El problema del diálogo

  • Jaime Nubiola analizó en Buenos Aires la crisis del diálogo y la polarización social en Argentina, proponiendo la conversación como herramienta para superar la grieta actual.
  • Citando a Wittgenstein, el autor explica cómo el choque de principios y la percepción del otro como un rival bloquean la escucha razonable y la capacidad de lograr entendimiento.
  • La transición del diálogo hacia la conversación amable propone un camino para convivir en el desacuerdo, mitigando la hostilidad emocional en sociedades que están muy divididas.

Hace 21 Hs

En una reciente estancia en Buenos Aires un amigo me invitó a reunirme con él y con otro profesional para estudiar cómo se podía favorecer el diálogo en una sociedad tan polarizada como la de Argentina. Me decían con rotundidad que la grieta era insuperable y que el diálogo era imposible. Lo que me contaban traía a mi memoria aquel famoso cuadro de Goya del «Duelo a garrotazos» (1820-23) en el que dos labriegos luchan a bastonazos en un paraje desolado con el que a veces se representa a la sociedad española. Ya se ve que el problema del diálogo tiene escala internacional y no solo local.

Ludwig Wittgenstein (1889-1951), uno de los pensadores más profundos del pasado siglo, anota en una de sus publicaciones póstumas que «Cuando dos principios se encuentran realmente y no pueden reconciliarse entre sí, entonces cada uno declara al otro un loco y un hereje» (On Certainty § 611). Esta certera observación aparece al final de una breve serie de notas en las que Wittgenstein imagina el caso de unas personas que toman sus decisiones consultando un oráculo, en lugar de hacerlo mediante razonamientos científicos. Lo que está diciendo Wittgenstein en este pasaje es que cuando dos marcos de pensamiento chocan en un nivel básico, la discusión racional se paraliza: en vez de persuadirse mutuamente, cada parte termina descalificando o insultando a la otra.

La palabra “diálogo” se remonta a los griegos para referirse a una «plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos», a una «obra literaria, en prosa o en verso, en que se finge una plática o controversia entre dos o más personajes», o más en general una «discusión o trato en busca de avenencia». Las tres acepciones que nos proporciona el Diccionario de la lengua española son atinadas y expresan los diversos elementos que el término “diálogo” encierra: que se trata preferentemente de una discusión o plática entre dos, que busca el acuerdo y que fue idealmente representada en los diálogos platónicos.

Personalmente no me gusta la palabra «diálogo» pues parece predecir que quienes dialogan no se van a poner de acuerdo. De hecho, a menudo se habla del diálogo entre ciencia y religión, entre oriente y occidente, entre creyentes y no creyentes, o tantas otras combinaciones semejantes, pero ya la elección de la palabra “diálogo” para encuadrar ese evento parece predecir que el acuerdo será imposible.

En esta misma dirección, he participado con relativa frecuencia como jurado en concursos de debate entre estudiantes de secundaria o universitarios, sea en inglés o en castellano. A los jóvenes les gusta mucho y de hecho esta actividad es un valioso recurso educativo que les hace sentirse protagonistas de su proceso de aprendizaje. Como es conocido, en la organización de los debates los dos grupos han estudiado previamente el tema que van a debatir, pero solo al comienzo se decide por sorteo qué posición va a defender cada equipo; por ejemplo, si los móviles son útiles o perjudiciales para la formación de los jóvenes. La estrategia del sorteo obliga a que estudien los argumentos a favor y los argumentos en contra de la tesis propuesta, independientemente de su opinión personal: esto les ayuda a descubrir que hay razones contrapuestas, que merecen respeto y que hay que considerar con atención. El jurado no decide qué equipo tiene razón, sino cuál ha defendido su posición con más habilidad y capacidad de persuasión.

Por supuesto, aprender la técnica del debate puede parecer a algunos como una peligrosa iniciación en la dialéctica de los sofistas que lleva al relativismo. Sin embargo, los buenos abogados y los buenos oradores políticos han de aprender a defender persuasivamente sus posiciones. El descubrir las múltiples facetas de un problema y el diverso alcance de las razones que apoyan a las opiniones opuestas a la propia, enriquece nuestra comprensión. Sin embargo, lo que me gusta menos de los debates académicos es que la competición favorece que quienes defienden la posición contraria sean vistos como enemigos o rivales.

Este es un punto nuclear para comprender por qué tan a menudo resulta problemático el diálogo y por qué hay una desconfianza generalizada acerca de la utilidad de los diálogos en cualquier campo. Si la otra persona es percibida como un oponente o como una amenaza se bloquea la capacidad de escucha. La dimensión emocional de la discrepancia torna imposible una escucha razonable.

Por este motivo, a mí más que los diálogos lo que me gusta es la conversación, muchas veces en torno a unas cervezas o a una grata comida. Defender la conversación es defender un marco amable de encuentro en el que escucharse unos a otros, sin necesidad de llegar a un acuerdo. Esto es así porque —como decía Popper— quienes conversan están de acuerdo en estar en desacuerdo, y eso es precisamente lo que hace más apasionante la conversación.

© LA GACETA

Jaime Nubiola - Profesor emérito de Filosofía de la Universidad de Navarra (jnubiola@unav.es).

Temas Buenos Aires
Tamaño texto
Comentarios
Comentarios