La Historia de la Salvación, con las predilecciones de Dios y las ingratitudes y aun crueldades de los hombres, no sólo es historia bíblica sino historia de la humanidad y de cada hombre.

Acosados por el desmesurado aprecio de la pertenencia y propiedad de las cosas, puede resultar difícil entender que no somos propietarios del Reino de Dios, sino los llamados a trabajar en lo que es propio de Dios (la “viña”) y a dar fruto.

Podemos ver en el relato del Evangelio de este domingo que comienza de manera similar al canto de Isaías: “Un propietario plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre”. Viene después el momento decisivo en el que el propietario confía la viña a unos labradores y se marcha. Se pone a prueba la lealtad de los labradores: se les ha confiado la viña; deberán vendimiar y entregar después la cosecha al propietario.

El pasaje del Evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestras responsabilidades y sobre los dones que cada uno tenemos. Sí somos posesivos, sí nos creemos dueños de ellos y en esa conducta perdemos de vista que el único dueño es el Señor.

Esta parábola debe ser también para nosotros un aviso de la actitud posesiva. Todos tenemos responsabilidades: unos a un nivel modesto, otros a un nivel más alto, otros a un nivel altísimo. Mas para todos es decisiva la actitud que asumamos respecto a tales responsabilidades.

La tentación que nos acecha es siempre la misma: adoptar una actitud posesiva, diciendo: “Dios me ha dado unos dones, soy su propietario, hago con ellos lo que quiero. He recibido un puesto de autoridad, me aprovecho de él en mi propio interés, para acumular dinero, etcétera”. De este modo, asumimos una actitud posesiva, en vez de ejercer la autoridad en bien de todos.

La actitud posesiva está en la base de muchísimos pecados y de muchísimas injusticias. Con ella querríamos alcanzar la felicidad, pero, en realidad, no es eso lo que tiene lugar. En efecto, la verdadera felicidad sólo se encuentra en una vida de amor y de servicio a los demás. Todos los dones, todos los talentos que Dios nos ha dado y nos da, son instrumentos para poder amar y servir al prójimo. Si lo usamos de una manera egoísta para buscar nuestro interés, nos parecemos a los labradores rebeldes de la parábola.

Si analizamos nuestra Argentina en esta clave evangélica, no podemos salir de nuestro asombro al ver el paralelismo existencial de una sociedad esquilmada por sus dirigentes que la tomaron como propiedad exclusiva y en un afán de posesión desmedida han esquilmado el futuro generacional de nuestra Patria. La Argentina es nuestra viña, la de todos sin excluir a nadie, pero su historia reciente nos muestra que la estamos vaciando para fines egoístas.

Como señalamos en esta columna el domingo pasado, el registro del 40,1% de pobreza muestra generaciones futuras que están hipotecadas, y ¿por qué? Porque los que debían trabajar la viña (nuestra Nación) la vienen vaciando de sus grandes riquezas humanas y espirituales. Deberemos rendir cuenta de todo.

Que cada uno, en su pequeña viña que puede ser tu vida, tu persona, tu familia, tu trabajo, pueda ser responsable en dar los frutos debidos para Dios, la Patria y cada habitante que vive en este suelo argentino.