A más de 500 kilómetros de Tucumán, en una ciudad salteña rodeada de quintas y cultivos, un helado fucsia vibrante, simple y popular volvió a encontrar su lugar. La achilata, ese clásico de las siestas tucumanas que se sirve en vasos y refresca desde hace generaciones, cruzó fronteras provinciales y se convirtió en el sostén de una familia. No llegó como una moda ni como un emprendimiento planificado. Llegó con nostalgia, con viajes largos y con la decisión de no soltar las raíces.
En Colonia Santa Rosa, una ciudad ubicada al noreste de Salta y habitada por casi 17.000 personas, Patricia Ortiz y su marido venden achilata hace casi 10 años. Ella nació y se crió en Tucumán. Vivió su infancia en la zona de La Loma, detrás del hipódromo, y hace más de dos décadas se mudó al norte salteño. Allí formó su familia y encontró, en un producto profundamente tucumano, una manera de salir adelante.
Un gusto que viaja
Colonia Santa Rosa es un conglomerado de fructíferas quintas formadas por inmigrantes y sus descendientes. En ese paisaje rural, la achilata parecía ajena. Al principio nadie la conocía. “Tengo familia en Tucumán y siempre estoy yendo y viniendo”, contó Patricia. La idea surgió en uno de esos viajes. Su esposo Oscar Alejandro Tula (53), era camionero y recorría rutas con frecuencia. Ella solía acompañarlo. “Mi marido viajaba seguido a Tucumán y un día se nos ocurrió traer achilata para vender acá. Empezamos de a poco, casi como una prueba”, recordó.
Cuidar el sabor
Llevar achilata no es sencillo. El viaje supera las siete horas y el producto es frágil. “Mi marido envolvía los tachos con todo lo que podía para que lleguen bien. Había que cuidarlos mucho”, relató. Al comienzo llevaban pocas cantidades y vendían desde su casa.
Con el tiempo, la demanda creció: “Cada vez que él iba a Tucumán compraba más. A veces se complicaba por los controles o por el tiempo de viaje”. A pesar de las dificultades, el producto siempre llegó en condiciones.
Hace tres años, la historia dio un giro. Su marido perdió el trabajo y decidió dedicarse de lleno a la venta ambulante. “Empezamos a traer mucha más cantidad y la verdad es que se vende muchísimo”, afirmó. Hoy salen todos los días, de lunes a lunes, salvo cuando la lluvia es intensa. Recorren la colonia desde la siesta hasta el anochecer.
El sustento del hogar
Actualmente venden 50 tachos de achilata. “La mayoría de las veces Oscar vuelve con uno o dos tachos nada más”, detalló Patricia. También hacen entregas a domicilio, venden en la plaza y en fiestas patronales, donde la demanda se multiplica.
La achilata se convirtió en el principal ingreso del hogar. Patricia, además, sostiene una despensa pequeña. Venden durante todo el año, incluso en invierno. “Yo pensé que íbamos a vender solo hasta abril, pero en mayo y junio la gente igual buscaba achilata. Hace frío y vienen igual, con camperas, y compran”, señaló. La venden en bochas chicas y en potes de un cuarto de kilo. No trabajan por mayor.
Raíces que no se sueltan
Al comienzo, la vendedora debía explicar de qué se trataba. “Les decía que es como un refresco, más rico que el picolé. La probaban y les gustaba. Hoy ya la conocen todos”, afirmó. La achilata dejó de ser una curiosidad y pasó a formar parte del paisaje cotidiano de los santarroseños.
Patricia tiene 52 años y tres hijos varones. La historia familiar se sostiene con trabajo diario y con un sabor que remite al origen. “La achilata es tucumana y llevarla a otro lugar me llena de orgullo. Es una forma de mantener mis raíces”, dijo emocionada. A cientos de kilómetros de su provincia natal, ese helado simple y colorido cuenta de dónde es en cada bocado .