07 Septiembre 2014
La gran lección de la Liturgia de hoy es que la lucha por mejorar continúa toda la vida. Cuando ayudamos a quien equivoca en el camino, cuando existe un amor sincero, humilde y fuerte para aceptar la corrección o para practicarla allí vamos creciendo. Quien corrige o es corregido, si es sencillo y fuerte, se sabe querido, ayudado y no criticado, y “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, nos dice hoy el Señor. Sí, el Señor siempre estará para ayudarnos. El evangelio es una oportunidad para reflexionar la esencial importancia de ser “hermanos”. Hace un tiempo venimos reflexionando sobre el paso de “ser habitantes a ciudadanos”, consideración surgida frente al desvarío social que los argentinos vivimos hace un poco más de una década. Axioma válido y necesario: no ser meros habitantes sino ciudadanos comprometidos con la sociedad de la que somos parte. Ahora bien, los cristianos vemos en el evangelio de este domingo una visión superadora de este principio y que no es justamente valorado: los cristianos no sólo somos habitantes; somos ciudadanos pero por sobre todo somos hermanos. La fraternidad nace de la misma condición de Hijos del mismo Dios. Quedarnos en ciudadanos es permanecer en la Polis griega; para nosotros es más fuerte ser hermanos y desde allí ser buenos ciudadanos superando la mera existencia habitacional. Esta fraternidad implica hacernos cargo de la flaqueza del otro y no condenarlo sino ayudarlo a que crezca y mejore; es superadora porque la actitud fraternal se juega por la integridad moral del otro, sin la cual no puede haber ciudadanía que valga. Si algo olvidó la Revolución Francesa fue el aspecto de la fraternidad. Se hizo hincapié en la igualdad y la libertad, se endiosó la autonomía individualista de la sociedad y se olvidó el aspecto fraternal de la humanidad, porque en el fondo ella remitía a Dios, Padre de todos. Cuando una sociedad busca edificarse sin Dios que es Padre, los hombres nos desencontramos porque olvidamos que somos hermanos. La fraternidad no es un apelativo dulzón, un tanto romántico para hablar de la sociedad, ser hermanos es algo esencial a la experiencia misma de la humanidad; la presencia de tanta guerra, de tanto martirio contemporáneo, de tanta exclusión social, moral, educativa, refleja el ocaso real de la conciencia de ser hermanos. Cuando Hobbes señala que el drama de la sociedad es que el hombre se volvió “lobo” de otro hombre está marcando el síntoma espiritual que ha signado el siglo XX y comienzo del XXI. Cuando el Papa Francisco se pregunta ¿dónde estabas hombre para hacer lo que hiciste…? Hablando del holocausto nos está marcando el drama del hombre que olvidó que su par es otro hermano. Cuánto nos impele la fraternidad: querernos, perdonarnos, ayudarnos, saber que los otros no son enemigos. El evangelio nos llama a corregirnos con el cariño propio de los hermanos, sabiendo que todos somos capaces de los peores errores y horrores de la vida. La fraternidad implica una natural “indulgencia” que mira a dar otras oportunidades para crecer, para darnos una mano en las nuevas posibilidades que Dios y la vida nos dan para crecer.
Es triste que la vida se nos pase cerrando el corazón a los otros; la vida hay que edificarla con una fe que nos haga ver a los otros como hermanos y no como competidores; es la forma de superar la mera existencia habitacional para forjar una ciudadanía que se basa no solo en la ley sino en el amor de hermanos, hijos de un mismo Padre Dios.
Es triste que la vida se nos pase cerrando el corazón a los otros; la vida hay que edificarla con una fe que nos haga ver a los otros como hermanos y no como competidores; es la forma de superar la mera existencia habitacional para forjar una ciudadanía que se basa no solo en la ley sino en el amor de hermanos, hijos de un mismo Padre Dios.
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