De la Rosada al diván: paranoias y ladridos para todos y todas

Por su extremado apego al “yoísmo”, que tantos resultados le dio cuando era candidato, Javier Milei no cesa de pegarse tiros en el pie.

De la Rosada al diván: paranoias y ladridos para todos y todas
10 Febrero 2024

Por Hugo E. Grimaldi

Por su extremado apego al “yoísmo”, que tantos resultados le dio cuando era candidato, Javier Milei no cesa de pegarse tiros en el pie. Mientras la sociedad hace malabares para adecuar su bolsillo a una realidad económica cada día más desbordada, el Presidente perdió los primeros y valiosos 60 días de su mandato con la Ley de Bases, a la que desguazó primero en lo fiscal y le canceló las lúcidas reformas electorales y que ahora dice que va a retirar del Congreso ante el fracaso de la votación en particular. En el mientras tanto, demoró de modo incompetente la reforma laboral, a la que incluyó dentro del ciclópeo DNU que, hasta el momento, es un catálogo de buenas intenciones y de lenta ejecución.

Claro que la oposición que rechaza sigue las reglas de juego, sobre todo cuando no hay mayoría propia en el Congreso, pero los afanes de cambio del Gobierno, votados a dos manos en noviembre, se fueron esta vez a la banquina debido a una gestión más bien chapucera, que podría encuadrarse de modo benevolente en la falta de experiencia de muchos a quienes el Presidente  ha elegido para avanzar. Haber ido a un cuarto intermedio después de la votación en general, le permitió a la oposición armar una estrategia de rechazo en particular, incentivada por los lobbies, que iba a ser derrota tras derrota si no se paraba de alguna forma.

Hay que incluir necesariamente en el derrape oficialista la propia propensión que tiene Milei a generalizar y a ladrarle al mundo, incluidos a muchos a quienes debería preservar porque en el fondo son sus aliados, aunque él no lo perciba. No todos son “casta” dentro del Congreso; no todos los gobernadores son “traidores”; tampoco todos los periodistas son “ensobrados”, ni todos los empresarios “prebendarios”.

Mejor, el Presidente debería mirar su propio ombligo. Está de moda mencionarla a Karina Milei como la José López Rega de la hora, autora intelectual de los desbordes sicológicos de su hermano, pero ésa no sería la única circunstancia de la debacle legislativa, ya que casi nadie del entorno estuvo a la altura de las circunstancias y falló claramente la conducción del número uno, quien quedó como alguien desorganizado y aparentemente imposibilitado de prever escenarios alternativos, para tener a mano salidas decorosas ante cada circunstancia. Se lo venda como se lo venda, el cimbronazo lo alcanzó de lleno al Presidente y dejó en la banquina muchas esperanzas.

Puntualmente, no supieron estar a la altura de las circunstancias ni el blandito Martín Menem al frente de la Cámara de Diputados, ni Guillermo Francos en el ida y vuelta con la oposición, ni tampoco Santiago Caputo, dueño de una ignorancia supina en cuestiones básicas de manejo del Estado. Tampoco tuvo relevancia alguna el diputado Oscar Zago, jefe del bloque libertario, cuya única acción clara fue el papelón que pasó por televisión al agredir sin sentido al economista Roberto Cachanosky. Sobre todo, porque dio la sensación de que no sabía de qué estaba hablando.

Ahora, se habla de acercamientos con el ala del PRO que lideran Mauricio Macri y Patricia Bullrich, para hacer una “coalición política” se dijo, pero hasta dónde se sabe estos dirigentes estarían dispuestos a acompañar siempre y cuando tengan cierta seguridad de que el día de mañana no se los va a acusar de algo para romper lo que ahora se pueda armar. Una experiencia previa y negativa por cierto, la tienen ambos cuando en uno de esos arranques incomprensibles, tal como ahora Milei se venga de los gobernadores y les baja del Gobierno a Flavia Royón y a Osvaldo Giordano, antes de asumir se había deshecho de dos funcionarios de valía cercanos a Macri, como María Eugenia Talarico y Javier Iguacel.  

Un buen manager no necesariamente debe decidir siempre lo que le proponen ni imponer su voluntad de manera inflexible. En cambio, debe encontrar un equilibrio entre escuchar las ideas y sugerencias de su equipo y tomar decisiones basadas en una combinación de la experiencia, conocimientos e información disponible. En cambio, la propensión del Presidente es la de tener siempre la última palabra, pero no en el sentido de que, como número uno debe trazar el rumbo, sino que parece ser alguien de imposible delegación y propenso a rodearse de colaboradores que nunca solucionan nada porque le tienen miedo a él o a su entorno más cercano.

En política, esa tendencia suele colocar a los dirigentes en una posición de debilidad porque quienes tienen una excesiva autoestima o el ego inflado y suelen presentar una serie de defectos psicológicos que afectan su forma de interactuar con el mundo y con los demás, lo que los lleva a vociferar contra todo el resto sin tener una pizca de autocrítica. Si alguien quiere conducir un proceso, su amor al yo generalmente anula los resultados porque además inhibe a los colaboradores, quienes quedan presos del miedo de no hacer lo que se les pide.

Una mentalidad egocéntrica refiere a personas que tienden a poner sus propios intereses, deseos y necesidades por encima de los otros, a menudo creyendo que es algo natural y sin considerar el impacto que esas acciones pueden tener en su imagen. Uno de los problemas que tienen quienes creen que el mundo tiene que girar siempre a su alrededor son las graves dificultades que les aparecen a  la hora de aceptar las críticas. Ellos suponen que hacerlo es menoscabo, debilidad y nunca sinónimo de grandeza.

En ese sentido, el Presidente es la versión libertaria de Cristina Fernández, quien políticamente ha creído siempre que el mundo giraba a su alrededor. Además del ego inflado, Milei tiene muchas características en común con la ex presidente: ambos son políticamente vengativos, por ejemplo y suelen meter un elefante en el bazar para romper primero y ver qué se hace después. Y cultivan también cierto grado de paranoia, ya que son capaces de creer que el mundo se les ha puesto en contra sólo para perjudicarlos. Los populismos, de izquierda y de derecha, hacen un culto extremo de la personalidad y en sus parámetros no entran otras cuestiones más que el narcisismo político. Cuadros así, tan poco confiables por sus zig-zags, resultan altamente negativos para la construcción de expectativas, algo que el país de hoy necesita imperiosamente como base de la recuperación.

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