Durante muchos años, la vinaza representó un problema serio para Tucumán. Generó conflictos ambientales a nivel provincial e interprovincial y, quienes trabajan en el sector, conocen sus impactos. El punto de inflexión en la provincia fue la prohibición del vuelco a los cursos de agua, medida que llegó tras episodios visibles de deterioro ambiental, incluida una elevada mortandad de flora y fauna acuática en el dique El Frontal. Entre una zafra y la siguiente había que resolver un desafío enorme: encontrar un destino inmediato y seguro para ese volumen tan alto de efluente.

Ese destino fueron los suelos de los campos. Se elaboraron alternativas para aplicar la vinaza tanto en suelos productivos como en suelos de menor capacidad, y desde la zafra 2012 la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (Eeaoc) viene generando información confiable sobre su uso y sus efectos sobre los indicadores de calidad del suelo.

Este importante tema puede ser seguido en un artículo publicado en la Revista Avance Agroindustrial de la Eeaoc sobre el manejo agrícola de la vinaza en Tucumán, elaborado por Carolina Sotomayor, de la Sección Suelos y Nutrición Vegetal, donde se presentan más de diez años de investigación y monitoreo que respaldan su uso bajo criterios científicos y control permanente.

Es por ello que con el manejo agrícola de la vinaza en Tucumán se busca una solución del problema ambiental con un sistema de manejo con base científica cierta.

La vinaza fue durante años un problema ambiental para Tucumán. La prohibición del vuelco a cursos de agua, luego de algunos episodios ambientales críticos, obligó a encontrar una alternativa inmediata y segura para un efluente generado en grandes volúmenes por la industria sucroalcoholera.

Hoy, más de una década después, la provincia cuenta con un sistema de manejo agrícola respaldado por investigación local. Desde 2012, la Eeaoc, a través de su Sección Suelos, desarrolla estudios y monitoreos que permitieron transformar ese residuo en un insumo agrícola, siempre bajo criterios técnicos y control estricto.

Aplicación de la vinaza

El destino principal de la vinaza es el suelo agrícola, especialmente en áreas cañeras. Su aplicación se basa en dos principios centrales: volúmenes controlados y distribución homogénea.

La vinaza aporta materia orgánica y nutrientes, particularmente potasio y nitrógeno, componentes esenciales para el cultivo de caña de azúcar. Sin embargo, su uso no se define solo por lo que aporta, sino por cómo impacta en la calidad del suelo.

Por eso, el manejo actual se apoya en monitoreos periódicos que evalúan principalmente indicadores de calidad de suelos, tanto químicos, físicos y biológicos. Los resultados acumulados desde hace 14 años permiten afirmar que, en suelos cañeros, dosis del orden de 150 a 200 metros cúbicos por hectárea al año no generan efectos negativos en la funcionalidad del suelo cuando se aplican con criterio técnico.

Un aspecto clave es la logística. La superficie apta para aplicar vinaza en Tucumán es mayor que la utilizada actualmente. La limitante no es agronómica sino operativa: el traslado del efluente y la capacidad de aplicación. Por eso, el uso requiere equipamiento adecuado —cañones regadores o estiercoleras para líquidos— que eviten acumulaciones en sectores bajos y garanticen uniformidad.

A ello se suma la necesidad de trabajar siempre con volúmenes controlados.

En un análisis más detallado, datos propios de la Eeaoc permiten afirmar que por año pueden aplicarse hasta 200 metros cúbicos por hectárea sin perjudicar la funcionalidad física, química ni biológica del suelo. Esta recomendación es sólida y está respaldada por años de estudios.

El acompañamiento técnico a la agroindustria sucroalcoholera forma parte esencial del proceso. Desde 2012 se relevan suelos regados con vinaza en campo y en laboratorio. Más del 60% de las destilerías participan en estos monitoreos. El rol de la investigación es brindar información clara, señalar los efectos beneficiosos, emitir informes técnicos periódicos y advertir a tiempo cualquier indicio de riesgo para la funcionalidad del suelo, de modo que pueda corregirse sin demora. La misión es asegurar que la calidad de las tierras se mantenga o mejore.