La hija de Stalin que eligió la libertad

La hija de Stalin que eligió la libertad
Hace 20 Hs

Juan L. Marcotullio

marcotulliojuan@gmail.com

En un tiempo en que ideas colectivistas del siglo pasado reaparecen recicladas como soluciones novedosas, y donde el Estado vuelve a presentarse como garante exclusivo de la justicia y la igualdad, la historia de Svetlana Alilúyeva recupera una vigencia inesperada. No como anécdota histórica, sino como advertencia moral. Su vida demuestra que detrás de toda promesa de redención colectiva que sacrifica al individuo, suele esconderse una maquinaria de control, miedo y silencios.

Svetlana Iósifovna Stálina nació en 1926 en el corazón del Kremlin. Fue la hija de Iósif Stalin, uno de los máximos responsables del terror político del siglo XX. Stalin tuvo tres hijos: dos varones y una mujer. Svetlana fue la única hija y, con el tiempo, se transformó en la refutación más íntima y contundente del sistema que su padre había construido. Mientras millones padecían purgas, deportaciones y campos de trabajo, ella creció rodeada de privilegios materiales, pero también de una atmósfera de vigilancia permanente y miedo normalizado.

La muerte de su madre, Nadezhda Allilúyeva, un suicidio ocultado por el régimen, marcó su infancia y fue una de las primeras grietas en el relato oficial del poder. Aquella tragedia le reveló que el totalitarismo no se limita a oprimir a la sociedad, sino que invade incluso la intimidad familiar. El Estado absoluto no deja espacios a salvo.

Adhesión total

Intelectualmente inquieta y lectora voraz, Svetlana pronto percibió que el sistema soviético exigía una adhesión total, no solo política, sino moral. Sus relaciones afectivas fueron controladas, sus decisiones personales intervenidas y su identidad reducida a un apellido que funcionaba como una marca indeleble. Nunca negó su vínculo afectivo con su padre, pero se negó a justificar su legado histórico y el terror que había impuesto como forma de gobierno.

El quiebre definitivo llegó en 1967. Durante un viaje a la India, Svetlana tomó una decisión que conmocionó al mundo: pidió asilo político en la embajada de Estados Unidos. No fue una maniobra oportunista ni un gesto teatral, sino una elección ética. Prefirió la incertidumbre de la libertad a la seguridad de la obediencia. Renunció al apellido Stalin y adoptó el de su madre, Alilúyeva, en un intento de recuperar su condición de individuo.

Ya en Occidente, muchos ignoraban inicialmente quién era realmente esa mujer que escribía y reflexionaba sobre el totalitarismo. Cuando se supo que era la hija de Stalin, su voz adquirió un peso singular. No hablaba desde la teoría ni desde el resentimiento, sino desde la experiencia directa del poder absoluto. En sus memorias, especialmente Veinte cartas a un amigo, denunció con lucidez cómo una ideología que promete justicia social puede terminar anulando la libertad cuando se convierte en dogma de Estado.

Svetlana defendió, sin estridencias, valores profundamente liberales: la primacía de la conciencia individual, el derecho a disentir y la dignidad de la persona frente al poder. También en el plano espiritual buscó reconstruir lo que el totalitarismo había negado. Se acercó primero al cristianismo ortodoxo y luego al catolicismo, en una búsqueda de sentido, responsabilidad moral y reconciliación interior.

Svetlana Aleliúeva murió en Estados Unidos el 22 de noviembre de 2011. Su vida fue errante y compleja, pero dejó una enseñanza clara. Tal vez una de las derrotas más profundas del colectivismo totalitario haya sido esta: no logró retener ni siquiera la conciencia de la hija del hombre que lo encarnó. Cuando ideas fracasadas vuelven a presentarse como soluciones modernas, la historia de Svetlana recuerda que ninguna causa justifica el aplastamiento del individuo. La libertad no es un lujo ni una concesión del poder: es una responsabilidad personal. Y a veces, el acto más revolucionario no es conquistar el Estado, sino atreverse a decirle que no.

Nació un 28 de febrero de 1926, hace tan solo 100 años.

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