Recuerdos fotográficos: 1919. La tragedia del intrépido Benjamín Matienzo
En este espacio de “Recuerdos” procuramos revivir el pasado por medio de imágenes que se encuentran guardadas en ese tesoro que es el Archivo de LA GACETA. Esperamos que a ustedes, lectores, los haga reencontrarse con aquellos momentos y que puedan retroalimentar con sus propias memorias esta sección que les brindamos día a día.
Nacido en Tucumán en 1891, en la casa de Congreso 171 (a la par de la Casa Histórica), Benjamín Matienzo estudió en la escuela Normal y el colegio Nacional. Era hijo de un magistrado de Tribunales, Benjamín Matienzo, y de Adela López Alurralde. Graduado en la Escuela de Aviación Militar de la Nación en 1918, fue de los primeros intrépidos aviadores tucumanos.
El 23 de mayo de ese año realizó, junto al ingeniero Edmundo Lucius, el mayor recorrido aéreo en suelo argentino en ese momento, entre El Palomar (Buenos Aires) y San Miguel de Tucumán, con escalas en Rosario, Rafaela, La Banda, Real Sayana y Santiago del Estero. Volaron un biplano Voisin 5 A. Matienzo llegó el 29 de mayo, sobrevoló la ciudad y aterrizó en el parque 9 de Julio. La pista fue invadida por el público que vivaba al héroe. Esa noche le entregaron una medalla de oro y hubo una gala en el teatro Alberdi en su honor. José R. Fierro lo puso como ejemplo: “Que sepan todos que de las muchachadas tucumanas volverán a surgir las falanges de los valientes Decididos, lo mismo que en 1812. Arriba los corazones”, dijo. Hubo varios agasajos y lo acogieron las máximas autoridades de la provincia.
Un año después, él y dos pilotos, el capitán Pedro Zanni y el teniente primero Antonio Parodi, se prepararon en la quinta de Los Tamarindos, en Mendoza, para intentar la hazaña mayor de la aeronáutica de entonces, que era el cruce de los Andes. Se azuzaban para intentarlo, recíprocamente, los aviadores de Argentina y de Chile. Los aparatos eran muy precarios, de madera recubierta con tela hasta el puesto de fuselaje; desde allí, el fuselaje era madera solamente. Subían a 60 km/h hasta 4.000 metros de altura, abatidos por los vientos helados de la Cordillera. Hicieron el primer intento el 3 de mayo de 1919, sin éxito. Matienzo, hombre impulsivo, dijo en rueda de amigos: “O llego a Chile o me quedo en la Cordillera”.
A las 6.40 del 28 de mayo partieron los tres aviones. Parodi y Zanni volvieron; Matienzo siguió con su avión Nieuport, en lucha frontal con los vientos de 120 km/h, y se desvió de la ruta para alcanzar mayor velocidad. Se supone que en algún momento la nave, que tenía una autonomía de 2 horas y 40 minutos, se quedó sin combustible y el piloto debió aterrizar en medio de la Cordillera, donde se había desencadenado un violento temporal.
Matienzo habría tratado de llegar caminando hasta Las Cuevas. Avanzó unos 20 kilómetros a pie por la nieve, en medio de la ventisca. Se supone que, agotado y helado, se recostó en posición decúbito dorsal en un peñón. Allí fue atacado por los cóndores y perdió la vida. Su cuerpo fue hallado meses después, el 19 de noviembre de 1919. Sus restos fueron traídos a Tucumán el 24. Fue velado en el Salón Blanco. Años después, en 1950, fue encontrado el avión en la Cordillera.
Según los recuerdos de una amiga de la juventud, las jóvenes tucumanas de su tiempo lo apodaban “El Coya”. “Era un joven muy fino, con una cultura natural”, testimonia. “Delgado, morocho, bien erguido, de unos ojos más bien pequeños, pero expresivos y dulces. Tenía una personalidad bien definida. Su gesto era el de un hombre orgulloso, en el sentido de la dignidad que no se resigna”.
Más información: “Trágico fin de Matienzo, hace 100 años”. Carlos Páez de la Torre (h), 3/11/2019. “El joven Matienzo: los años heroicos de los inicios de la aviación”. José María Posse, 29/10/2022.
El 23 de mayo de ese año realizó, junto al ingeniero Edmundo Lucius, el mayor recorrido aéreo en suelo argentino en ese momento, entre El Palomar (Buenos Aires) y San Miguel de Tucumán, con escalas en Rosario, Rafaela, La Banda, Real Sayana y Santiago del Estero. Volaron un biplano Voisin 5 A. Matienzo llegó el 29 de mayo, sobrevoló la ciudad y aterrizó en el parque 9 de Julio. La pista fue invadida por el público que vivaba al héroe. Esa noche le entregaron una medalla de oro y hubo una gala en el teatro Alberdi en su honor. José R. Fierro lo puso como ejemplo: “Que sepan todos que de las muchachadas tucumanas volverán a surgir las falanges de los valientes Decididos, lo mismo que en 1812. Arriba los corazones”, dijo. Hubo varios agasajos y lo acogieron las máximas autoridades de la provincia.
Un año después, él y dos pilotos, el capitán Pedro Zanni y el teniente primero Antonio Parodi, se prepararon en la quinta de Los Tamarindos, en Mendoza, para intentar la hazaña mayor de la aeronáutica de entonces, que era el cruce de los Andes. Se azuzaban para intentarlo, recíprocamente, los aviadores de Argentina y de Chile. Los aparatos eran muy precarios, de madera recubierta con tela hasta el puesto de fuselaje; desde allí, el fuselaje era madera solamente. Subían a 60 km/h hasta 4.000 metros de altura, abatidos por los vientos helados de la Cordillera. Hicieron el primer intento el 3 de mayo de 1919, sin éxito. Matienzo, hombre impulsivo, dijo en rueda de amigos: “O llego a Chile o me quedo en la Cordillera”.
A las 6.40 del 28 de mayo partieron los tres aviones. Parodi y Zanni volvieron; Matienzo siguió con su avión Nieuport, en lucha frontal con los vientos de 120 km/h, y se desvió de la ruta para alcanzar mayor velocidad. Se supone que en algún momento la nave, que tenía una autonomía de 2 horas y 40 minutos, se quedó sin combustible y el piloto debió aterrizar en medio de la Cordillera, donde se había desencadenado un violento temporal.
Matienzo habría tratado de llegar caminando hasta Las Cuevas. Avanzó unos 20 kilómetros a pie por la nieve, en medio de la ventisca. Se supone que, agotado y helado, se recostó en posición decúbito dorsal en un peñón. Allí fue atacado por los cóndores y perdió la vida. Su cuerpo fue hallado meses después, el 19 de noviembre de 1919. Sus restos fueron traídos a Tucumán el 24. Fue velado en el Salón Blanco. Años después, en 1950, fue encontrado el avión en la Cordillera.
Según los recuerdos de una amiga de la juventud, las jóvenes tucumanas de su tiempo lo apodaban “El Coya”. “Era un joven muy fino, con una cultura natural”, testimonia. “Delgado, morocho, bien erguido, de unos ojos más bien pequeños, pero expresivos y dulces. Tenía una personalidad bien definida. Su gesto era el de un hombre orgulloso, en el sentido de la dignidad que no se resigna”.
Más información: “Trágico fin de Matienzo, hace 100 años”. Carlos Páez de la Torre (h), 3/11/2019. “El joven Matienzo: los años heroicos de los inicios de la aviación”. José María Posse, 29/10/2022.

















