El horror del caso Ángel: la maternidad, el cuidado y una idea que todavía no cambia
La muerte de Ángel vuelve a poner en discusión una idea profundamente arraigada: la de la madre como figura natural del cuidado. En un contexto donde el feminismo cuestiona el instinto materno y los datos muestran experiencias más complejas, el sistema -y también la sociedad- parecen seguir sosteniendo una certeza que ya no es tan evidente.
Ángel murió en Comodoro Rivadavia mientras estaba al cuidado de su mamá La Nación
Hay casos que obligan a detenerse no solo en lo que pasó, sino en cómo lo pensamos. La muerte de Ángel -un niño que vivía con su madre después de que el juez coordinador del Fuero de Familia de Comodoro Rivadavia, decidiera otorgarle la tenencia- vuelve a poner en discusión algo que muchas veces se da por hecho. La decisión judicial se tomó aun cuando la mujer lo había abandonado cuando tenía un año, registraba denuncias por violencia y ya le habían quitado la custodia de otro hijo por maltratos. Antes de eso, Ángel vivía con su padre, Luis López, y su pareja, Mariela Andrade.
Nada de lo que se diga sobre este caso busca justificar la violencia ni relativizar la gravedad de lo ocurrido. Pero sí obliga a hacerse una pregunta: ¿es necesario -o automático- que los hijos queden siempre con sus madres?
Alrededor de la idea de la madre naturalmente destinada al cuidado se ordenan muchas decisiones. No solo en lo cotidiano, también en lo institucional. En situaciones de separación, por ejemplo, la madre aparece con frecuencia como la opción casi automática, casi exclusiva, para el cuidado de los hijos. Como si el vínculo, por sí mismo, alcanzara.
Por eso, cuando ocurre algo que rompe esa imagen, lo que aparece no es solo conmoción. También hay desconcierto. Algo que no encaja. No tanto en el hecho -que tiene que ser investigado y juzgado- sino en el marco desde el cual lo pensamos.
“Tener útero o haber gestado no convierte automáticamente a nadie en madre”, explica la psicóloga Fernanda Mónaco, especialista en género. “Maternar es un proceso simbólico que anuda deseo, cultura y aprendizaje. No somos gestantes por un mandato biológico, sino sujetos que construimos vínculos”.
Esa idea, que cuestiona la existencia de un instinto materno automático, empezó a instalarse con más fuerza en los últimos años. El feminismo, en gran medida, empujó ese corrimiento: permitió pensar a las mujeres por fuera del rol de cuidado, introducir la noción de deseo, de ambivalencia, de construcción.
Pero, a veces, las instituciones no terminan de moverse al mismo ritmo. Aun cuando el discurso social empezó a complejizar esa imagen, en la práctica muchas decisiones continúan apoyándose en esa mirada que las piensa, antes que nada, como madres.
Los datos, de hecho, incomodan en esa dirección. Un estudio realizado en Polonia en 2023 estimó que entre el 5% y el 14% de las parejas se arrepienten de haber tenido hijos y elegirían no hacerlo si pudieran volver atrás. Más cerca, en Argentina, un relevamiento de “Mujeres que no fueron tapa”, realizado sobre más de 10.000 mujeres, mostró que 7 de cada 10 madres reconocen arrepentirse en alguna medida de haberlo sido.
No se trata de una experiencia aislada. Tampoco de una anomalía. Y, sobre todo, no se trata de establecer relaciones lineales entre estas experiencias y situaciones de violencia como la que se investiga en el caso de Ángel.
Sin embargo, es una de esas verdades que rara vez circulan en voz alta.
Existen espacios donde aparece de otra forma. El grupo de Facebook “Me arrepiento de haber tenido hijos”, creado en 2007, reúne a más de 96.000 personas de todo el mundo que comparten sus historias de manera anónima. La mayoría son mujeres. No necesariamente porque los varones no atraviesen conflictos similares, sino porque el mandato materno sigue siendo más rígido, más exigente, más difícil de poner en cuestión.
La socióloga e investigadora israelí, Orna Donath, autora de Madres arrepentidas, advierte sobre una confusión frecuente: vincular el arrepentimiento con una crianza negligente es un error. El cuidado puede existir. El amor y el vínculo, también. Pero eso no elimina otras emociones.
“La maternidad, como muchas otras experiencias humanas, no es una sola”, señala Mónaco. “Puede ser deseada o no, feliz o angustiante, colectiva o solitaria. Puede no llegar a ser”. Sin embargo, la figura de la madre sigue anclada a un mandato que no admite matices: el amor incondicional.
Y ahí aparece una tensión difícil de resolver.
“La sacralización del rol materno deshumaniza a las mujeres, las convierte en figuras que no pueden fallar, que no pueden cansarse, que no pueden dañar”, dice Mónaco. “Al imponer un estándar inalcanzable, relegamos a un segundo plano la salud mental y el deseo de la propia persona”.
Pensar a las mujeres como sujetos implica aceptar esa complejidad. Una complejidad que no implica, en ningún caso, justificar la violencia ni relativizar sus consecuencias.
Porque cuando esos matices aparecen en la práctica -cuando deja de ser teoría y se vuelve concreta- lo que se desarma no es solo una imagen. También se tensionan las formas en que decidimos, en que confiamos, en que organizamos el cuidado.
Durante años, la maternidad funcionó como una garantía. Hoy empezamos a decir que no lo es.
Entre una cosa y la otra, todavía hay una distancia que no siempre se ve. Y que, a veces, solo aparece cuando algo la rompe.



















