28 Enero 2005
Al analizar en profundidad el comportamiento del clima en Tucumán durante noviembre, diciembre y gran parte de enero se puede concluir que las lluvias tuvieron una gran incidencia en las informaciones generadas por los diferentes medios periodísticos.
Las lluvias que sucedieron durante ese periodo húmedo que caracteriza a la provincia fueron en general dispersas y en algunos casos de alta intensidad y de poco tiempo de ocurrencia. De manera que el aporte de humedad a los suelos no fue suficiente para los cultivos. En especial durante enero. Hoy las áreas destinadas a las distintas explotaciones agrícolas tienen el nivel de humedad que le aportaron las últimas lluvias, pero aún no alcanza. Estas lluvias tuvieron un fuerte impacto por la forma en que ocurrieron, con una alta pluviometría instantánea y con fuertes ráfagas de viento y muy localizadas.
Así se generaron situaciones de riesgo para los habitantes de las zonas donde ocurrieron, por una fuerte escorrentía que se llevo todo por delante y causó también la acumulación de aguas en zonas bajas y ribereñas, obligando a la evacuación de los habitantes de esos lugares. Este tipo de fenómeno tiene una simple explicación, a partir de evaluar que cayó poca agua -no están todavía dentro de los valores normales para la época- y que se hayan producido un sinnúmero de inconvenientes por las escorrentías y anegamientos. Incluso hubo muertes. Y la explicación a tanto desastre es que la provincia no tiene un sistema de desagüe que funcione de acuerdo con las necesidades reales.
Ejercitando la memoria, fluyen los recuerdos de muchos fenómenos de escorrentías. El caso de Famaillá (en 1992) es el más fresco e impactante, por la visión de féretros flotando a la vera del río. Luego, en los años 1999, 2000 y 2001 otras escorrentías causaron numerosos daños en diferentes zonas de la provincia. Por caso, las que provocaron los desbordes de los arroyos La Posta y El Sueño, y los ríos Chirimayo, Gastona, Marapa y Muerto.
Sequía de obras
Desde 2002 comenzó un periodo de sequía que dura hasta la fecha, y en ese lapso no se hicieron obras de envergadura para mitigar los efectos que originan las precipitaciones estivales en la provincia. Las fuertes precipitaciones llegan con su bagaje de erosión, y el grado de los daños dependen de su intensidad, duración y frecuencia, así como del lugar donde caen y como se encuentra el área al momento de recibirla.
La necesidad de la sistematización de cuencas en las zonas de altura y la descarga para las lluvias, son obras que se deben hacer. Son parte de las obligaciones que tienen las instituciones del Estado y también los productores que poseen campos en esa situación.
También los funcionarios provinciales tienen la responsabilidad de realizar el encauzamiento de los ríos; la limpieza y bajado del cauce de ríos que se están colmatados por el material de arraste; por el control de las prohibiciones de desmontes en suelos con excesiva pendiente; y por la conservación de toda la selva pedemontana. Los productores también deben tener sus desagües en condiciones. Además, deben velar para que todos los desagües naturales no sean obstruídos con cultivos, obras o cualquier hecho que genere la falta del escurrimiento normal de las aguas.
En este cuadro de situación, los productores deben tomar conciencia de que toda el agua que caiga en sus campos debe aprovecharse y procurar que cada gota que caiga sea en suelos con cultivos, con pasturas naturales o en bosques implantados bien llevados y sistematizados y no desnudos (no tienen estructura para permitir la penetración máxima del agua al perfil del suelo).
Los cultivadores deben tener los suelos preparados para poder absorber en gran medida toda el agua posible y que el exceso escurra sin perjudicar los propios suelos y las propiedades de los vecinos que se encuentren aguas abajo.
Es cierto que el productor puede realizar todas las mejoras para discurrir suavemente los excesos de agua del campo sin causar daños. Pero para ello las obras deben estar acompañadas por otras que permitan captar esa masa líquida. Y ahí es dónde aparece la función del Estado y su obligación de mantener en condiciones los desagües naturales, como los arroyos y los ríos, para evitar inconvenientes o catástrofes.
Las lluvias que faltan pueden llegar con mayor intensidad y provocar daños incalculables. Tanto humanos como económicos.
Estamos a tiempo de llevar adelante esas obras y evitar aún males mayores. Depende de todos.
Las lluvias que sucedieron durante ese periodo húmedo que caracteriza a la provincia fueron en general dispersas y en algunos casos de alta intensidad y de poco tiempo de ocurrencia. De manera que el aporte de humedad a los suelos no fue suficiente para los cultivos. En especial durante enero. Hoy las áreas destinadas a las distintas explotaciones agrícolas tienen el nivel de humedad que le aportaron las últimas lluvias, pero aún no alcanza. Estas lluvias tuvieron un fuerte impacto por la forma en que ocurrieron, con una alta pluviometría instantánea y con fuertes ráfagas de viento y muy localizadas.
Así se generaron situaciones de riesgo para los habitantes de las zonas donde ocurrieron, por una fuerte escorrentía que se llevo todo por delante y causó también la acumulación de aguas en zonas bajas y ribereñas, obligando a la evacuación de los habitantes de esos lugares. Este tipo de fenómeno tiene una simple explicación, a partir de evaluar que cayó poca agua -no están todavía dentro de los valores normales para la época- y que se hayan producido un sinnúmero de inconvenientes por las escorrentías y anegamientos. Incluso hubo muertes. Y la explicación a tanto desastre es que la provincia no tiene un sistema de desagüe que funcione de acuerdo con las necesidades reales.
Ejercitando la memoria, fluyen los recuerdos de muchos fenómenos de escorrentías. El caso de Famaillá (en 1992) es el más fresco e impactante, por la visión de féretros flotando a la vera del río. Luego, en los años 1999, 2000 y 2001 otras escorrentías causaron numerosos daños en diferentes zonas de la provincia. Por caso, las que provocaron los desbordes de los arroyos La Posta y El Sueño, y los ríos Chirimayo, Gastona, Marapa y Muerto.
Sequía de obras
Desde 2002 comenzó un periodo de sequía que dura hasta la fecha, y en ese lapso no se hicieron obras de envergadura para mitigar los efectos que originan las precipitaciones estivales en la provincia. Las fuertes precipitaciones llegan con su bagaje de erosión, y el grado de los daños dependen de su intensidad, duración y frecuencia, así como del lugar donde caen y como se encuentra el área al momento de recibirla.
La necesidad de la sistematización de cuencas en las zonas de altura y la descarga para las lluvias, son obras que se deben hacer. Son parte de las obligaciones que tienen las instituciones del Estado y también los productores que poseen campos en esa situación.
También los funcionarios provinciales tienen la responsabilidad de realizar el encauzamiento de los ríos; la limpieza y bajado del cauce de ríos que se están colmatados por el material de arraste; por el control de las prohibiciones de desmontes en suelos con excesiva pendiente; y por la conservación de toda la selva pedemontana. Los productores también deben tener sus desagües en condiciones. Además, deben velar para que todos los desagües naturales no sean obstruídos con cultivos, obras o cualquier hecho que genere la falta del escurrimiento normal de las aguas.
En este cuadro de situación, los productores deben tomar conciencia de que toda el agua que caiga en sus campos debe aprovecharse y procurar que cada gota que caiga sea en suelos con cultivos, con pasturas naturales o en bosques implantados bien llevados y sistematizados y no desnudos (no tienen estructura para permitir la penetración máxima del agua al perfil del suelo).
Los cultivadores deben tener los suelos preparados para poder absorber en gran medida toda el agua posible y que el exceso escurra sin perjudicar los propios suelos y las propiedades de los vecinos que se encuentren aguas abajo.
Es cierto que el productor puede realizar todas las mejoras para discurrir suavemente los excesos de agua del campo sin causar daños. Pero para ello las obras deben estar acompañadas por otras que permitan captar esa masa líquida. Y ahí es dónde aparece la función del Estado y su obligación de mantener en condiciones los desagües naturales, como los arroyos y los ríos, para evitar inconvenientes o catástrofes.
Las lluvias que faltan pueden llegar con mayor intensidad y provocar daños incalculables. Tanto humanos como económicos.
Estamos a tiempo de llevar adelante esas obras y evitar aún males mayores. Depende de todos.
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