Fue cuestión de minutos. Perdimos todo porque no hubo tiempo de nada”, contó.

Ante la falta de respuestas, los vecinos decidieron cortar la ruta al mediodía de ayer: “Lo hicimos para ver si nos prestaban atención, porque el agua está empozada. Si no rompen la ruta, no va a terminar de bajar”.

La noche volvió a caer sobre un barrio que todavía no lograba secarse. Manuel ya sabía dónde iba a dormir.

“Esta noche voy a pasarla en un camión que me prestó un amigo. Trataré de conseguir un colchón y aquí me quedaré”.

Del otro lado del vidrio, el agua sigue ahí. Quieta, pesada. Como si todavía no hubiera terminado de irse.