Pasar la noche en las veredas de los hospitales públicos de Tucumán: desde afuera también se sufre
Familiares de pacientes internados cuentan por qué eligen –o se ven obligados– a pasar la noche en las veredas de los hospitales públicos de Tucumán. Turnos, miedos, gastos y la necesidad de estar cerca por si los llaman. Relatos en primera persona
“La gente pasa y mira, yo no siento nada, miedo no tengo, miedo es robar, así que no me importa mucho lo que piensan”, dice Juan Cristóbal Vizcarra, de 67 años. Hace cinco días duerme en una silla plegable frente al hospital Centro de Salud Dr. Zenón J. Santillán. Llegó desde Gobernador Piedrabuena, Burruyacu, cuando internaron a su esposa por una descompensación diabética.
Trajo su termo, una colcha, un bolso y se instaló en la vereda. “Todavía no me dijeron cuánto tiempo estará internada”, cuenta. Como él, muchos familiares pasan las noches afuera: duermen poco, sentados contra una pared o bajo un tinglado, atentos a cualquier movimiento, a escuchar su apellido, a que los llamen desde adentro. La escena se repite: cambian las calles y los hospitales, pero no la rutina. ¿Por qué se quedan? Las respuestas aparecen en sus propias palabras.
Turnarse para resistir
Vizcarra no está solo. Se organiza con sus hijos para cuidar a María Josefa Maldiva, de 68 años. “Tengo seis hijos, entre ellos uno discapacitado, nos turnamos para hacer guardia”, explica. Jubilado, calcula cada gasto. “Para comer, algunas veces compro algo, pero esta zona es muy cara. Si no, estoy a mate. Un colectivo hasta mi casa sale $5.000 y son dos horas de viaje. Es todo un gasto ir y volver, por eso me quedo”. Se instaló frente a la guardia, sobre calle Santa Fe. Durante la noche, dice que el movimiento no se detiene. “Cuando vienen los piperos, los de seguridad los sacan rápido. Por suerte nadie quiso sacarme nada”. Si llueve, los dejan entrar y para dormir, improvisa: “Podemos pasar al baño. Tengo colchas guardadas, un toallón que uso como almohada y me doy maña con la silla”. La economía familiar también entra en juego. “Nosotros tenemos animales y vendemos eso, de ahí sacamos unos pesos para salvar el día y el que viene, trae algo para comer o tomar”.
A pocos metros, Miguel Ángel Páez, Delia Páez y María Celeste Vicente esperan noticias. “Tengo a mi suegra internada. Hace más de 10 horas que estamos afuera. La trajimos por una infección en el pie por un tema de diabetes, está esperando una cama”, cuenta María Celeste. Antes de llegar recorrieron varios hospitales. “Fuimos al Padilla, al Avellaneda y nos derivaron para aquí. Siempre nos pasa lo mismo”, lamenta Delia.
En la guardia, la espera se multiplica. “Hay gente sentada en sillas y camillas desde ayer”, señala María Celeste. La noche fue difícil. “Ves gente extraña. Tuvimos que ir al frente, a un tinglado de un bar para dormir. Recién a las cuatro de la mañana nos dejaron entrar”, recuerda Miguel. Armarse un lugar es indispensable. “Tenemos mate, camperas, traje una alfombra de mi hija que está acolchada”, cuenta Celeste. La falta de información pesa. “No nos queremos ir porque no sabemos qué pasa, preferimos esperar hasta estar seguros que pueda haber una cama”, cuenta Delia.
Sobre la entrada de calle Avellaneda, Gabriel González, de 20 años, también pasa las noches preocupado. Su tío lleva un mes internado por problemas pulmonares. “Entre mi cuñado y yo nos turnamos. La verdad es que no duermo, me quedo sentado esperando”, dice. Viene desde Yerba Buena y se queda, sobre todo, por una razón: “Más que nada por la economía, para no gastar tanto”. Le prestaron una silla. “Tengo un bolso con ropa, una campera y una colcha. Con eso estoy bien”. Mientras espera, observa a otros en la misma situación. “Vi mucha gente grande que busca un lugar para poder pasar la noche”, dice. Y resume: “Nos quedamos porque no queda otra”.
Larga espera
En la vereda del hospital Ángel Cruz Padilla, sobre calle Lavalle, Mercedes del Carmen Belice pasa su cumpleaños número 54 esperando noticias de su hijo. Bajo un tinglado, con un colchón guardado en una bolsa, armó su refugio.
Jorge, de 34 años, está internado por una neumonía bilateral. Hace dos años y medio sufrió meningitis y quedó con graves secuelas. “Mi casa se convirtió en un hospital y yo en enfermera”, comenta. Confirmado el diagnóstico, pasó cuatro meses internado. Mercedes estuvo todo ese tiempo afuera. Hoy, Jorge no habla, no ve ni camina. Respira por una tráquea y se alimenta por botón gástrico. “Es increíble cómo entró y cómo salió”, dice.
Vive en Yerba Buena y se mueve en colectivo. “Me quedo porque capaz que piden algo y no llego. Si me voy, no descanso”, explica. Cuando el bar del frente cierra, acomoda su colchón bajo el techo. A la noche, el dolor se multiplica. “Aquí se conocen muchas historias. No quiero mirar, pero siento. No miro, pero escucho, es inevitable”. Trabaja como empleada doméstica, sus hijas y sobrinas se turnan para que nunca Jorge quede solo. Su deseo de cumpleaños es simple: “Estamos vivos. Con eso ya soy rica”.
A pocos metros, María Teresa Monteros también espera. Su pareja, de 54 años, sufrió un ACV hemorrágico y está internado en terapia intensiva. “La mente y el corazón están acá. Es muy difícil estar lejos”, expresa.
Desde que llegó duerme poco y casi no come. Se organiza con las hijas y los hermanos de su pareja. Llevan reposeras, conservadora, agua, comida. Duermen bajo el tinglado o en la galería cuando llueve. “Nos turnamos. Tenemos un grupo de WhatsApp”, cuenta Rocío, una de las hijas. Belén, otra de las hijas de su pareja agrega: “Queremos que pase ella a recibir los partes médicos, porque vive con él y conoce su enfermedad”. Las noches se hacen eternas. “Se ven muchas cosas. Gente con adicciones, familias que pierden a alguien”, dice Teresa. A pesar del cansancio, no duda. “Me quedo porque lo amo. Es una forma de acompañar y devolver lo que él hizo por mí”.
Lejos de casa
En el Hospital del Niño Jesús, la escena se repite con otros rostros y otras edades. Afuera, sobre calle José Rondeau, las familias vuelven a armar su vida con mantas, sillones y termos.
Luisana Giménez llegó desde Santiago del Estero hace dos semanas. Su sobrina, Olivia, de 11 meses, fue operada de los intestinos y permanece en terapia intermedia. “Nos turnamos con mi hermana. No tenemos otro lugar para quedarnos” cuenta. Trajo un sillón, una manta y un bolso con ropa. “Todos los que conocí aquí en la vereda se portaron muy bien”, dice. A veces pasa horas sin comer. “Al mediodía tomo mate y a la noche comemos juntas”. El esfuerzo vale la pena: “La atención es muy buena, nada que ver con lo de allá. Las enfermeras y los médicos son muy atentos”.
Luisana entra cinco minutos antes de su turno a las ocho de la noche. Se baña, se cambia y se queda con la bebé. Después, su hermana ocupa su lugar afuera y entra a las ocho de la mañana. Así, todos los días. “La noche es tranquila. Nos dejan ingresar cuando llueve y también al baño. Hay cuidadores, pero siempre hay que estar atentos”.
A la par de Giménez se encuentra Mariana Mansilla que también llegó desde Santiago capital y está acompañando a su hija y a su nieta, Zeynep, de siete años, operada del corazón. No es la primera vez: ya había sido intervenida cuando tenía 11 meses. “La patología de ella es Tetralogía de Fallot, una cardiopatía congénita cianótica frecuente, presente al nacer. Ahora le pusieron una prótesis”, cuenta. Su hija permanece internada con la nena en terapia intermedia. “Acá no conocemos a nadie. No queda otra que quedarse afuera. Tratamos de gastar lo menos posible”, dice. Llegó equipada: silla, mate, mantas, bolso. “Nos cuidamos entre todos”, explica.
La vida quedó en pausa. “Dejé de trabajar porque vamos y volvemos todo el tiempo”, cuenta. Para sostenerse, hacen ventas y juntan dinero como pueden. No se va, aunque podría. “No quiero estar lejos de mi hija. Desde bebé buscamos lo mejor para ella”. Habla con tranquilidad, pero sin ocultar el desgaste. “Uno se acostumbra. Trata de dormir, de aguantar”, dice.
























