Cada vez que aparece información del Índice de Precios al Consumidor se levantan las mismas quejas. Así ocurrió el jueves, cuando el Indec informó que la variación del IPC correspondiente a noviembre fue de 2,5 por ciento mensual. Cuánto olvido.

Primero, lo básico. La inflación es el alza sostenida y generalizada de los precios. Por lo tanto, si se dice que baja no significa que los precios disminuyan sino que se incrementan a menor ritmo. Pareciera, con la cifra reciente, que eso no ocurre, pero entra entonces una segunda aclaración. “Alza sostenida” significa mucho tiempo. Estrictamente no debería hablarse de inflación mensual, siendo más certero fijarse en los cambios anuales. Allí sí se advierte una tendencia a la baja aunque debe tenerse prudencia. Enero 2025 contra enero 2024 mostró una variación de 84,5 por ciento; la interanual de febrero 66,9, marzo 55,9 y así de manera consistente hasta el 31,4 por ciento de noviembre. Sin embargo, en agosto había sido 33,6, septiembre 31,8 y octubre 31,3. Tal meseta no es rara, pero desaconseja la euforia.

Tercero, se muestran promedios. Uno o dos datos aislados (los que usualmente sacan a relucir quienes en la calle critican al gobierno) no desmienten el total. Puede pensarse en diez alumnos que rinden y el promedio de sus calificaciones resulta de 1,9 puntos. No significa que todos sean malos, es posible que uno de ellos haya logrado diez y el resto un punto cada uno. Cuando se quiere un resumen del grupo no se puede dar una lista exhaustiva; imagínese si cada mes hubiera que publicar los millones de precios de todo el país. Claro, el promedio solo no alcanza cuando se intenta observar un grupo heterogéneo y por eso el Indec también informa por sectores y por rubros para que haya una idea de la dispersión. Por ejemplo, de las doce divisiones del IPC, Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles subió 3,4 por ciento mensual mientras que Prendas de vestir y calzado 0,5 por ciento.

Ahora, supóngase que uno de los alumnos aplazados se queja por la nota, el examen es revisado y resulta que en vez de uno merecía diez; simplemente, cuando se cargaron las calificaciones en el sistema el encargado, tras varios unos seguidos, marcó otro más y se salteó el cero. Con ese cambio el promedio pasa de 1,9 a 2,8: dos con diez, ocho con uno. Pero cómo, reclamará alguien: un alumno multiplicó su nota por diez, una suba del 900 por ciento, el promedio no pudo haber crecido sólo 47,37 por ciento. Y sí pudo, porque es un solo alumno en diez. A su nota le agregaron nueve puntos pero por su peso (diez por ciento) el promedio subió 0,9 puntos. A mayor peso mayor influencia, a menor peso menor influencia. Lo mismo pasa con el IPC. Quejarse de que la variación del precio del asado ni se acerca a la del IPC es no considerar que se está viendo un corte dentro de un sector dentro de una división. Importante, pero no significativo numéricamente.

Como fuere, ¿qué pasó con el IPC de noviembre que parece abandonar el camino de desaceleración? Varias cosas, cuyo significado real será ampliado enseguida. Por caso, la continuidad de los efectos de la suba de la cotización del dólar antes de las elecciones de octubre. Una vez más, nada es instantáneo aunque los contextos incluyendo los hechos recientes pueden acelerar o demorar los procesos. Vale para la divisa: hubo varios sorprendidos de que el alza de su precio no se hubiera trasladado (passthrough) a los IPC de septiembre y octubre. Sin embargo, sólo había que esperar. El dólar no impacta en todos por igual ni al mismo tiempo y su traspaso a precios depende del peso del mismo en la estructura productiva así como de la receptividad de la demanda.

Otro elemento clave fueron las tarifas de los servicios públicos. Así como su adecuación a costos venía lenta para mostrar rápidamente baja en la inflación, directamente se frenó durante la campaña electoral y ahora se retomó el proceso. Parecido para los combustibles, que en 2024 aumentaron un cien por cien mientras la inflación fue 118 por ciento; ahora están recuperando atraso.

Un último punto antes de ir al fondo. Cristina Fernández criticó al gobierno diciendo que en 2015 la inflación era menor. “Olvidó” que en ese año no había datos de inflación: desde 2007 el Indec mentía. Las mediciones alternativas, por oficinas provinciales de estadísticas y por consultoras, daban números mucho mayores que los oficiales.

¿Y cuál es el origen de la inflación? Puesto de manera práctica, la emisión de dinero a un ritmo superior al crecimiento de la oferta de bienes. Si hay más demanda por bienes pero no hay suficientes para atenderla aparece la presión sobre los precios. Todo país que enfrentó el fenómeno reconociendo la realidad de esa relación tuvo éxito. Pero, reiteración de advertencia, nada es instantáneo. Pareciera que en Argentina el efecto pleno de la emisión sobre los precios se agota en dos años. Al menos el Banco Central dejó de emitir para atender al gobierno porque éste tiene superávit. Pero hay otras causas de emisión, como la compra de dólares por el BCRA o el crédito. Cómo funciona es otra historia. Por lo pronto, cuando la inflación es baja aparecen como importantes variables que impactan en el IPC pero no generan inflación. Si el promedio de precios crece 300 por ciento anual (12,25 por ciento mensual) que el de la nafta aumente seis por ciento casi no se nota. Cuando la inflación es de 30 por ciento anual, sí. Y lleva a confundir variables circunstanciales con causas.

Si se quiere reactivar la economía debe haber superávit fiscal. Así, el gobierno no tomará crédito que podría ir al sector privado y no habrá inflación, que encarece los préstamos mientras aumenta la incertidumbre y ahuyenta la inversión.

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