Al mal tiempo: una locura de película

Al mal tiempo: una locura de película

Hace miles de años, digamos en 1985, era muy común ir al cine a ver cualquier cosa. Especialmente los menores, que íbamos a la función “continuada”, o sea dos películas al hilo, éramos verdaderas “bumbunas”, carne de cinta. Las películas que íbamos a ver estaban rebautizadas por las licencias poéticas de los traductores argentinos, fenómeno que no ha desaparecido por completo. Se sabe que el objetivo de los traductores en campos como la poesía inglesa o la filosofía griega es pasar desapercibidos y ser transparentes mediadores. No es el caso de este subgrupo de traductores que le declararon la guerra abierta al laconismo del cine extranjero. Consideraban una abstracción insoportable, por ejemplo, que la película se llame literalmente “El sonido de la música”, y optaban pronto por el mucho mejor título “la novicia rebelde” que imponía una tensión teológica y de mandatos sociales más interesante (además de inexistente en la película).

No dejaron de tener aciertos colosales como renombrar a “101 dálmatas” de Disney con el vasoconstrictor título de “la noche de las narices frías”. Ni Neruda. “Solo en casa” era un nombre de película opaco, que no daba cuenta que quien quedaba solito era un niño rubio estadounidense y de clase alta, así que “Mi pobre Angelito” sale con fritas. Si hubiera sido afroamericano o un latino quizás optaban por un título más dramático como “La difícil Navidad de Kevin” o uno más crudo como “Pobres ladrones” o “Guarda con el negrito”.

La opinión periodística era muy importante para los espectadores y los cines. Cuando Rogelio Parolo criticó duramente la trama de “La sociedad de los poetas muertos” en este diario, casi lo mandan a Robin Williams con sus alumnos a pelear con él. Parolo hacía que uno vea cosas. Una noche en Biógrafo una intervención suya resignificó una película en sentido absolutamente positivo. Era “Reto a la muerte” (en inglés “duelo” a secas). Una de las primeras de Spielberg, una “road movie” donde un camión diabólico acechaba a un conductor. Mi experiencia era que la había visto antes y me había parecido muy tonta.

Parolo me miró desde la pantalla y me dijo “una importante acotación -estúpido ignorante-: el director enfoca con frecuencia el velocímetro para generar efecto de tensión. No se olviden -a vos te lo digo imbécil- que son millas por hora, no kilómetros”. Claro, gente transpirando miedo a 50 kilómetros por hora me parecía ridículo, pero con la conversión de Parolo comprendí que eran millas lo que el siniestro odómetro marcaba y resulta que llegaban a Mach Uno.

En estos días las posibilidades de acceder a películas, series y demás contenidos se han multiplicado hasta la locura. Al abrir las plataformas los productos nos patotean. Sumemos a esto que ya no hay prácticamente plazos, todo está en alguna plataforma. Ya no hay un Parolo que nos seleccione buen cine y nos entrene la mirada. Lo que hay es una especie de Parolo militante, normativo que no quiere ser un invisible facilitador de material ni un iluminador de contenido. Se trata de el recomendador serial. No menciona atributos de la recomendación, lo suyo es “tenés que verla”, “sé lo que te digo”, “haceme caso”.

Pocas cosas pueden salir bien si un amigo o pariente se convierte en recomendador serial. Una sugerencia es en primera instancia bien vista y se agradece para guiarse en el infinito de las plataformas. Lo que ocurre es que dado que la recomendación está colgada hasta el fin de los tiempos, ya no está “ te la perdiste”. El susodicho va a insistir en cada interacción para asegurarse de que todo el camino haya sido recorrido . Un camión diabólico a doscientas millas sobre nuestras espaldas. Su propósito en esta tierra es que uno vea, disfrute y reconozca una deuda de por vida con él, por haber iluminado el camino de lo imprescindible en Netflix, flow y o Pluto (es gratis).

Al mal tiempo: una locura de película

Ocurre que muchas veces se decidía ir al cine y después se elegía qué. De ahí una de las razones de que los títulos sean tan coloridos, por así decirlo. El tiempo es la sustancia del séptimo arte y ver una película era como pillar un pollo. Las cintas poco convocantes tenían menos vida que un pirpinto en la ruta nueve, así que eran comunes las advertencias ardientes: “Es muy buena, pero ya la van a sacar” . Era una caución y a la vez una forma de insultar a la sociedad y su gusto por lo sencillo.

Las críticas de especialistas tenían en la ficha técnica el rubro “interpretación” para indicar la complejidad de la trama y la sutileza del lenguaje cinematográfico. Después de, por ejemplo “Sexo: sin escenas”, se especificaba si su interpretación era “muy fácil” (o sea vaya nomás, tarúpido) “fácil” (le van a quedar picando algunas cosas) o “difícil” (es una ecuación para Pichi di Lullo, no se meta). Las “muy fáciles”eran las que solían tener sobrevida en cines periféricos o volvían al tiempo como película “telonera” de algún nuevo estreno. Sólo el muy especial (cine) Parravicini podía darse el lujo de funciones donde lo viejo y lo nuevo podían convivir en promiscua armonía.

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