En medio del plenario de comisiones en la Cámara de Diputados, mientras se discutía el tratamiento de la Ley de Glaciares, un micrófono abierto dejó escuchar una frase que rápidamente salió del recinto y se instaló en redes sociales. Nicolás Mayoraz (LLA), presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales, dijo: “Hacemos una excepción. Las mujeres son mi debilidad. Vienen dos chicas y me lo piden”. No era parte de su intervención formal. Era, justamente, lo contrario: un comentario al margen, dicho en confianza, sin la intención de ser escuchado por todos. Pero lo fue.
Los fragmentos de video empezaron a circular, al igual que los comentarios. No es la primera vez que pasa: en diciembre de 2025, durante la jura de diputados, el radical chaqueño Gerardo Cipolini presidía la sesión cuando su micrófono quedó abierto. Mientras una legisladora subía al estrado, se lo escuchó decir: “Rosario Goitía… che, qué buena que está”.
Hay una expectativa que sobrevuela estos episodios. No siempre se dice de forma explícita, pero aparece en los reclamos: que quienes ocupan lugares de representación -sin importar la pertenencia política- ya deberían haber atravesado cierto proceso. Que hay formas de mirar, de hablar, de pensar, que tendrían que haber quedado atrás. En los últimos años, ese proceso empezó a nombrarse de una manera particular: deconstrucción.
La palabra circula con facilidad. Se usa para describir un cambio, una revisión, una toma de conciencia. A veces también como una forma de presentarse: alguien “deconstruido”, alguien que ya hizo el trabajo. En ese gesto aparece una idea implícita: que existe un punto de llegada. Una versión superada de uno mismo.
Sin embargo, el concepto no nació para eso. En la obra del filósofo Jacques Derrida, la deconstrucción no es una meta. No propone reemplazar una estructura por otra mejor, sino mostrar las tensiones, los supuestos, las jerarquías que sostienen lo que entendemos como natural.
Llevada al terreno de la vida cotidiana, esa idea pierde precisión y gana mucha circulación. Se vuelve más accesible, pero también más difusa. Puede funcionar como una herramienta para revisar prácticas, discursos, vínculos. Pero también puede transformarse en una etiqueta. En una forma de ordenar quién está “de este lado” y quién no.
Tal vez ahí aparece una de las incomodidades que deja el episodio en Diputados. No solo por lo que se dijo, sino por lo que pone en evidencia. Porque si la deconstrucción se piensa como un estado alcanzado, entonces el error queda del lado de quien todavía no llegó.
Pero si se la piensa como un proceso, la escena se vuelve más compleja. No se trata de equiparar responsabilidades ni de diluir lo que implica un comentario en un espacio institucional. Un diputado no habla en el vacío: sus palabras tienen un peso específico y forman parte de una trama más amplia.
Esa trama no se limita a lo que se dice en un recinto. También incluye las formas en que se construyen ciertas imágenes, los gestos, los discursos, las posiciones que se adoptan hacia afuera. Y, a veces, la distancia entre eso que se muestra y lo que efectivamente ocurre.
Esa distancia a veces aparece en una frase fuera de lugar; otras, en hechos mucho más graves. En 2022, seis hombres violaron a una joven a plena luz del día en el barrio de Palermo. Días después, en una manifestación en Munro, dos vecinas contaron que conocían a algunos de los detenidos. “Militaban en marchas a favor del feminismo Es triste porque nosotras las mujeres nos sentimos seguras con este tipo de hombres, y al fin y al cabo son ellos mismos quienes nos violan, matan y abusan”, dijo una de ellas.
En la circulación del término empieza a producirse un desplazamiento. La deconstrucción empieza entenderse como un punto de llegada. Y en ese pasaje aparecen escenas como esta: personas que, en el ámbito público, parecen haber llegado -que adoptan el lenguaje, los gestos, las posiciones esperadas- pero cuyas prácticas privadas no necesariamente acompañan ese discurso.
Nadie está completamente deconstruido. No es una identidad, sino una práctica: una forma de estar atentos a lo que hacemos y decimos.
Tal vez por eso estos episodios incomodan de una manera particular. No solo por lo que exponen hacia afuera, sino por lo que obligan a pensar hacia adentro. ¿Qué hacemos con esas frases que todavía aparecen? ¿Cómo se interpreta? ¿Como restos de algo que está desapareciendo o como señales de algo que sigue operando?
¿Y qué lugar ocupa cada uno en esa escena?
La deconstrucción, entendida como proceso, no ofrece respuestas cerradas. No garantiza coherencia ni elimina la posibilidad de error. Quizás su potencia esté, más bien, en no convertirla en un punto de llegada. En aceptar que hay algo que siempre está en movimiento, incluso -o sobre todo- en los lugares donde se espera que ya esté resuelto.
Porque si algo deja ver -escuchar- un micrófono abierto es eso: no lo que se dice cuando se habla para otros, sino lo que aparece cuando se cree que nadie está escuchando.