23 Junio 2006
Según las últimas estimaciones de la Secretaría de Agricultura y Ganadería de la Nación, la producción de la campaña agrícola 2005/06 -casi a finalizar- rondaría las 75,4 millones de toneladas, un 11% menos que en la zafra pasada , cuando se obtuvieron 85,08 millones.
Esta disminución se debió a los menores valores obtenidos en las cosechas de maíz, por una menor superficie implantada y bajos rendimientos logrados tras la sequía que afectó a vastas regiones del país, durante el verano. Esta cifra cosechada de granos se convierte en la segunda mejor de la historia, detrás de la lograda en la campaña pasada.Lo que sí está claro es que la gran vedette fue nuevamente la soja, que experimentó un crecimiento en la superficie sembrada y su cosecha será superior a los 40 millones de toneladas. No obstante, estas cifras que parecen convertirse en un gran logro para los productores de la leguminosa, debe convertirse en un severo llamado de atención por la elevada "sojización" que sufrió la agricultura argentina, generada por la baja rentabilidad del cultivo del maíz y su reemplazo, en casi todas las latitudes, por el cultivo de la soja.
Lo que además está claro es que nadie puede obligar al productor agropecuario a producir algo que terminará haciéndolo perder dinero, como es el caso del maíz, un cultivo tan emblemático para el agricultor argentino y que debió dejarlo de lado por esa mera cuestión de rentabilidad.
Nadie duda que el maíz es un excelente cultivo mejorador de suelos y un mejor socio para la soja en las rotaciones, brindándole además una mayor sustentabilidad al sistema. Pero todas las ventajas que brinda esta gramínea, como una alternativa en esas rotaciones, parecen no alcanzar a la hora de elegirlo.
No obstante, sí hay otras alternativas válidas que forman parte de la política integral que debería brindar el Gobierno nacional al agro argentino -hoy ausente en la mayoría de los sectores productivos-. Entre otras, la eliminación de las retenciones a las exportaciones en forma inmediata para el productor maicero (y de todos los cultivos agropecuarios); bajar las alícuotas de Ingresos Brutos y la de otros impuestos distorsivos. Sería un incentivo y un motivo suficiente para equilibrar la balanza a favor de la gramínea.
Además, la falta de infraestructura en el país para almacenar la gramínea y el insuficiente número de fábricas para darle valor agregado al grano del maíz, son una asignatura pendiente.
La obtención de glucosa, fructuosa o alcohol, además de la elaboración de alimentos de gran valor para el ser humano o para la dieta animal son actividades prácticamente no explotadas en el país. Hoy, el principal destino del maíz es el mercado externo, utilizando los principales puertos del Paraná en forma de commodity, cuando perfectamente podría obtener, dentro de nuestras fronteras, un mayor valor agregado que quedaría en manos del sistema productivo nacional.
Pero este punto débil en la cadena productiva argentina obedece a una falta de motivación por parte del Estado con políticas claras y estables dirigidas a las inversiones. No se las tienta para que queden en el país y no busquen otras fronteras, como ocurre hoy con capitales nacionales que emigran hacia países vecinos como Uruguay, Brasil o Chile en busca de mayor previsibilidad en las inversiones.
Si tomamos como ejemplo a la soja, cuyas exportaciones se componen de granos (menor porcentaje), aceite de soja, pellets y harina, sus alternativas de comercialización la convierten en un ejemplo en materia de valor agregado a los commodity agropecuarios. Es una materia que, para el maíz, el Estado y el sector privado deberán explorar en forma inmediata.
Esta disminución se debió a los menores valores obtenidos en las cosechas de maíz, por una menor superficie implantada y bajos rendimientos logrados tras la sequía que afectó a vastas regiones del país, durante el verano. Esta cifra cosechada de granos se convierte en la segunda mejor de la historia, detrás de la lograda en la campaña pasada.Lo que sí está claro es que la gran vedette fue nuevamente la soja, que experimentó un crecimiento en la superficie sembrada y su cosecha será superior a los 40 millones de toneladas. No obstante, estas cifras que parecen convertirse en un gran logro para los productores de la leguminosa, debe convertirse en un severo llamado de atención por la elevada "sojización" que sufrió la agricultura argentina, generada por la baja rentabilidad del cultivo del maíz y su reemplazo, en casi todas las latitudes, por el cultivo de la soja.
Lo que además está claro es que nadie puede obligar al productor agropecuario a producir algo que terminará haciéndolo perder dinero, como es el caso del maíz, un cultivo tan emblemático para el agricultor argentino y que debió dejarlo de lado por esa mera cuestión de rentabilidad.
Nadie duda que el maíz es un excelente cultivo mejorador de suelos y un mejor socio para la soja en las rotaciones, brindándole además una mayor sustentabilidad al sistema. Pero todas las ventajas que brinda esta gramínea, como una alternativa en esas rotaciones, parecen no alcanzar a la hora de elegirlo.
No obstante, sí hay otras alternativas válidas que forman parte de la política integral que debería brindar el Gobierno nacional al agro argentino -hoy ausente en la mayoría de los sectores productivos-. Entre otras, la eliminación de las retenciones a las exportaciones en forma inmediata para el productor maicero (y de todos los cultivos agropecuarios); bajar las alícuotas de Ingresos Brutos y la de otros impuestos distorsivos. Sería un incentivo y un motivo suficiente para equilibrar la balanza a favor de la gramínea.
Además, la falta de infraestructura en el país para almacenar la gramínea y el insuficiente número de fábricas para darle valor agregado al grano del maíz, son una asignatura pendiente.
La obtención de glucosa, fructuosa o alcohol, además de la elaboración de alimentos de gran valor para el ser humano o para la dieta animal son actividades prácticamente no explotadas en el país. Hoy, el principal destino del maíz es el mercado externo, utilizando los principales puertos del Paraná en forma de commodity, cuando perfectamente podría obtener, dentro de nuestras fronteras, un mayor valor agregado que quedaría en manos del sistema productivo nacional.
Pero este punto débil en la cadena productiva argentina obedece a una falta de motivación por parte del Estado con políticas claras y estables dirigidas a las inversiones. No se las tienta para que queden en el país y no busquen otras fronteras, como ocurre hoy con capitales nacionales que emigran hacia países vecinos como Uruguay, Brasil o Chile en busca de mayor previsibilidad en las inversiones.
Si tomamos como ejemplo a la soja, cuyas exportaciones se componen de granos (menor porcentaje), aceite de soja, pellets y harina, sus alternativas de comercialización la convierten en un ejemplo en materia de valor agregado a los commodity agropecuarios. Es una materia que, para el maíz, el Estado y el sector privado deberán explorar en forma inmediata.
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