Uno puede tener la impresión de que una novela es solo un entretenimiento y nada más. Pero, a veces, esos libros de ficción que parecen una compañía pasajera te pueden dar una grata sorpresa y dejarte un aprendizaje inesperado. Días pasados, leyendo “El amigo”, la historia de una escritora y su mascota, me llamó la atención un nombre que apareció casi al pasar. Ese nombre me obligó a detenerme: Svetlana Alexievich. Confieso que era la primera vez que oía hablar de ella. Sin dudarlo fui a investigar y encontré que pertenece a ese excepcional grupo de periodistas que, sin dedicarse a la ficción, alcanzaron la cima literaria y fueron galardonados con el Premio Nobel. Ella lo recibió en el año 2015. Su obra está construida a partir de entrevistas, monólogos y testimonios de personas que padecieron grandes tragedias. Entre ellos, uno de sus trabajos más conmovedores es “Voces de Chernobyl”. Aunque fue censurada e ignorada en Rusia, supo sobreponerse a la tradición autoritaria y dar a conocer los relatos de los sobrevivientes: verdaderos, crudos y estremecedores. Gracias a esa obra, además, se filmó la serie “Chernobyl”, sobre la catástrofe nuclear de 1986. Mientras meditaba sobre ella, me vino a la memoria la trayectoria de otra gran periodista: la italiana Oriana Fallaci, que, a diferencia de la escritora bielorrusa, entrevistó a los líderes más poderosos de su tiempo. Sin pelos en la lengua, por sus preguntas pasaron Kissinger, Khomeini, Arafat, Galtieri, Golda Meir y tantos otros. Fue una cronista frontal y valiente, que se enfrentó cara a cara con guerrilleros, presidentes y dictadores, sin suavizar jamás una pregunta ni disfrazar una opinión. Svetlana, por su parte, escuchó a las víctimas anónimas, esas vidas quebradas que vivieron una tragedia desde adentro, como la de Chernobyl. Ambas -Oriana y Svetlana-, cada una a su manera, representaron el mismo principio: la palabra como acto de valentía. Oriana falleció en 2006. Svetlana, con sus 77 años, vive actualmente en Berlín. Sin poder regresar a Bielorrusia, continúa enfrentando los mandatos del silencio. En tiempos de discursos oficiales y vientos de guerra, ella nos recuerda algo esencial: la verdad no llega con estruendos ni gritando, sino como una voz que suena suave y con coraje. El 15 de diciembre de 2015, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, dijo: “Cuántas novelas desaparecen sin dejar rastro. Me encanta cómo hablan los seres humanos. Me encanta la voz humana, solitaria. Es mi más grande amor y pasión”.

Juan L. Marcotullio

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