Cómo desaparecer en un instante

Agatha Christie, Thomas Pynchon, Robert Walser, Ambrose Bierce, Jean Rhys. El final de estos escritores, o en algún caso gran parte de su vida, es un intento por difuminar sus trazos vitales o el último tramo de su existencia. Pasen y lean.

26 Mayo 2024

Por Hernán Carbonel

Para LA GACETA - SALTO

No hay un principio. Y que no haya un principio tiene que ver con Chéjov. Y a eso ya lo veremos sobre el final. De todos modos, por algún lugar hay que empezar a hablar de los que desaparecieron en un instante, o quisieron desaparecer y no lo lograron, o lo lograron, pero fueron traídos de vuelta al horrible mundo de los vivos, y ese lugar tiene nombre de mujer y se llama Agatha Christie.

A mediados de la década del ’20, a sus treinta y pico, Agatha Mary Clarissa Miller desapareció de un día para el otro, el auto a la buena de dios al borde de una carretera (permitámonos pensar en el querido Richey James Edwards, vocalista de los Manic Street Preachers). La encontraron diez días después, en un hotel en el que se había registrado bajo el nombre de una amante de su marido (a la manera del Villari de Borges en “La espera” o algunos personajes de Auster: espejamiento, doppelgänger, sustitución de identidad mediante). Algunos aventuraron depresión; otros, amnesia temporal; los más conspicuos, la traza del argumento para una novela policial aún por escribirse. ¿Se preguntaron, esos mismos, cómo es que Agatha Christie conocía el nombre de la amante de su marido? Bien, tarea para el hogar.

El nombre siguiente es una de fogón que conozcamos todos y tiene una bolsa de papel –según vimos repetidamente, y esa es una de las pocas repeticiones en las que somos felices– con el estampado de un signo de pregunta ocultando su rostro, porque es como aparece en el capítulo “Sátira de un ama de casa loca” de Los Simpson. De Thomas Pynchon, que ya ronda los ochenta y cinco pirulos, sólo se conocen fotos de sus épocas de estudiante y marine. Así es a veces como las cosas se vuelven invisibles. Escondiéndose. A Salinger le gusta esto.

El que sigue es otro número puesto, uno de esos suplentes que no falla a la hora de entrar y cambiar el resultado del partido. Colaboraciones literarias aquí y allá, inestabilidad laboral, vida nómade, micrografía; alucinaciones acústicas, insomnio ansiedad; no es tanto el mundo como él mismo quien descree de sus capacidades; “brillas sólo hacia adentro”, le dijo alguna vez uno de sus hermanos a Robert Walser. Camina ocho, diez, doce horas diarias; en 1929 se interna en un manicomio. Algo termina por romperse. Acaba de cumplir los cincuenta años. No publica hace rato. Rilke, Hesse, Brod, Kafka lo han leído (¿huelen ustedes el amargo aroma de la envidia en este momento?). No llega a los ochenta cuando aparece muerto en un bosque después de una de sus típicas caminatas, mejor vestido para un velorio que para un vagabundeo en el bosque. Qué lejos le ha quedado Jakob von Gunten. Qué cerca le queda el abrazo a sí mismo.

Esto es harto sabido, pero démonos el gusto, porque a ese viejo cabrón es imposible no quererlo y en este pasaje tampoco se pone en duda el don de la repetición. En diciembre de 1913, Ambrose Bierce cruza a México –entonces en plena revolución– por El Paso –sí: cruzar por el paso– y en Ciudad Juárez se une al ejército de Pancho Villa. La Enciclopedia Británica arriesga que pudo ser asesinado en el sitio de Ojinaga, en enero de 1914, batalla en la que se registra la muerte de “un gringo viejo”. En una carta fechada en octubre de 1913 escribió a uno de sus familiares: “si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México — ¡ah, eso sí es eutanasia!”. Dejó, entre tantas otras cosas, esa maravilla del cinismo contemporáneo que es el Diccionario del Diablo, y, entre tantas otras cosas, ese hermoso cuento que es “El puente sobre el río Búho”, del que Borges es deudor con “El milagro secreto” (los famosos cien años de perdón).

Y también tiene nombre de mujer Jean Rhys, aunque nacida como Ella Gwendolen Rees Williams en Dominica, Antillas menores. Nos quedamos sin caracteres así que vamos al punto: prepotencia frente al mandato familiar, vida itinerante, aborto, pobreza, alcoholismo, matrimonios varios, resistencia a las sociedades patriarcales. Cuarenta años sin publicar hasta Ancho mar de los Sargazos (vale el hipervínculo con el disco de Skay Beilinson), la novela en la que trabajó durante treinta años y que al fin la trajo de nuevo a la palestra. Lean su biografía, parece de novela, justamente (no hay texto que abarque una vida por más que la newage literaria de la autoficción se lo proponga).

Mucho de esto lo pueden encontrar en Bartleby y compañía, de Vila-Matas; aunque al querido Enrique se le han escapado algunas y algunos por cuestión de agenda y espacio, o porque quizás hacía mucho calor en Barcelona ese día y Enrique ha de haber dicho a tomar por culo porque ya no tenía ganas de trabajar, o, quién sabe, porque no todas ni todos pueden acceder a esa angustiante idea del absolutismo borgeano. O lo pueden encontrar en las inefables contratapas de Forn.

Ah, sí, lo de Chéjov: “A todo cuento córtenle el principio y el final, porque son los lugares donde más mienten los escritores”. No hubo un principio. Tampoco hay un final. Respecto de la mentira y los escritores, bueno, ese es otro tema.

© LA GACETA

Hernán Carbonel – Periodista y escritor.

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