26 Noviembre 2004
Aunque ya nadie lo diga, los árboles fueron creados antes que los hombres. Tampoco que cada vez quedan menos ejemplares en el mundo por culpa del hombre. Con el actual ritmo de depredación antrópica, posiblemente lleve a que la gran mayoría de las especies arbóreas del mundo desaparezcan a causa de la irracionalidad humana.
Cuando Colón descubrió América, gran parte del continente estaba cubierto por una frondosa vegetación compuesta por valiosos ejemplares nativos que la naturaleza había permitido que se desarrollaran en un armónico equilibrio. Entonces, el ecosistema era plenamente sustentable. El árbol, además de su influencia sobre la temperatura, regulando la irradiación solar y suavizando los valores extremos del clima, interacciona estrecha y complejamente sobre otro elemento fundamental en el ciclo biológico de la tierra, como lo es el agua.
Al respecto, Vicente Caballer, catedrático de la Universidad Politécnica de Valencia, afirmaba en su libro "El árbol fuente de vida": "los bosques, mediante la evapotranspiración, actúan regulando las lluvias y haciendo su régimen menos errático (mayor frecuencia y menor intensidad)".
En el pedemonte tucumano la presencia de los árboles permite que el agua de lluvia no impacte tan bruscamente sobre el suelo y que la suavidad con que cae se absorba más como infiltración que como escorrentía. De esta manera se alimentan los principales acuíferos que cubren todo el oeste de la provincia y que son fuente de agua en toda la zona este de Tucumán durante el año (llueva o no).
Allí radica aún la riqueza de Tucumán. En el valor del agua subterránea y de la superficial. El árbol actúa también dándole mayor consistencia física al suelo, lo que evita la erosión cuando la lluvia es más irregular. Por eso observamos cómo luego de la tremenda y lamentable depredación de especies arbóreas autóctonas que desaparecieron en vastas áreas de la provincia, aparezcan hoy tierras altamente degradadas, más que por la erosión hídrica y eólica por la misma e irracional erosión antrópica.
Estas tierras desnudas fueron arrasadas en gran parte de la zona pedemontana tucumana a lo largo de las últimas décadas y ejemplo de ello es lo que ocurre en amplias áreas del cerro tucumano, desde La Cocha, pasando por El Cochuna, hasta los valles de Trancas. En numerosos lugares sólo quedan rocas duras sin ninguna posibilidad para la radicación de nuevas especies vegetales. Y de estos hechos lamentables nadie habla en estos días.
Desde el punto de vista económico, el árbol se convierte en una fuente de sustento que da vida a través de la generación de alimentos; viviendas; calor; muebles; medicinas; medios de transporte; juegos, etc. Esto lo convierte en un elemento esencial para la vida humana.
Ante este cuadro de situación es incomprensible cómo ni el Estado ni el sector privado se den cuenta de la importancia que significaría para la región invertir en la implantación de árboles como un negocio sustentable a mediano y a largo plazo. En todos los países serios del mundo la práctica de la forestación juega un papel central en las políticas de Estado. Forman parte, por ende, de las inversiones que garantizarán además la sustentabilidad del ecosistema.
Más de 17 millones de hectáreas con bosques se pierden anualmente en el mundo por la acción irracional del hombre. Desde el NOA estamos aún a tiempo de revertir (en parte) esta situación, porque además existen excelentes condiciones agroclimatológicas y muchas tierras desaprovechadas. Es imprescindible que se ponga en marcha en Tucumán un agresivo plan provincial de forestación, no pensando en el día a día sino en las futuras generaciones, que serán las que nos juzgarán sin compasión sobre la tierra que le dejemos para vivir. Tenemos un gran desafío que no podemos soslayar.
Cuando Colón descubrió América, gran parte del continente estaba cubierto por una frondosa vegetación compuesta por valiosos ejemplares nativos que la naturaleza había permitido que se desarrollaran en un armónico equilibrio. Entonces, el ecosistema era plenamente sustentable. El árbol, además de su influencia sobre la temperatura, regulando la irradiación solar y suavizando los valores extremos del clima, interacciona estrecha y complejamente sobre otro elemento fundamental en el ciclo biológico de la tierra, como lo es el agua.
Al respecto, Vicente Caballer, catedrático de la Universidad Politécnica de Valencia, afirmaba en su libro "El árbol fuente de vida": "los bosques, mediante la evapotranspiración, actúan regulando las lluvias y haciendo su régimen menos errático (mayor frecuencia y menor intensidad)".
En el pedemonte tucumano la presencia de los árboles permite que el agua de lluvia no impacte tan bruscamente sobre el suelo y que la suavidad con que cae se absorba más como infiltración que como escorrentía. De esta manera se alimentan los principales acuíferos que cubren todo el oeste de la provincia y que son fuente de agua en toda la zona este de Tucumán durante el año (llueva o no).
Allí radica aún la riqueza de Tucumán. En el valor del agua subterránea y de la superficial. El árbol actúa también dándole mayor consistencia física al suelo, lo que evita la erosión cuando la lluvia es más irregular. Por eso observamos cómo luego de la tremenda y lamentable depredación de especies arbóreas autóctonas que desaparecieron en vastas áreas de la provincia, aparezcan hoy tierras altamente degradadas, más que por la erosión hídrica y eólica por la misma e irracional erosión antrópica.
Estas tierras desnudas fueron arrasadas en gran parte de la zona pedemontana tucumana a lo largo de las últimas décadas y ejemplo de ello es lo que ocurre en amplias áreas del cerro tucumano, desde La Cocha, pasando por El Cochuna, hasta los valles de Trancas. En numerosos lugares sólo quedan rocas duras sin ninguna posibilidad para la radicación de nuevas especies vegetales. Y de estos hechos lamentables nadie habla en estos días.
Desde el punto de vista económico, el árbol se convierte en una fuente de sustento que da vida a través de la generación de alimentos; viviendas; calor; muebles; medicinas; medios de transporte; juegos, etc. Esto lo convierte en un elemento esencial para la vida humana.
Ante este cuadro de situación es incomprensible cómo ni el Estado ni el sector privado se den cuenta de la importancia que significaría para la región invertir en la implantación de árboles como un negocio sustentable a mediano y a largo plazo. En todos los países serios del mundo la práctica de la forestación juega un papel central en las políticas de Estado. Forman parte, por ende, de las inversiones que garantizarán además la sustentabilidad del ecosistema.
Más de 17 millones de hectáreas con bosques se pierden anualmente en el mundo por la acción irracional del hombre. Desde el NOA estamos aún a tiempo de revertir (en parte) esta situación, porque además existen excelentes condiciones agroclimatológicas y muchas tierras desaprovechadas. Es imprescindible que se ponga en marcha en Tucumán un agresivo plan provincial de forestación, no pensando en el día a día sino en las futuras generaciones, que serán las que nos juzgarán sin compasión sobre la tierra que le dejemos para vivir. Tenemos un gran desafío que no podemos soslayar.
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