AL ALCANCE DEL TELÉFONO. Los celulares han facilitado de modo dramático el acceso a la pornografía. Archivo
Le dicen “la nueva droga". Pero no es nueva; en realidad, la pornografía es bastante vieja. Nació en los albores del siglo XX, casi junto con el cine (podríamos hablar también de representaciones artísticas anteriores, pero es tema para otro texto). Lo novedoso hoy es el modo en que se distribuye, la forma despiadada en la que los algoritmos y la inteligencia artificial la acercan a nosotros (aunque no la hayamos buscado). El hecho de que podamos cargar un cine porno infinito en el bolsillo es insólito, pero real. Y muy peligroso. Especialmente si quienes acceden a esas imágenes son chicos y adolescentes a través de sus teléfonos. Es decir, nuestros hijos y nuestras hijas con los celulares que nosotros les compramos. El bombardeo de imágenes triple X posee la capacidad de invadir todos los resquicios de la vida de quien las consume. Sea un adulto, un joven o un chico. Y es atroz: destruye vínculos, anula el deseo por el otro, contamina relaciones, devasta la autoestima, estimula la violencia y potencia la desconexión emocional con el prójimo hasta límites inimaginables. La clave para desactivarla puede estar en entender cómo opera en el cerebro. Y eso es lo que vamos a intentar en estas líneas.
Antes -en las década del 80 y del 90, por poner un ejemplo temporal- para ver una película porno había que ir a un videoclub y alquilar el VHS. O comprar una revista en un quiosco. También existían cines, donde la sordidez podía alcanzar confines insospechados. En todos estos casos era necesario “poner la cara”. Y eso constituía una barrera de entrada bastante alta al consumo de este tipo de contenidos. La universalización del acceso a internet, las redes sociales, WhatsApp, los algoritmos y el anonimato han transformado el escenario de manera radical: todo está al alcance del teléfono. Y sin que nadie se entere qué es lo que miramos.
Ya en los primeros años de este siglo, con la generalización del acceso a internet, se empezaba a hablar del peligro de la pornografía. En 2013, el israelí Ran Gavrieli, activista y académico especializado en salud y educación sexual, protagonizó una charla TEDx titulada “Por qué dejé de ver porno”. Allí dijo que -entre otros motivos- lo abandonó porque comenzó a notar que generaba ira y violencia en sus fantasías privadas, algo que no formaba parte de su personalidad real. La charla está disponible en YouTube y acumula más de 20 millones de reproducciones. Vale la pena buscarla.
El camino a la adicción
Aunque ha pasado poco más de una década desde el video de Gavrieli, el mundo se ha transformado de manera radical. Y los peligros y los desafíos que enfrentamos, también. La médica y escritora española Marian Rojas Estapé -a quien ya hemos recurrido en este espacio en otras oportunidades- ha abordado el tema con una lucidez particular. Ella se enfoca en los mecanismos que dispara la pronografía en el cerebro para generar una dependencia. Es decir, una adicción. Estas son sus principales conclusiones:
1- Exceso de dopamina: la pornografía libera grandes cantidades de dopamina, que es la hormona del placer. De ese modo, “hackea” el cerebro y crea fuertes conexiones neuronales que convierten el consumo en un hábito difícil de romper.
2- El desarrollo de la tolerancia y el sufrimiento: como ocurre con otras adicciones, el cerebro busca el equilibrio. Ante el exceso de dopamina, el organismo genera sensaciones de dolor o malestar. Esto causa tolerancia: para sentir lo mismo que antes, necesitamos contenido más fuerte. Finalmente, se deja de consumir por placer y se lo empieza a hacer para aliviar el malestar y la irritabilidad.
3- Daño en la corteza prefrontal del cerebro: el consumo excesivo afecta la zona encargada de la atención, de la concentración, del control de los impulsos y de la voluntad. Esto reduce la capacidad de empatizar con los demás y dificulta la conexión emocional con otras personas.
4- Manipulación mediante algoritmos: existe una estrategia deliberada de la industria para captar niños cada vez más chicos (incluso por debajo de los 11 años). Hoy, muchos de ellos tienen su primer contacto con la pornografía entre los 6 y los 12 años, generalmente a través de WhatsApp o de las redes sociales y sin haberlo buscado activamente. No es necesario que ingresen a un sitio porno de modo intencional: les puede llegar un video que les reenvia un amigo. O, mientras miran shorts en YouTube, por ejemplo, o videos en TikTok, quedan expuestos a contenidos altamente sexualizados. Y los padres ni nos enteramos.
5- Distorsión de la realidad sexual: la pornografía muestra una sexualidad falsa. Esto educa erróneamente a los jóvenes, quienes luego intentan replicar estas conductas mecánicas y a veces agresivas en la vida real. Además, genera expectativas sobre los cuerpos que derivan en inseguridades y en frustraciones.
6- Vínculo con la violencia: debido a la tolerancia que causa el consumo habitual, el usuario busca estímulos más fuertes, lo que lleva a consumir, en muchos casos, material violento. Un alto porcentaje (cerca del 80%) del contenido sexual contiene agresiones. Esto deriva en una normalización de la violencia en las relaciones.
A UN CLIK. Gracias a internet, la pornografía está al alcance de casi todos. Archivo
7- Impacto en la pareja: el porno diluye el deseo hacia el otro. Al acostumbrar al cerebro a niveles de excitación artificialmente altos, la relación sexual real parece aburrida o insuficiente. Esto está provocando -según la médica española- un aumento drástico de la disfunción eréctil en jóvenes.
8- Vía de escape: frecuentemente las personas recurren a la pornografía como un modo de gestionar la soledad, el aburrimiento, el estrés o la tristeza. Al igual que la comida chatarra, por ejemplo, se convierte en un mecanismo rápido para calmar el malestar emocional e impide que la persona aprenda a gestionar sus sentimientos.
Hay esperanza
A pesar del panorama desolador, existen buenas noticias: es posible superar esta adicción. Hay que saber cómo. Rojas Estapé afirma que la clave está en ofrecerle al cerebro alicientes que estimulen la generación de dopamina de un modo sano:
- El deporte: es una fuente natural de bienestar.
- La música: activa los circuitos de placer.
- Cualquier tarea que nos haga perder la noción del tiempo (la lectura, algún hobbie) ayuda a que el cerebro deje de depender de la estimulación artificial.
- Ocupar el tiempo: es fundamental llenarlo con actividades, porque el aburrimiento, la soledad y las tensiones son los mayores aliados de la pornografía.
En un artículo publicado el año pasado en LA GACETA Literaria, Jaime Nubiola, profesor emérito de Filosofía en la Universidad de Navarra, hace una comparación interesante: sugiere que los contenidos triple X actúan como “el soma”, la droga “eufórica, narcótica y agradablemente alucinante” que mantenía a los ciudadanos al servicio del poder en la novela “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley. Tal vez, los algoritmos del porno hayan logrado lo impensable: transformar aquel escenario distópico de la literatura en realidad.















