Clever Ferreira anotó el 2-1 frente a Sportivo Barracas. Matias Napoli Escalero/Especial para La GACETA.
Clever Ferreira fue el bombero que apagó un incendio en territorio de Atlético por segunda semana consecutiva, en este caso de proporciones impensadas. El paraguayo, como había sucedido el viernes ante el Gimnasia La Plata, metió la cabeza de manera agónica en Caseros para evitarle a su equipo el papelón de llegar a los penales ante un rival que milita tres categorías por debajo y cuyos jugadores en su mayoría tienen que apelar a un segundo trabajo para llegar a fin de mes. Finalmente, y con un sufrimiento notable, fue 2-1 sobre Sportivo Barracas, un triunfo en el estadio “Ciudad de Caseros” que catapulta al “Decano” a los 16avos de final de la Copa Argentina.
La esperada y previsible goleada jamás llegó. Por eso, la sensación de “tarea cumplida” del equipo de Julio César Falcioni dejó una sensación más agria que dulce en el “mundo Decano”, no solo por lo exiguo del marcador, sino también por las formas.
Es cierto, el equipo de Falcioni hizo méritos para ganar por una diferencia mayor. Y también lo es que estos partidos ante adversarios marcadamente inferiores, pero a su vez extraordinariamente motivados, suelen ser traicioneros. Como fuera, Atlético sumó su segunda victoria consecutiva en el ciclo del “Emperador” y se aseguró su pasaporte para enfrentar a Talleres en la próxima instancia del certamen.
La rotación dispuesta por Falcioni no fue lo imaginado, sólo cambió dos nombres en relación al “11” inicial contra Gimnasia y Esgrima de La Plata: Tomás Durso volvió a atajar después de más de un año y Juan Infante recuperó viejas sensaciones en el lateral izquierdo.
Una vez echada a rodar la pelota en el estadio Ciudad de Caseros, Atlético salió a “comerse” crudo a su rival de Primera C. Pero a partir de aquel tempranero cabezazo en el travesaño de Renzo Tesuri, su superioridad comenzó a languidecer.
Lo que Atlético no encontraba, lo halló gracias a un grosero error de Ignacio Díaz Peyrous. El arquero ya había avisado de la falta de garantías que otorgaban sus pies un par de minutos antes. Y a los 21, se la entregó a Ezequiel Ham y el volante amagó e hizo lo que debía para facilitarle a Leandro “Loco” Díaz hacer lo que sabe, clavarla en la red.
El suspiro instantáneo de Falcioni dio cuenta de que el “Arrebalero”, con todas sus limitaciones, había logrado neutralizar a su equipo en el cuarto de hora precedente.
El centenar de allegados e hinchas de Sportivo aplaudían entusiasmados algunas buenas conexiones, especialmente entre los habilidosos Tomás Bellido y Nazareno Vidal, el “Gomito” hijo del “Goma” (o “Gomito” original) entrenador. El colombiano Diego Perea era reconocido por su entrega, hasta que se pinchó. Y el histórico Mauro Romay se multiplicaba en el medio, con poco éxito.
Le alcanzó al equipo del barrio de Barracas para mantener el cero hasta la “macana” de su arquero, y concretada la desventaja, para seguir en partido al menos hasta casi el epílogo, lo que no es poco. Porque si bien fue superado en dos aspectos clave de este deporte, lo técnico y lo físico, en lo táctico y lo mental el conjunto albiazul mostró lo suyo y acercó el fiel de la balanza a un cierto equilibrio.
Es verdad que en esa primera etapa Atlético llegó mucho más, con algunas buenas sociedades a partir de la profundidad de sus laterales, y la movilidad de todos, con Ham en su mejor nivel quizá desde su llegada a 25 de mayo y Chile.
Hubo un par de entreveros y salvadas in extremis en el área del conjunto porteño, al igual que un par de remates de media distancia que podrían haber elevado la cuenta para los tucumanos. El equipo del “Goma” Vidal solo pateó una vez al arco en los 45’ iniciales, un remate débil y anunciado de Ignacio Zanzi.
Con su experiencia, Falcioni ciertamente lo tenía claro: el desafío consistía en duplicar la ventaja lo antes posible, para evitar cualquier sufrimiento eventual. Pero el segundo tiempo fue absolutamente desconcertante. Le faltó hambre a Atlético para salir a liquidar la historia. Quizá el entrenador también se confió, hasta el gol del empate apenas si había movido el banco con el ingreso de alguien que llevaba mucho tiempo sin jugar, Ramiro Ruiz Rodríguez.
Finalmente, aconteció. Un córner, un mal rechazo de Durso, la pelota que pegó en Franco Nicola y el latigazo de Sebastián Gómez para el 1-1 en el minuto 80.
De inmediato, hubo dos estallidos: la locura total en el banco de Sportivo, los insultos y los típicos cánticos “Jugadores…” y “Movete Decano movete…” desde la platea y la tribuna ocupadas por hinchas decanos.
Después llegó el tiro libre y el doble cabezazo en el área que fue más que gol, un desahogo infinito para ese “mundo Decano” que vio cómo, con lo justo, el paraguayo Ferreira conseguía apagar las llamas que amenazaban con consumir todo en la noche de Caseros.




















