El padre cuida el viñedo, un hijo es enólogo y el otro diseña las etiquetas: la bodega que sorprende con un malbec de altura

  • La bodega familiar Vertientes Tintas destaca en Amaicha del Valle, Tucumán, tras ganar medallas de oro con su malbec de altura producido por padres e hijos con gran esfuerzo local.
  • El proyecto inició en 2018 con 100 botellas y hoy alcanza los 3.000 litros. La labor se divide entre el cuidado del viñedo, la enología y el diseño gráfico de las etiquetas.
  • El éxito de este emprendimiento posiciona a la vitivinicultura de altura tucumana en el mapa nacional, demostrando que el crecimiento productivo es posible mediante el mérito propio.

GASTRONOMÍA Y ARTE. Un mural representativo de la actividad familiar. GASTRONOMÍA Y ARTE. Un mural representativo de la actividad familiar.
Edu Ruiz
Por Edu Ruiz 08 Mayo 2026

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En Amaicha del Valle, a 2.100 metros sobre el nivel del mar, un emprendimiento familiar nació con la idea clara de quedarse. En esa zona, donde los puestos de trabajo son escasos y la mayoría de los jóvenes emigra por necesidad a otros lugares del país, Jorgelina Pastrana y su esposo Roberto Ríos decidieron plantar raíces y desarrollar un producto propio. "Había que hacer algo", dice ella. Así nació Vertientes Tintas, una bodega que comenzó con 100 botellas en 2018 y hoy produce alrededor de 3.000 litros de malbec, además de Torrontés y vinos de uva criolla.

El camino empezó en 2010, cuando un grupo de 10 productores locales decidió traer cepas de malbec desde el Valle de Uco, en Mendoza. Hasta ese momento, en esta parte de la provincia no existía la cepa insignia del país. Los vinos que se hacían eran los tradicionales "vinos pateros" que elaboraban los abuelos con uvas criollas y torrontés, utilizando el sistema de parral, un método ancestral para soportar el follaje y el peso del fruto. En aquel entonces, nadie en la zona conocía el sistema de conducción por espalderos, una tecnología clave para las uvas de vinificar. "Se trajo mano de obra especializada de Cafayate, porque acá nadie sabía trabajarlo. No sabíamos hacer los marcos, no sabíamos esas partes que tienen que ver con la tecnología", recuerda Jorgelina.

Las condiciones agroclimáticas del suelo, sin embargo, siempre fueron promisorias. La altitud y el microclima especial de Amaicha y Los Zazos, por la relación del valle, hacen que los frutos sean de altísima calidad. "Hablamos de fruta de carozo: nogales, durazno y también la vid. Tenemos un microclima muy especial", explica Pastrana a LA GACETA.

Hoy esas plantas ya son adultas y el viñedo familiar se extiende en una hectárea y media en plena producción, con otra media hectárea en crecimiento escalonado, ya que las nuevas vides fueron plantadas cada dos años para distribuir los costos de los insumos.

El cultivo de la vid, advierte Jorgelina, es una experiencia a largo plazo: "Tengo que plantarla, abrir el pozo, y cuando pasan cuatro o cinco años recién la planta es productiva. Mientras tanto, es sueño, anhelo. Hay un trabajo silencioso de espera". Además, detalla que la ventaja es que, con los cuidados adecuados (enmienda, fertilización, poda, riego, etc..), cuanto más vieja es la planta, mejores son los frutos.

En sus primeros años, la familia pertenecía a una cooperativa agroindustrial de Los Zazos que elaboraba un vino llamado "Cédula Real". Entregaban la uva y la cooperativa se encargaba del resto. Pero todo cambió cuando Lautaro, el hijo mayor del matrimonio, terminó el secundario y decidió estudiar enología. "Ahí fue cuando nosotros dejamos de entregar la uva a la cooperativa y formamos nuestra empresa familiar con Lautaro como elaborador. Él es el que actualmente elabora los vinos", cuenta la mujer que lidera este proyecto.

Fue alrededor de 2018 cuando decidieron tener su propia marca, una marca familiar. Como no había infraestructura en la zona, antes llevaban la uva a Colalao del Valle o a Cafayate para su elaboración. Luego pusieron su propio espacio, hicieron una bodega simple, con elementos rudimentarios, pero siguiendo todo el formalismo requerido. También se incorporaron al Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), con sede en Cafayate, que regula y controla la siembra, la cosecha y los análisis de los vinos. "Periódicamente llevamos a analizar los vinos a ese lugar y allí nos entregan la libre circulación. En el análisis sale todo: el pH, el alcohol, todo. Porque es un alimento y tiene que tener todas las garantías. Recién ahí sale a la venta nuestro vino", explica.

EL PRODUCTO. Vertientes Tintas en botella y listo para ser tomado.  EL PRODUCTO. Vertientes Tintas en botella y listo para ser tomado.

La primera añada fue en 2018 y la producción fue de apenas 100 botellas. Desde entonces, se fue escalonando cada año. "Uno va aprendiendo: enmienda, abonos, riego. Nosotros vivimos en un lugar desértico, seco, escasea el agua. Tenemos riego por goteo presurizado para economizar. Es todo un trabajo bien pensado para poder tener las vides acá en Amaicha, donde tenemos poca agua", detalla.

Los vinos premiados

El vino emblema de la bodega lleva el mismo nombre: "Vertientes Tintas", un malbec 100%. El nombre combina dos elementos identitarios: "Vertientes" porque en el fondo del viñedo hay una vertiente de agua, y "Tintas" porque es elaborado con uvas malbec. Ese vino ha cosechado medallas de plata, oro y Gran Oro en concursos de Mendoza  entre 2018 y 2022, de manera consecutiva. "Para nosotros fue realmente hermoso porque es fruto del esfuerzo. No tenemos antecedentes de padres que hayan tenido bodega, ni somos adinerados, ni tenemos contactos políticos. Es premio al esfuerzo, al trabajo, a la perseverancia", afirma Jorgelina con orgullo.

Además del malbec, la bodega elabora una línea de torrontés tardío llamado "Pedro Morales", en referencia a su abuelo, y una mistela. También producen "Don Alejandro", una línea joven hecha con uvas criollas que compran en Colalao, provenientes de cepas de más de 100 años. Y el "Justa Pastrana – Pachamama de Oro", un vino reserva que homenajea a la abuela de Jorgelina, una coplera, cantora y artesana que pastoreaba cabras y representó al valle en Tucumán y otros lugares. Ese vino pasa 12 meses en barrica de roble francés y se elaboran aproximadamente 250 botellas por cosecha.

TRABAJO. La familia Pastrana se dedica a hacer buenos vinos.  TRABAJO. La familia Pastrana se dedica a hacer buenos vinos.

Hoy, el emprendimiento es netamente familiar y cada integrante tiene un rol definido. "Cada uno tiene una responsabilidad de acuerdo a sus fortalezas", resume Jorgelina. Roberto, su esposo, es el ideólogo del emprendimiento y está encargado de la parte de campo. Lautaro, el hijo mayor y enólogo, está a cargo de toda la elaboración y de la compra de insumos. Liceo, el segundo hijo, estudia sistemas y se ocupa del diseño de etiquetas, la imagen de la marca y el armado de proyectos. Martín está en las tareas de campo: enmienda, fertilización, poda, riego. Y Alonso, el más chico, acompaña a Jorgelina en las visitas guiadas.

El turismo y algo más

La bodega también abre sus puertas al enoturismo. Reciben a visitantes con pacto previo o en los horarios que publican en redes sociales. Hacen un recorrido que incluye una ceremonia a la Madre Tierra, un sahumerio que recrea ese momento espiritual, y también cuentan acerca de las hierbas medicinales que crecen junto a las vides (jarilla, retama y tantas plantas aromáticas) con las que sus abuelos siempre se curaron.

"Cuando es el día de la vendimia, es un día de fiesta para nosotros. Pasó todo el año y celebramos que no haya habido una tempestad, un granizo, una helada, un viento fuerte", describe Jorgelina. Ese día se congrega toda la familia, más operarios pagados, y también se abre la participación a turistas que quieran compartir la experiencia. En una oportunidad, recibieron un contingente de alumnos franceses que venían a hacer un intercambio con el instituto de Colalao del Valle. "Ellos pudieron participar de nuestra vendimia. Para ellos y para nosotros fue muy importante", recuerda.

EN AMAICHA. Jorgelina le cuenta sobre las bondades de su tierra a un grupo de turistas. EN AMAICHA. Jorgelina le cuenta sobre las bondades de su tierra a un grupo de turistas.

El principal obstáculo que enfrentan hoy es la logística. "En otro momento llevamos los vinos a Buenos Aires, tuvieron muy buena recepción, pero se nos complica el transporte. La parte logística es lo que nos complica", admite. Por eso, la venta se concentra en Amaicha: en la propia bodega, en restaurantes, bares, en la plaza y a través de una red de artesanos locales. También participan en la Fiesta del Vino Patero y la Mistela, que se realiza en el mes de julio, donde se congregan productores locales y obtienen premiaciones a nivel local.

Pertenecen a la Ruta del Vino Tucumano de Altura, un circuito que les permite visibilizarse de otra manera, cumplir con ciertos requisitos y gestionar beneficios como créditos. "Hay que estar en regla con el INV, con el seguro, con todo eso. A nosotros nos beneficia", sostiene.

"Nos tuvimos que formar, tuvimos que armar este circuito, ir estudiando, armar lo que nos toca vivir. En estos momentos la unión de la familia es importante para poder hacer crecer un emprendimiento", reflexiona Jorgelina.

"Queremos alentar también a otros que se animen", señala Pastrana, convencida de que el esfuerzo vale la pena. Y cierra con una frase que resume el legado: "Las vides tienen una vida de más de 100 años si se las cuida. Uno tiene que garantizar que los hijos sigan con este legado".

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