A los 24 años, Agustina Vélez Picatto vio una forma amarilla en una pared. Nadie más la veía. Con el tiempo, esa experiencia se volvió algo que podía provocar a voluntad. Hoy, una década después, entra en estados visionarios sin usar sustancias y un equipo del Conicet analiza qué pasa en su cerebro mientras eso ocurre.

La historia no quedó en lo personal. En febrero de 2026, un estudio publicado en la revista científica NeuroImage registró su actividad cerebral durante esos estados. El caso llamó la atención por una razón concreta: permite estudiar experiencias profundas de la mente sin recurrir a psicodélicos ni a años de entrenamiento en meditación.

Un experimento poco común

Agustina es psicoanalista e integra un equipo de investigación en Córdoba. Durante cinco meses participó en 20 sesiones dentro de un resonador magnético. En cada una repitió el mismo proceso: pasar de un estado cotidiano a uno “no ordinario” y volver.

El protocolo permitió observar cómo cambia la actividad cerebral en cada etapa. Para los investigadores, el punto clave fue la consistencia: la experiencia se repitió con la misma estructura en todas las sesiones.

FMRI. Un resonador magnético funcional (fMRI) permite observar la actividad cerebral mientras la participante entra en trance. / PEXELS

Qué pasa en su cerebro

Los resultados mostraron algo distinto a lo esperado. En estudios con psicodélicos, el cerebro suele perder organización en ciertas redes. En este caso ocurrió otra cosa: hubo cambios, pero con una estructura estable.

Algunas áreas redujeron su conexión con el entorno externo, mientras otras reforzaron su comunicación interna. El cerebro se volvió más introspectivo, sin perder coherencia.

Ese patrón abre una línea nueva para estudiar la conciencia en laboratorio, con mayor control sobre lo que ocurre.

ESTUDIOS DE SU CEREBRO. Los resultados no coinciden con lo que se conoce sobre psicodélicos. / CONICET

Cómo empezó todo

Desde chica, Agustina mostró interés por preguntas sobre la mente y la realidad. A los 24, una percepción visual fuera de lo común despertó su curiosidad. Con el tiempo empezó a buscar esa experiencia de forma intencional.

Así desarrolló una capacidad que hoy describe como entrenada, aunque nunca pasó por prácticas formales de meditación.

En esos estados aparecen patrones geométricos, cambios en la percepción del cuerpo y una sensación de conexión amplia. También mantiene conciencia de dónde está, lo que le permite describir lo que vive.

Un caso que abre preguntas

El estudio tiene límites claros: se trata de un solo caso y no representa a la población general. Aun así, aporta algo valioso. Muestra que es posible investigar estados complejos de la mente sin depender de sustancias.

También plantea nuevas preguntas sobre cómo se organiza la experiencia consciente y qué condiciones permiten acceder a esos estados.

El caso de Agustina no cierra el debate sobre la conciencia. Lo abre. Entre la ciencia y la experiencia personal, su historia funciona como un puente: muestra que todavía hay zonas poco exploradas de la mente y que, en algunos casos, se pueden estudiar sin salir del laboratorio.