29 Marzo 2002
En el último año, veinte grupos de minifundistas se dedicaron a la producción de lechones con apoyo de crédito y asistencia técnica del Programa Social Agropecuario (PSA); construyeron instalaciones, se equiparon con moledoras para la producción de los exitosos balanceados caseros, adquirieron los reproductores y, en apenas seis meses, ya estaban en plena producción. Pero la devaluación les cambió radicalmente el resultado económico, al duplicar los precios del maíz y el pellet de soja.
Al mismo tiempo, en las ferias de campo, la pobreza hizo caer el precio de venta del lechón de 25 a 15 pesos. En estas condiciones, cada lechón que se produce es plata que se pierde.
El especialista del PSA, Andrés Ajalla, aconseja empezar por sustituir, aunque sea en un 50%, al maíz por otro componente calórico como la caña de azúcar, y a la soja por un componente proteico como la alfalfa. "Las cañas tempranas de los minifundistas ya tienen la suficiente madurez, y hay que darla bien picada. La alfalfa puede suministrarse cortada o en pastoreo directo, y si no se tiene se sustituye con trébol o con melilotus, o con el mismo ataco que es muy proteico", recomendó.
Allí donde se vea un matorral, hay que machetearlo y llevárselos, indicó.
Todo tipo de sobrantes de huerta sirve, como también los subproductos de la industria alimentaria que se tengan a mano, como los de panadería, confitura, fideos y melaza, pero evitando siempre la basura y los restos de frigorífico.
Esto no alimenta como la ración convencional, pero permite continuar, al menos hasta que se coseche el maíz propio.
"El momento es para achicarse conservando capacidad de recuperación. Hay que desechar, vendiendo o chacinando, todas las cerdas "machorras", viejas, malparidoras o que demostraron ser malas madres", señaló. "Hay que disminuir la proporción de cerdas preñadas, reduciendo los servicios a no más de la quinta parte de las madres por mes, porque las cerdas vacías pueden mantenerse a campo y con medio kilo de ración diaria, en tanto que a las de preñez avanzada y en lactancia hay que darles no menos de tres o cuatro kilos diarios", acotó.
Muy cerca de Cruz Alta el panorama es muy distinto. Veinticinco familias humildes llegadas de toda la provincia comparten la cocina y el comedor, el trabajo y la vida espiritual integradas en una comunidad religiosa.
Don "Grillo" Gutiérrez nos explica como encaran sin gasto el racionamiento de sus 30 cerdas madres y más de 100 lechones: "Los agricultores vecinos nos dan permiso para recoger lo que queda después que pasan las cosechadoras, y ahí nos vamos todos a los rastrojos de maíz, de soja y de trigo; y levantamos eso y también todo lo queda alrededor de los silos, y les retribuimos regalándoles un lechón".
El PSA los proveyó de las primeras madres, los materiales para instalaciones y la moledora. "Esto no es un negocio" -nos explica su asistente técnico Agustín Santillán-, sino la búsqueda de la paz espiritual".
Al mismo tiempo, en las ferias de campo, la pobreza hizo caer el precio de venta del lechón de 25 a 15 pesos. En estas condiciones, cada lechón que se produce es plata que se pierde.
El especialista del PSA, Andrés Ajalla, aconseja empezar por sustituir, aunque sea en un 50%, al maíz por otro componente calórico como la caña de azúcar, y a la soja por un componente proteico como la alfalfa. "Las cañas tempranas de los minifundistas ya tienen la suficiente madurez, y hay que darla bien picada. La alfalfa puede suministrarse cortada o en pastoreo directo, y si no se tiene se sustituye con trébol o con melilotus, o con el mismo ataco que es muy proteico", recomendó.
Allí donde se vea un matorral, hay que machetearlo y llevárselos, indicó.
Todo tipo de sobrantes de huerta sirve, como también los subproductos de la industria alimentaria que se tengan a mano, como los de panadería, confitura, fideos y melaza, pero evitando siempre la basura y los restos de frigorífico.
Esto no alimenta como la ración convencional, pero permite continuar, al menos hasta que se coseche el maíz propio.
"El momento es para achicarse conservando capacidad de recuperación. Hay que desechar, vendiendo o chacinando, todas las cerdas "machorras", viejas, malparidoras o que demostraron ser malas madres", señaló. "Hay que disminuir la proporción de cerdas preñadas, reduciendo los servicios a no más de la quinta parte de las madres por mes, porque las cerdas vacías pueden mantenerse a campo y con medio kilo de ración diaria, en tanto que a las de preñez avanzada y en lactancia hay que darles no menos de tres o cuatro kilos diarios", acotó.
Muy cerca de Cruz Alta el panorama es muy distinto. Veinticinco familias humildes llegadas de toda la provincia comparten la cocina y el comedor, el trabajo y la vida espiritual integradas en una comunidad religiosa.
Don "Grillo" Gutiérrez nos explica como encaran sin gasto el racionamiento de sus 30 cerdas madres y más de 100 lechones: "Los agricultores vecinos nos dan permiso para recoger lo que queda después que pasan las cosechadoras, y ahí nos vamos todos a los rastrojos de maíz, de soja y de trigo; y levantamos eso y también todo lo queda alrededor de los silos, y les retribuimos regalándoles un lechón".
El PSA los proveyó de las primeras madres, los materiales para instalaciones y la moledora. "Esto no es un negocio" -nos explica su asistente técnico Agustín Santillán-, sino la búsqueda de la paz espiritual".















