El fin de los “Hooligans”
“Yo no tengo poder, pero tengo el teléfono de los que tienen poder”, dijo Rafa Di Zeo, referente barrabrava. “La violencia, para nosotros, era un estilo de vida”, escribió Cass Pennant, un ex “hooligan”. En estas dos frases se refleja la esencia de ambas parcialidades. Por lo tanto, el método inglés para garantizar la seguridad debería tomarse como guía y no como una fórmula mágica. Los barrabravas crecieron y se desarrollan porque existe complicidad de dirigentes, políticos y jugadores. Seguir al equipo fue el punto de reunión de los hooligans, quienes descubrieron que beber cerveza y pelearse con las bandas de equipos adversarios era una buena diversión para los sábados. Pero no tenían vínculos con el poder. La violencia en las canchas inglesas fue acorralada con una activa participación del Estado. El 29 de mayo de 1985, el mundo miraba a Bruselas. De un lado Liverpool y del otro Juventus, definían la Copa de Campeones de Europa. El tenso ambiente colmó la previa en el estadio de Heysel; allí, las barras de Liverpool se abalanzaron contra sus similares de Juventus y dejaron 39 muertos. Ese fue el principio del fin de los “hooligans”. La UEFA castigó a Liverpool con 10 años de suspensión en los torneos continentales y con 5 al resto de los clubes ingleses. La primera ministra, Margaret Thatcher, declaró: “hay que limpiar el fútbol inglés de los ‘hooligans’”. En la semifinal de la FA Cup de 1989, entre Liverpool y Nottingham, en Sheffield, con la cancha colmada, hooligans e hinchas comunes pugnaron por entrar, derribaron vallados y aplastaron contra el alambrado olímpico a la gente que ya estaba en las tribunas: 93 muertos. Thatcher se hizo cargo del problema al entender que era un asunto social y no exclusivamente del deporte. Ordenó una investigación profunda, de la que surgió una batería de medidas entre las que se destacaban: más poder a la policía, penas más severas y reacondicionamiento de las canchas. Los dos primeros puntos se resolvieron con un amplio consenso político; para lo tercero se necesitaba dinero para modernizar los estadios (todos sentados, cámaras de video, mejora de accesos). El Estado aportó préstamos a los clubes, apareció la cadena satelital Sky. que compró los derechos televisivos y dio otra fenomenal inyección de dinero. Grupos élite de la policía fueron creados para combatir los nichos “hooligans” en los suburbios; se consiguió la sentencia de cerca de 50 caciques, más la judicialización de por lo menos 5.000 fanáticos más. La avanzada de Thatcher contra las barras no acabó ahí. Todos los entes de la sociedad inglesa se unieron en pro de acabar con las barras. Las sanciones no iban solamente al núcleo futbolístico, sino que trascendían los estadios. Cualquier lugar de encuentro de los “hooligans” era objeto de redadas policiales. Locales comerciales fueron sancionados por acogerlos. Los “hooligans” se fueron diluyendo. Con los controles policiales estrictos, las nuevas leyes y la falta de dinero para costearse la asistencia periódica a las canchas, no les quedó más remedio que ver fútbol por televisión. Con las medidas tomadas a lo largo de la década de los ‘90, el fútbol en Inglaterra dejó de ser cultivo de violencia para convertirse en un espectáculo familiar.
Luis Eduardo Cervantes
cervantesluiseduardo@gmail.com
PASADO Y PRESENTE
Se suele decir: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Siempre estuve en desacuerdo con aferrarnos demasiado al pasado, porque el pasado no existe, ya es historia. Tampoco existe el futuro, es una utopía y sólo nos sirve para incentivarnos a seguir adelante. Lo único que tenemos es el presente, que ya, pronto, en pocos minutos, será pasado. Por eso debemos vivirlo intensamente, de la mejor manera posible sin desperdiciar el tiempo que es tan valioso. Pero a pesar de todos estos razonamientos que yo me planteo, muchas veces es imposible impedir que oleadas de recuerdos hermosos inunden mi mente y mi corazón. Por ejemplo, cómo olvidar a mi abuela, que en las tardes de verano -y cuando el sol declinaba- sacaba el sillón a la vereda y se enfrascaba en amistosa charla hogareña con la vecina. O cuando nosotros, los niños vecinos pintábamos en la vereda una rayuela y hacíamos tejos con cáscara de naranja. También estaba la opción del Martín Pescador, o la Piza Pizuela y tantos juegos con los cuales ejercíamos nuestra condición de niños. Cuando molestábamos dentro de casa, se escuchaba: ”¡Vayan a jugar a la vereda!”. Recuerdo que íbamos a la escuela solos, sin que ningún peligro nos acechara. Cuento como anécdota ahora increíble: En cierta oportunidad, toda nuestra familia vivía en La Banda (Santiago del Estero). Mi esposo, ingeniero vial, tenía trabajo allí. Cuando venía a almorzar ¡solía dejar la camioneta en la puerta de casa, con la puerta sin llave y las llaves puestas! Hoy, la realidad que vivimos supera la fantasía. ¿Qué nos pasó? ¿En qué recodo de la historia cambió todo? Ahora las abuelas ya no se sientan en la vereda, porque es peligroso o están en un geriátrico. Los niños no salen a la calle a entretenerse por el peligro que encierra y, además, no saben jugar; están adheridas su mente y su alma a la tecnología que los ha convertido en pequeños robots. Van a la escuela llevados y recogidos por sus padres. Las familias viven encerradas bajo llave y con alarmas, porque ya ni dentro del hogar hay seguridad. La gente camina por las calles con temor al arrebato. Los autos no son inmunes al robo a pesar de las alarmas. Hasta cruzar la calle encierra un grave peligro, porque muchos vehículos no respetan la luz roja. Sinceramente, ante este presente dramático y deshumanizado en que vivimos, no puedo evitar que esos recuerdos maravillosos me dominen y añore aquellos: ¡Tiempos pasados que fueron mejores!.
Silvia Neme de Mejail
nemedemejail@yahoo.com.ar
ENTRE RICOS Y POBRES
Para no ser aburrido y repetitivo sobre lo necesario que significa cambiar nuestro país dividido en dos, voy a referirme no la grieta de la que hablan los políticos actuales, sino de algo más profundo que una grieta. Es la división de dos clases: los que pueden vivir más o menos bien en este rico país, y los que no tienen nada de nada. Los villeros son millones, no 100 o 1.000. ¡Millones! Y la cantidad de desvergonzados que cobran y no hacen lo que deben hacer, como políticos o empleados públicos de todo tipo, tanto en la Justicia, como en el Ejecutivo y en la Legislatura, son los que hacen oídos sordos y ojos ciegos. A ellos les dedico todas mis ideas sobre evolución. No revolución ni involución. A los que saben, es hora de hablar, no de callar. Se los pide nuestro destino como Nación. ¿Qué esperan para renovar cloacas, alcantarillas y a las tapas hacerlas de hierro e impedir que las roben? Pónganse de acuerdo, porque la historia no perdona, ¿o esperan que los ingleses vuelvan a hacer lo que hicieron hace 118 años y aún están bajo tierra? ¿Acaso no se cansan de esto que no hacen? ¡Pónganse a trabajar de una buena vez!.
Carmelo Felice
carfico@live.com




















