BRINGAS. El estudio anticipa cómo responderá el territorio ante lluvias.
Cada vez que llueve con intensidad en Tucumán, la escena se repite: calles que en minutos se transforman en ríos, autos detenidos o a la deriva, barrios aislados y familias que ven cómo el agua entra a sus casas y arrasa con lo que tienen. Las inundaciones no sólo dejan dolor y daños que obligan a reparaciones millonarias. También instalan una pregunta que no siempre tiene una respuesta nítida. ¿Se podrían haber anticipado?
Para Julio Bringas, ingeniero geodesta y geofísico de 27 años, la respuesta es “sí”. En su tesis de grado publicada en diciembre, este egresado de la Universidad Nacional de Tucumán desarrolló un modelo que permite identificar qué zonas tienen mayor riesgo de inundarse. Lo hizo a partir del análisis del terreno, el comportamiento del agua y el uso del suelo.
“Es como una fórmula matemática… le ponés un valor, entra en la máquina y te devuelve el resultado. Siempre que le pongas el mismo valor, te devuelve lo mismo”, le dice a LA GACETA .
El sistema no busca predecir cuándo va a llover ni con qué intensidad, sino cómo responderá el territorio ante un determinado volumen de agua. A partir de esa lógica, genera mapas que muestran con alto nivel de precisión, incluso a escala de metro por metro, qué áreas son más vulnerables.
El trabajo fue aplicado en un sector de Tafí del Valle -unas 500 hectáreas-, pero su principal fortaleza es que puede replicarse en otras zonas, según dice. A mayor escala, aclara, requeriría equipos de trabajo, pero no un salto tecnológico ni presupuestario significativo.
Diagnóstico previo
El planteo de Bringas apunta a un aspecto que, según sostiene, suele quedar relegado en la discusión pública: el diagnóstico previo.
“Si vos no sabés por dónde va a correr el agua… vas a hacer obras que no van a estar al máximo de eficiencia. Lo que esto permite es saber en qué zonas se debe invertir más tiempo. Entonces, no arreglás todo a la vez, sino que te enfocás en las más difíciles”, advierte.
Su modelo combina datos obtenidos con drones, sistemas de posicionamiento satelital y registros de imágenes satelitales. Con esos insumos reconstruye la forma del terreno, identifica por dónde se desplaza el agua y analiza qué capacidad tiene el suelo para absorberla. El resultado es un mapa que clasifica el riesgo en distintas zonas en función de variables como la pendiente, la cercanía a cauces y el nivel de infiltración.
Herramienta sin uso
Pese a su potencial, Bringas asegura en su investigación que este tipo de herramientas no forman parte de la planificación territorial en la provincia. “Esto es lo más preciso que hay y no hay nada de esto. O sea, nadie hace esto”, afirma.
Según dice, el problema no está en la falta de recursos porque el método puede aplicarse con tecnología accesible y datos abiertos. “No requiere mucha plata ni mucha gente… requiere gente trabajando”, insiste.
Cree que la principal barrera es la falta de articulación entre el conocimiento técnico y la toma de decisiones. “La respuesta que recibo es que no se ven estos resultados o que no sirve para (obtener) los votos (en elecciones), pero todo lo contrario: llegás a solucionar este problema y te convertís en un prócer”, dice.
Consultado sobre las inundaciones que afectaron al sur provincial en marzo, el ingeniero considera que herramientas de este tipo podrían haber aportado información clave. “Vos podrías haber sabido cuáles son las zonas que tenían más riesgo”, indica.
Si bien aclara que se trata de fenómenos complejos y de gran escala, remarca que contar con ese tipo de mapas permite priorizar intervenciones y reducir el impacto.
Disparador
La inquietud por estudiar las inundaciones no le surgió en un laboratorio, sino en la calle. En 2021, durante una tormenta, volvía de trabajar cuando la lluvia se intensificó de golpe. El agua empezó a acumularse en las calles, los autos avanzaban con dificultad y, en cuestión de minutos, el nivel subió hasta cubrir gran parte del vehículo. En la esquina de Ejército del Norte y Santa Fe, su auto dejó de responder. “El agua me empezó a llevar… no sabía si iba a subir, si me iba a correr”, recuerda.
Quedó varado durante ocho horas, sin asistencia, en medio de una situación que describe como una mezcla de miedo, incertidumbre y frustración. Fue el punto de partida para orientar su tesis hacia el estudio del comportamiento del agua en el territorio.
Una carrera poco visible
Bringas se formó en ingeniería geodésica y geofísica, una especialidad con escasa matrícula. En su promoción, de miles de ingresantes a ingeniería, apenas un grupo reducido eligió ese camino. “Nos conocemos todos. He llegado a cursar materias solo”, dice.
Sin embargo, destaca que su campo es central para actividades que requieren precisión espacial, como la elaboración de mapas, el diseño de infraestructura o los sistemas de navegación.
Mientras desarrollaba su tesis, trabajaba en la Dirección de Catastro de la Municipalidad de Yerba Buena. Allí, asegura, no pudo aplicar este tipo de herramientas. Esa situación, sumada a la falta de oportunidades en su área, lo impulsó hace días a tomar una decisión: renunciar. “Acá en Tucumán no hay mucho laburo de este estilo… no hay mucho futuro en eso”, lamenta.
Bringas aspira a desempeñarse en espacios donde su trabajo tenga impacto en el terreno. Le interesa especialmente el cruce entre tecnología, territorio y ambiente, tanto en el sector público en áreas vinculadas a impacto ambiental como en el privado. Ahora tiene previsto mudarse a Buenos Aires para continuar su desarrollo profesional.
Alcances y límites
El modelo que desarrolló es replicable y puede aplicarse en distintas escalas. No resuelve por sí solo el problema de las inundaciones, pero puede ofrecer una herramienta para entenderlo mejor. Como todo, tiene limitaciones: representa el estado del terreno en el momento en que se mide, por lo que cambios posteriores pueden alterar los resultados, y puede perder precisión en zonas con vegetación densa, donde no siempre se logra captar con claridad la superficie.
Aun así, Bringas sostiene que estas condiciones no impiden su aplicación en zonas como el sur provincial. La pregunta, entonces, deja de ser técnica y pasa a ser política: ¿por qué, si se puede anticipar dónde se va a inundar, esa información todavía no forma parte de los procesos de toma de decisiones?



























