No era tan compleja la logística. Un helicóptero aguardándolo en el aeropuerto. El vuelo hacia el sur de la provincia, amparado por óptimas condiciones climáticas. Sólo un puñado de minutos, suficientes para recorrer un poco la zona. Una palabra de aliento y de contención para los inundados. El regreso, y de allí al Foro Económico del NOA para cumplir con los compromisos y con el protocolo. ¿Tanto le costaba al Presidente de la Nación visitar La Madrid?
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Este es el punto en el que se desata la indignación de la grieta. Porque si Cristina bailaba en la Plaza de Mayo cuando Tucumán se incendiaba, ¿por qué criticar el desapego de Javier Milei con el drama de la gente tapada por el agua? Es el criterio de la justificación para los propios y de la condena para los ajenos, una rémora de nunca acabar. Estuvo mal Cristina aquella vez y estuvo mal Milei el jueves, como estuvieron mal infinidad de mandatarios que se abstuvieron de poner el cuerpo cuando, justamente, su obligación es “bajar” el capital simbólico que encarnan, ponerse al lado de los que sufren y -sobre todo- resolver los problemas.
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La oportuna cancelación del “tour de la gratitud” y el baño de masas en Yerba Buena abría un resquicio importante en la agenda presidencial. Quedaba servida la oportunidad de proponerle a Milei una actividad con ganancia neta, ideal para robustecer su imagen en un momento delicado a causa del amargo cóctel $Libra-Adorni que se ve obligado a tragar el Gobierno. ¿Hay algo más poderoso que esa foto, en el corazón de una tragedia humanitaria? Está claro que ni por la cabeza del Presidente ni por la de sus asesores corrió la idea, lo que no es una novedad. Tampoco había viajado a la Patagonia en plena crisis por los incendios. No es su estilo.
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La Nación envió a La Madrid y alrededores camiones cargados con mercadería que había sido decomisada. No llegó a bordo la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, seguramente absorbida por otras preocupaciones. Para la tucumanidad será un consuelo de tontos aceptar que el mal de muchos es una regla inquebrantable, pero no deja de ser así: no sólo Dios atiende en Buenos Aires, sus segundas líneas siguen el ejemplo. Con lo lindo que es pasear por Puerto Madero o por Palermo, ¿a quién se le ocurre meter los pies en el barro de un lugar tan lejano e ignoto como La Madrid?
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El caso La Madrid funciona a modo de ejemplo y grafica una realidad tan palpable como es la disociación de la clase política de la gente de a pie. Una pérdida de empatía que salta a la vista. El pueblo lo tiene claro: descree, sospecha, se desilusiona, castiga, vota enojado, mira de reojo a funcionarios y a candidatos. ¿Y del otro lado del mostrador? Prima la intermediación, ya sea digital -comunicando por redes sociales- o a cargo de punteros que ofician de correveidiles. Palito Ortega se calzó unas botas, entró a casas inundadas y sacó gente en brazos cuando era gobernador, allá en la prehistoria de los 90. Por supuesto, lo acusaron de haber sobreactuado para las fotos. Pero, ¿qué era mejor?
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El de Milei no es un liderazgo empático. Su personalidad lo coloca en el otro extremo de esa góndola, naturaleza que su base electoral acepta. No parece molestarle. Si eran empáticos Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde (que no fue elegido por el voto popular) los K, Macri o Alberto Fernández ya es materia de análisis para los cientistas políticos. Algunos lo fueron... a su manera; otros para nada. El caso extremo de falta de empatía -entre otros calificativos- lo dejaron Alberto y la fiestita en Olivos en plena cuarentena. Tocó fondo; de eso no volvió ni volverá. Entonces nadie debería desdeñar el factor empático, porque se trata de una herramienta transformadora que a cualquier líder puede servirle para construir o recuperar la confianza de la ciudadanía. Siempre teniendo en cuenta que es la razón, y no la empatía, el motor para la toma de las mejores decisiones.
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A un inundado no se lo engaña con estrategias de marketing. Sabe quiénes son los propios y quiénes los ajenos. Quiénes buscan un rédito inmediato para esfumarse apenas se apagan los flashes y quiénes estuvieron antes y estarán después. En el caso de La Madrid, además de esta perspicacia basada en la inteligencia emocional, lo que hay es cansancio, incertidumbre e indignación. Y cuando detectan alguna intención de barrerlos bajo la alfombra -por ejemplo “sugiriéndoles” que abandonen la vera de la ruta- directamente explotan. Intentar ponerse en el lugar del inundado para comprenderlo debería ser el capítulo 1 del manual. Es al revés: la cultura política parece haber perdido la capacidad de situarse en el lugar del otro
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No se trata únicamente de una brecha en términos de representación o de resultados de gestión, sino de algo más profundo. La política supone la capacidad de interpretar demandas sociales y traducirlas en acciones públicas. Ahora bien, cuando esa escucha se debilita o se vuelve meramente formal, el sistema comienza a perder legitimidad. Buena parte de la ciudadanía percibe que quienes toman decisiones lo hacen desde una lógica ajena a las urgencias cotidianas. Será porque están encapsulados en dinámicas de poder que priorizan las disputas internas o las conveniencias electorales. No importa. A esa dinámica la quiebra una crisis, como es una inundación, y sólo queda salir corriendo a repartirle a la gente elementos básicos para la supervivencia. El caso de La Madrid, entre otras localidades del interior tucumano, es paradigmático. Lo que piden los vecinos es que, de una vez por todas, les expliquen cómo van a hacer para evitar las inundaciones el próximo verano. Que lo expliquen ya mismo, antes de que baje el agua del todo y el tema ni siquiera pase a segundo plano, porque lo más probable -así lo indica la experiencia- es que se olvide por completo.
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El ancazo de “Pichón” Segura -aquel enemigo público número uno que minuto a minuto va recuperando el anonimato en Benjamín Paz- ofició de árbol. Un árbol frondoso, gigante, con el que muchos intentaron tapar el bosque de La Madrid. En ese sentido fue un ancazo funcional al sistema y al aparato del que forma parte. La salvajada perpetrada por “Pichón” le quitó tiempo de aire a la inundación. Terminó sirviendo de distracción. Pero al árbol ya lo talaron y La Madrid sigue en la misma. Moraleja: nunca dejar de lado cuál es el verdadero orden de prioridades.
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A nadie se le hubiera ocurrido recibir a Javier Milei como un salvador en La Madrid. Ni es responsable de la inundación ni tiene soluciones mágicas para dramas de semejante magnitud, más allá de la ayuda que la Nación pueda acercar. Pero sí hubiera transmitido un bálsamo, una caricia, la sensación de que el pueblo es escuchado, de que es tenido en cuenta. De que existe. No le costaba nada al Presidente.




















