Siempre y en todo lugar, excepto en la Argentina
A dos años de la gestión Milei, la inflación 2025 redondea un 30% que contrasta con el 211% que dejó el gobierno anterior. Pero se resiste a perforar el 2% mensual. El oficialismo acelera en su carrera reformista y la vida pública encuentra espacios en los que baja sus niveles de confrontación
Hay una relación estrecha de los argentinos con la excepcionalidad. Un país de 47 millones de habitantes tiene solo un 0,6% de posibilidades de tener el mejor jugador de la historia del deporte más popular de un mundo con 8.000 millones de personas. ¿Cuántas chances tiene de tener los dos mejores?: una en 2,7 millones de posibilidades.
Algún aficionado a las estadísticas, o un brasileño negacionista, podrían intentar relativizar la afirmación o argumentar que aplicamos un sesgo en los ejemplos. Podrían preguntar, siguiendo la misma línea, cuántas chances tiene un país como Jamaica, con menos de tres millones de habitantes, de tener tres de las cuatro personas más veloces de todos los tiempos. Una en seis millones, es cierto, pero a cuántos les apasiona recorrer antes que otros una distancia equivalente a una cuadra. O cuántos estarían dispuestos a ir a un estadio, cada fin de semana, para ver una competencia que dura diez segundos. ¿Y después qué?
Aunque puedan encontrarse ejemplos estadísticamente comparables, es un fenómeno extraordinario que Messi, Maradona, y -podemos seguir sumando- el papa Francisco y Borges, por ejemplo-, sean o hayan sido argentinos. Hay en ellos una muestra de aptitudes atípicas o desmesuradas, en las que se cifra esa capacidad argentina a nivel individual que contrasta con nuestros resultados colectivos. Aquí sí es difícil encontrar casos similares. Una nación con tantos talentos configurando, en conjunto, un desperdicio mayúsculo de oportunidades. El premio Nobel de Economía Simon Kuznets lo resumía en su tristemente célebre clasificación de países en cuatro tipos: desarrollados, no desarrollados, Japón (el desarrollado sin condiciones para el desarrollo) y la Argentina, el que tenía todas las posibilidades y las desaprovechó inexplicablemente.
¿Es una cuestión de hemisferios cerebrales? ¿De disociación sociológica? ¿Una predisposición a la poesía -deportiva, religiosa, literaria- con un déficit compensatorio en la aritmética, el cálculo y la prosa de largo aliento? Sin certezas, convivimos con el misterio.
El fin de la inflación
La cronicidad inflacionaria es una patología muy argentina que generó un hartazgo extendido, luego traducido en los resultados electorales de 2023 y de octubre pasado. El candidato libertario detectó -como suele señalar Carlos Pagni- el problema de su tiempo. La actual gestión está marcada por la tenacidad monomaníaca con que se abocó a él. Con superávit y sin emisión, en 18 o, a lo sumo, 24 meses -según repitió el Presidente en sus discursos y ya había pronosticado en su libro El fin de la inflación- debería extinguirse, caer a cero.
El miércoles se cumplieron 24 meses del inicio de la gestión libertaria que repitió como un mantra la célebre definición del economista Milton Friedman sobre la naturaleza inflacionaria. No obstante, el índice de precios no logra perforar los dos puntos porcentuales, mes tras mes. “La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”, menos en la Argentina. Somos un no lugar, la excepción inexplicable de Kuznets.
No solo la inflación no cede sino que, desde mayo, aunque sea homeopáticamente -en términos históricos-, crece. De 1,5 a 2,5% mensual. La relajación del cepo coincidió con el cambio de tendencia. En 2025 la Argentina experimentó una de las mayores corridas de su historia (36.000 millones de dólares, equivalentes a 6% de su PBI) fogoneada por la posibilidad de un resurgimiento kirchnerista. La compra de dólares ya era fuerte antes de los sorpresivos resultados electorales del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires pero se potenció a partir de ese día y no derivó en un colapso por el inédito anuncio de intervención de los Estados Unidos.
Se trata de un problema que excede a la actual gestión. El escritor Marco Denevi decía que la viveza criolla no consiste en una habilidad particular para resolver problemas sino para eludirlos. El problema es que, cada tanto, se acumulan y, en un momento impreciso, explotan. Son esos recurrentes estallidos los que conforman los contra-hitos que jalonan nuestra historia. Así como chilenos y mexicanos viven marcados por los traumas de sus sismos, nosotros procesamos -o más bien, no terminamos nunca de procesar- los nuestros. El reflejo dolarizador es uno de los síntomas de esos traumas no resueltos o un instinto de supervivencia ante la cíclica destrucción de nuestros proyectos.
Recalculando
Javier Milei tuvo que flexibilizar su razonamiento para explicarse por qué la inflación es lo que es, en cualquier lugar del mundo, excepto en nuestro país. El Presidente reconoce que esta transformación conceptual es el resultado del ejercicio de su función en estos dos años. Descubrió que la pulsión de huida del peso, ante la percepción de una crisis inminente, es más grande de lo que imaginaba. Por eso teme ceder ante la presión del mercado en su constante pedido -también advertencia- de acumulación de reservas. Teme que la emisión de pesos, para comprar esos dólares, derive en un recrudecimiento inflacionario que socave la piedra angular de su plan de gobierno. El regreso, por ahora tímido y experimental al mercado de deuda, es su apuesta alternativa. Pero, para transformarse en una opción significativa, la Argentina necesita una caída marcada del riesgo país. El Gobierno confía en lograrlo, entre otras cosas, con la instauración de su plan reformista.
Mientras el 2026 pide pista, el oficialismo acelera antes de que caiga el telón de 2025. El ministro del Interior, Diego Santilli, ha entrenado últimamente su flexibilidad muscular por la infinidad de viajes que hace a las provincias, en clase turista de Aerolíneas, para abrochar los votos que necesita el Gobierno. Por ahora -dice, sabiendo que los fenómenos en política son efímeros-, los pasajeros lo saludan como si fuera George Clooney, pero no se sabe si por la luna de miel de la gestión o por ese personaje -el de Amor sin escalas- que batía el récord de millas aéreas.
Actúan los profesionales de la casta recientemente bautizados en la iglesia libertaria y, paralelamente, los recién llegados al Palacio del Congreso -muchos de los cuales fueron reprendidos por los excesos del debut- hacen un curso acelerado de realpolitik. La semana que viene deben abocarse a transformar los votos de al menos 129 diputados en la media sanción del Presupuesto. El problema es el Senado. Falta mucho por negociar y sobran excusas -desde aerocomerciales a imprevistos naturales de fin de año- para que los votos no aparezcan antes del brindis del 31.
La atención en los pasillos legislativos se concentra hoy más en la reforma laboral. Los gremios tiemblan ante un artículo que pone en riesgo las cuotas sindicales. Algunos especulan con que se trata de la disposición sacrificable para abrir el camino a una sanción a inicios de marzo.
Se habla menos públicamente, aunque para el oficialismo son fichas clave de su juego, de la ley de inocencia fiscal -que busca atraer los dólares del colchón- y de la reforma de la ley de glaciares -para impulsar las promocionadas inversiones mineras-. En el terreno penal, después de cuestionamientos a disposiciones que implicarían involuciones inconstitucionales, el oficialismo habría revisado excesos del proyecto original para el código reformado.
El país de los monólogos paralelos
En la noche del jueves pasado, en la tradicional comida de Adepa, se recordó a Carmelo Angulo Barturen. El diplomático español representó a Naciones Unidas en la conducción del “Diálogo argentino”, un programa que convocó a los principales referentes institucionales en enero de 2002, durante la mayor crisis de nuestra historia. “Lo que me sorprendió -confesaría Barturen- es que los invitados al ‘Diálogo’ venían, exponían y se iban. No se escuchaban. Nunca vi una cosa así”.
Quien recordaba la anécdota desde un atril era el experimentado periodista Guillermo Ignacio. Lo escuchaba una audiencia que, en su diversidad y representatividad, reflejaba la actual vida pública argentina. Con sus contrastes, luces y sombras. Hasta entonces, la mayoría revisaba sus celulares o monologaba con interlocutores que hacían a su vez lo mismo. La anécdota sonó a interpelación, hubo silencio y escucha. Finalizado el discurso, se generaron conversaciones en las distintas mesas. Como si recuperaran una lengua muerta.














