La urgencia de una alfabetización sexual real

Mientras el acceso a la pornografía se adelanta a la niñez, queda expuesto el vacío que deja la falta de Educación Sexual Integral frente al avance del mercado digital.

En los pasillos de las escuelas y colegios del nivel secundario, donde los adultos suelen ver sólo uniformes y bullicio, transcurre una realidad paralela que en general se ignora. Es una realidad moldeada por algoritmos, pantallas y un acceso ilimitado a contenidos que están redefiniendo la psiquis de las nuevas generaciones. Como bien se relata en crónicas publicadas en LA GACETA, la joven cordobesa Paz María Juárez advirtió este fenómeno con la claridad que otorga la cercanía generacional: el consumo de pornografía y los malestares de salud mental no son excepciones, sino el clima silencioso en el que crecen los adolescentes de hoy. Ante ello, la joven motorizó un proyecto, “Altavoz”, que nació de su experiencia de llevar charlas a escuelas sobre la mencionada adicción.

El diagnóstico de Juárez es contundente y se apoya en una verdad incómoda: la pornografía ha desplazado a la educación formal y familiar. Cuando una joven de 16 años detecta que sus compañeros acceden a estos contenidos desde los seis o siete años, estamos ante una falla sistémica de protección. Esta “normalización silenciosa” no sólo genera culpa y angustia, sino que deja a los jóvenes huérfanos de herramientas para procesar lo que ven.

Desde la perspectiva clínica, el doctor Juan Zelaya Conti, director de Abordaje Integral de las Adicciones del Ministerio de Salud de Tucumán, valida esta preocupación con una advertencia técnica: el inicio sexual hoy no ocurre en el encuentro con el otro, sino en el consumo de imágenes. Según Zelaya Conti, este acceso temprano construye una idea distorsionada y peligrosa de la sexualidad, en la que el sexo deja de ser comunicación para convertirse en un producto de consumo inmediato, carente de vínculos, tiempos o consentimiento.

Lo que enfrentamos es lo que el especialista define como “consumos problemáticos en entornos digitales”. El mecanismo es similar al de cualquier adicción: un circuito de recompensa que busca placer instantáneo sin compromiso. El aislamiento que muchos padres interpretan como “timidez” puede esconder una exposición a contenidos que deforman la percepción del propio cuerpo y de las relaciones humanas. La evidencia académica refuerza este panorama, revelando que los varones usan el porno como fuente de aprendizaje bajo lógicas de control, mientras las mujeres enfrentan presiones por cumplir estereotipos físicos irreales.

La conclusión es ineludible: no podemos seguir llegando tarde a una conversación que ya empezó en la pantalla. Aquí asume un protagonismo central la Ley 26.150, que instituyó en 2006 la Educación Sexual Integral (ESI). Aunque la norma es un hito que reconoce a los jóvenes como sujetos de derecho, su aplicación sigue siendo desigual. Mientras en el territorio nacional una cierta cantidad de escuelas y colegios la tienen instalada, en otras persisten resistencias y vacíos de formación que dejan el campo libre al mercado digital.

El desafío no es simplemente prohibir el acceso a la tecnología, sino disputar el sentido de la educación en el siglo XXI. La historia de Paz María Juárez demuestra que los jóvenes no son meros receptores pasivos, sino sujetos que demandan espacios de diálogo genuinos para desmantelar la ficción del porno y la frialdad del algoritmo. Como sociedad, y bajo el amparo de la Ley 26.150, debemos garantizar que la ESI sea la brújula que oriente este naufragio digital. Sólo recuperando el valor del vínculo humano, el respeto por el tiempo del otro y la empatía, podremos ofrecer a las nuevas generaciones un refugio frente a la gratificación instantánea. Es tiempo de sentarnos a la mesa y entablar una conversación que ayude a sanar a través del encuentro y la palabra.

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