“Tiempo de Flores”: el emprendimiento que une naturaleza, biodiversidad y la experiencia de vivir el proceso floral desde adentro
Entre el dique La Angostura y el cerro Ñuñorco, sobre la ruta 307 kilómetro 56, un terreno que hasta hace pocos años era apenas un lote sin mayor intervención hoy se transformó en un mosaico de canteros definidos, colores intensos y movimiento constante de insectos y aves. Mariposas, picaflores y abejas revolotean constantemente en un lugar rebosante de vida, y que año a año cobija más turistas y aficionados. Allí, Eugenia Remis decidió dejar de depender exclusivamente de las flores que llegaban en avión y empezar a producir en el valle aquello con lo que trabajó durante dos décadas como florista. Así fue que creó “Tiempo de Flores”, un lugar donde encontrarse con la belleza de la naturaleza.
“Trabajo hace 20 años con flores, pero no me animaba ni a sembrar ni a plantar nada. Yo compro las flores en el mercado, en Buenos Aires, me llegan por avión”, recordó. La experiencia de los tulipanes que vivió en su viaje a Trevelin, Chubut, fue el punto de inflexión. “¿Cómo puede ser que en Tafí no haya algo que atraiga color?”, se preguntó entonces. La respuesta fue empezar de a poco, aprender, probar y aceptar errores en un clima exigente.
SUEÑO. Remis apuesta a recuperar especies tradicionales del paisaje.
El jardín está organizado por especies. Cada flor tiene su propio cantero, delimitado con criterio casi didáctico. Las dalias ocupan un sector amplio y ordenado; crecen desde tubérculos, las llamadas “papas”, que, según explicó, pueden multiplicarse de manera exponencial de una temporada a otra. Las zinnias, también llamadas tradicionalmente “chinitas”, se agrupan en otro espacio donde predominan los tonos rosados y fucsias. Las celosías, traídas desde Jujuy, aportan textura y movimiento con sus formas onduladas. Más allá, un cantero exclusivo de amapolas despliega pétalos que parecen de papel, con un contraste llamativo: un centro oscuro que ella misma describió como si alguien las hubiera “pintado” de negro.
El verde no es protagonista por intención estética, pero domina el paisaje por cantidad. Tallos firmes, hojas carnosas y follaje espeso sostienen el resto de la paleta. Sobre esa base natural emergen el rosa, el amarillo intenso, el violeta y los rojos encendidos. Incluso el statis y las caléndulas, que brotaron a partir de un sobre de semillas surtidas traído por una amiga de Eugenia desde París, aportan variaciones cromáticas que rompen la monotonía.
El único caso que rompe la lógica de un cantero por especie es el de los girasoles. Tienen dos sectores propios. Allí, Remis busca desmontar una idea extendida. “La gente cree que existe solo el girasol amarillo y hay una variedad enorme”, explicó. En uno de los canteros predominan los tonos tradicionales, pero también aparecen versiones más oscuras, con matices bordó. En el otro, asoma una variedad casi “blanquita”, como ella la definió, que sorprende a quienes esperan el clásico amarillo intenso. Esa diversidad responde a distintas semillas adquiridas en Córdoba y a la experimentación constante.
AUTOCORTE. El turista puede elegir las flores, cortarlas y llevárselas.
Era un terreno vacío
La disposición del espacio no es solo ornamental; es funcional al ecosistema. “Hemos logrado que haya mariposas, abejas, picaflores; en toda esta zona que no había nada. La señora que me alquila el lugar no lo puede creer; antes aquí todo era un terreno vacío”, sostuvo. Los girasoles concentran abejas; las zinnias convocan mariposas; las salvias atraen picaflores. El jardín se convirtió en un punto de polinización activo, donde el color no es solo atractivo visual sino herramienta biológica.
Uno de los objetivos más insistentes de Remis es recuperar flores que formaban parte del paisaje tafinista y que desaparecieron. El cosmos es el ejemplo más claro. “Antes todos los campos estaban llenos de cosmos. Eso se ha perdido”, lamentó. Cree que los animales sueltos y el uso de bordeadoras impiden que la planta vuelva a reproducirse con naturalidad. Al reinstalarla en su jardín, intenta devolverle presencia y, al mismo tiempo, estimular a los vecinos a incorporarla en sus propios patios. “Cuando eso pase, Tafí volverá a ser tan verde y radiante como antes”, sentenció.
Las semillas que nutren el lugar tienen trayectorias diversas. Algunas llegaron desde Jujuy; otras desde Córdoba; otras cruzaron el océano en un sobre pequeño enviado desde París. Personas cercanas también le acercan semillas como gesto de afecto, ampliando la colección y la experimentación temporada tras temporada.
El calendario productivo está condicionado por el clima del valle. La siembra comienza hacia fines de octubre. En diciembre el jardín alcanza su primer pico de color y la abundancia se extiende hasta mayo. Después, el frío impone una pausa obligada. “En invierno acá no hay nada”, explicó. El proyecto exige planificación y aceptar que hay meses improductivos. “Si se pudiera hacer un vivero cerrado, aparte del que ya tenemos, para poder mantener las flores todo el año, en dos o tres años este lugar sería completamente distinto”, reflexionó.
Además del cultivo, Remis dirige una Escuela de Flores en Yerba Buena. Insiste en que sus alumnas conozcan el origen de las flores con las que trabajan. Como cierre de ciclo organiza un viaje al Mercado de Flores en Buenos Aires y a Trevelin, al que define como un “viaje de egresados”.
El jardín no funciona bajo una lógica excluyente. No hay entrada obligatoria ni consumo forzado. El ingreso económico proviene de la venta de ramos y de trabajos de jardinería. La experiencia del auto-corte es parte central de la propuesta. “Que vengan a cortar las flores ellos y llevarse su ramito”, invitó. Pero también es posible simplemente recorrer, observar, sentarse y contemplar. Insistiendo en la lógica del auto-corte, Eugenia se muestra dispuesta a compartir experiencias.
El proyecto de Eugenia no se limita a la producción ornamental ni a una propuesta estética pensada para el visitante ocasional. Hay, en su iniciativa, una búsqueda más profunda: reinstalar el hábito de sembrar, de observar los ciclos y de entender que la flor no es un objeto decorativo sino el resultado de tiempo, paciencia y cuidado.
VARIEDADES. En “Tiempo de Flores” hay muchos colores y aromas.



















