
Luis Liberti: “Hubo un amparo de la Iglesia a la dictadura, pero no una complicidad”

Tres tomos, archivos desclasificados, miles de citas a pie de página. “La verdad los hará libres” se presenta como una obra monumental e inédita, la clase de esfuerzo imprescindible para abordar un tema potente de la historia contemporánea: la actuación de la Iglesia Católica en los procesos de violencia que padeció la Argentina entre 1966 y 1983.
Semejante tarea insumió años y el trabajo de un equipo de profesionales, dirigido por la Facultad de Teología de Universidad Católica Argentina (UCA) a pedido de la Conferencia Episcopal. Uno de sus autores, el presbítero Luis Liberti, llegará a Tucumán el 7 de abril para presentar esta colección en el auditorio de la Unsta (ver nota aparte).
En la previa del viaje Liberti habló en profundidad con LA GACETA sobre la naturaleza de la obra y sobre lo que representó para él afrontarla; narró pequeñas historias, reveló datos desconocidos y dejó profundas reflexiones.
- ¿Cómo surge el proyecto de “La verdad los hará libres”?
- Los libros son producto de una resolución de los obispos argentinos en el marco de la asamblea plenaria de noviembre de 2012, cuando todavía la presidía Jorge Bergoglio. Fue la última que firmó, porque al año siguiente ya era Papa. Lo que decidieron los obispos fue hacer una revisión histórica a fin de analizar y contextualizar ese período tan difícil de la historia argentina y la acción de la Iglesia Católica.
- ¿A qué se debe el recorte temporal?
- Los obispos pidieron que fuera de 1976 a 1983, pero cuando en el equipo empezamos a conversar vimos que teníamos que ir un poco más para atrás, porque la historia no comenzó el 24 de marzo. Así llegamos a la disrupción de un gobierno democrático como fue la caída de Illia en 1966. Es el año en el que la iglesia empieza a poner en práctica al Concilio Vaticano II, que había terminado un año antes.
- ¿Cuáles fueron las fuentes que utilizaron?
- A nadie puede ocurrírsele decir algo sin un fundamento histórico. Nosotros tuvimos acceso en los archivos de la Conferencia Episcopal Argentina, en Buenos Aires, a todo el material que está clasificado. Y por una especial deferencia del papa Francisco accedimos a los archivos vaticanos y de la Nunciatura del período 76-83. Además trabajamos con archivos de la Asamblea Permanente y del antiguo Centro Ecuménico de Derechos Humanos; de congregaciones; de obispados; y con archivos personales. Teníamos que fundamentar todo lo que escribíamos, así que quedaron 4.500 citas a pie de página. Es importante destacar que de esos años quedó mucho escrito, porque los obispos y el Gobierno se dijeron absolutamente de todo por escrito. Cada vez que se encontraban con la Junta Militar los obispos dejaban memos que registraban las conversaciones. Pero nada de eso se decía públicamente.
- ¿Por qué el título?
- Lo tomamos de la carta que escribieron los obispos cuando tomaron esta iniciativa, en la que concluyen con esa frase que es del Evangelio de San Juan. Te puedo asegurar que discutimos ese título, hasta que por fin nos pusimos de acuerdo. Cuando lo presentamos a la editorial Planeta querían que lo cambiáramos a “la verdad nos hará libres”, pero dijimos que no porque la verdad es el Evangelio y lo que intentamos hacer nosotros era ser fieles a la verdad.
- ¿Representó un desafío hablar de verdad justamente en tiempos de posverdad, cuando la manipulación de los hechos y de la memoria está a la orden del día?
- La verdad siempre es multifacética y depende de los contextos, de los lugares, de los espacios. Fuimos a un contexto de extrema complejidad social, política y económica, en el que la Iglesia lógicamente no era ajena. Es difícil para quien no vivió ese momento ni está empapado del tema comprender la realidad de aquella Iglesia.
- ¿Y cómo era aquella institución?
- Fue una Iglesia que debió salir de un formato preconciliar a otro de vínculo con el mundo, con las situaciones cotidianas. Hay que pensar que la mayoría de los obispos, de los presbíteros, venía con una formación muy cargada de otra época y debieron poner en práctica el Concilio. La transición no fue nada sencilla, lo hemos vivido durante muchas décadas. Ahora, al cabo de 60 años, pareciera que estamos arribando a algo más contundente.
- ¿Cómo se produce ese choque con las nuevas generaciones, que estaban cruzadas por la Conferencia de Medellín (1968) y por los movimientos que los acercaban a los sectores más vulnerables de la sociedad?
- Hay muy buenos capítulos en el tomo 1 dedicados a los conflictos con los presbíteros, con los sacerdotes, por las maneras distintas de gestionar esa recepción conciliar. En Argentina fue fuerte, aunque no numeroso, el Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo. Ya estaban los curas villeros y antes los curas obreros. Entonces hubo intersticios para que la recepción al Concilio fuera más fluida, pero no fue perfecta, siempre hubo grupos que la llevaron mejor que otros. Quienes trabajaron desde la vida religiosa dicen que el Concilio creó una mística, no sólo una acción, y a mí me gusta mucho esa imagen. Yo de joven obviamente me comí Medellín y soy producto de haber vivido esa etapa como adolescente.
- ¿Cómo quedó estructurada la obra?
- El tomo 1 intentó ser una historia más amplia para hablar de la Iglesia en general, incluso del laicado, que es el 99% de la Iglesia. En el tomo 2 pasamos al papel de la Conferencia Episcopal Argentina y de la Santa Sede ante el terrorismo de Estado. Hicimos una cronología, así que nos fuimos un poquito antes del 24 de marzo; comenzamos más o menos en octubre del 75 y lo concluimos el día que se restauró la democracia.
- ¿Qué dificultades planteó la elaboración de este tomo?
- Los obispos informaban de algo al nuncio, el nuncio lo mandaba a la secretaría de Estado y hasta que contestaban habían pasado tres meses o 15 días, no todo era tan perfecto como hubiéramos querido. Lo dividimos en tres periodos históricos: al primero lo llamamos “el terror”, del 76 al 77, que fue la época donde pudimos ver las atrocidades que se habían cometido. Al segundo, del 77 a la guerra de Malvinas, lo llamamos “el drama”, cuando las denuncias empiezan a aflorar por todos lados. Y el último período, ya con la derrota de Malvinas y hasta el 83 lo llamamos “las culpas”, porque trataron de buscar todas las formas posibles para liberarse y elaboran leyes como la de amnistía.
- ¿Qué conclusiones sacan de lo actuado por la Conferencia Episcopal en esos años?
- Una de las actitudes que detectamos y pusimos en las conclusiones es que los obispos no pidieron ayuda a ningún organismo, ni siquiera de la misma Iglesia Católica, para enfrentar problemas jurídicos como la desaparición o la tortura. Por ejemplo, nunca pidieron a la Universidad Católica Argentina un asesoramiento con un abogado; mucho menos querían tener cerca a los organismos de derechos humanos. Varios de ellos tenían vínculos desde lo personal, pero como cuerpo no. Entre esos casos particulares estaban Jaime de Nevares, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, que fue la que más trabajó la parte jurídica por los habeas corpus y los desaparecidos, y Jorge Novak.
- ¿Qué otro punto destacan?
- El cuerpo de obispos tampoco tuvo conduelo con las mujeres: las madres y las esposas que habían perdido a sus seres queridos. No hubo una actitud de acercamiento. No quiere decir que no se las atendió, pero no hubo una empatía con el dolor de lo que estaba pasando. Es cierto que se hicieron acciones individuales, en algunos casos hay gente que dice “a mí me salvó el obispo tal”, pero como cuerpo no fue así.
- ¿Qué se decía en aquel momento de la muerte de los obispos Enrique Angelelli y Carlos Ponce de León? ¿Consideraban que eran crímenes?
- Nosotros investigamos hasta 1983. En ese periodo varias veces sale el caso Angelelli en el Episcopado y se sostenía lo del accidente. El que hace una disrupción total es De Nevares, quien había hablado con un abogado y puesto en la causa penal que no había sido un accidente. Por eso, gracias a la acción De Nevares la causa cambió de rótulo. Jaime, disruptivo como era siempre, invitó a todos los obispos de Argentina a una misa en memoria del martirio del pastor riojano y los únicos que asistieron fueron Novak, Esteban Hesayne y un obispo uruguayo. Cuatro nada más. En cuanto a Ponce de León, al día de hoy la Justicia tiene que volver a expedirse.
- ¿Cómo toman las críticas que señalan a la Iglesia como cómplice de la dictadura?
- Por todo lo que hemos investigado y leído de cosas que ni sabíamos que habían escrito los obispos no puede hablarse de complicidad, pero sí de que los obispos no actuaron públicamente. Esa es la gran falencia del Episcopado argentino, que tampoco creó una vicaría para atender estos temas, como hicieron los chilenos. Quienes manejaban la presidencia del Episcopado tuvieron actitudes de demasiada prudencia ante una Junta Militar que no era monolítica y tenía sus propias internas bien claras. Nosotros hemos pensado que hubo un amparo de la Iglesia a la dictadura, pero no una complicidad. Ciertamente que el momento previo a 1976 fue un caos y fueron los mismos políticos los que no quisieron hacer un cambio como se esperaba.
- ¿Y en ese contexto qué decía la Iglesia?
- La pregunta que los obispos empezaron a hacer en sus reuniones antes del golpe era qué tipo de gobierno iba a venir. El 10 de marzo se habían reunido y hablaron del tema. Tuve la gracia de entrevistar con otro colega a monseñor Hesayne. Fue en 2019, él ya estaba muy viejito y murió ese mismo año. Mantuvimos largas conversaciones, era una delicia hablar con Esteban, que había sido capellán auxiliar castrense y conocía la interna del Ejército, cómo se manejaban. Él nos dijo una frase que no me olvido: “nosotros pensábamos que los militares eran como San Martín o Belgrano, pero esos que llegaron no fueron ni uno ni otro”.
- ¿Cuáles son las conclusiones que recoge el tomo 3?
- Intentamos que fuera lo más abierto, no pusimos límites a nadie para que pudiera opinar. Se invitó a historiadores, que hasta hicieron una autocrítica de nuestro método de trabajo; se invitó a filósofos, a sociólogos, a teólogos -hay un capítulo muy duro que habla de cómo hacer duelos sin cuerpos-; participó gente del Derecho Canónico, de los derechos humanos. Con un colega escribimos un largo ensayo acerca del martirio. Y al final invitamos a mucha gente a que escribiera corto sobre su experiencia de ese período. Se hicieron casi unas 150 páginas con todos esos testimonios, múltiples, diversos y heterogéneos, para que la interpretación fuera lo más amplia posible.
- En lo personal, ¿que le dejó esta experiencia?
- Ninguno de los autores ni de quienes trabajaron con los archivos, que fue lo más duro, quedó inmune a lo que trasuntaban esos archivos. En cada papel no era ver un inventario, sino una persona. Yo sabía que cuando abría una carta, un documento, una carpeta, atrás estaba una persona secuestrada o torturada o desaparecida o el familiar. Me conmovió mucho y me sigue conmoviendo el dolor que significó entrar en esta historia y, como dice el Papa, me crea una memoria penitente. No estuvimos a la altura de las circunstancias y a mí me crea sentimientos bastante encontrados, no me ha resultado fácil despegarme de tanto dolor que uno percibió en las cartas que escribían los familiares, cuando narraban el trato que les daban a sus seres queridos en las cárceles. Era muy doloroso y a la vez alentador cuando veíamos que se conseguía identificar a una persona o saber dónde estaba. Esta es mi Iglesia y esa fue la realidad eclesial que nos tocó vivir.
› Presentación
Los autores llegarán a tucumán el 7 de abril y estarán en la UNSTA
El anfiteatro de la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (Unsta) será escenario el 7 de abril de la presentación de “La verdad los hará libres”. La cita es a las 19.30. La charla estará a cargo de dos de los autores de esta colección: Luis Liberti y Fabricio Forcat, que es profesor en Ciencias de la Religión (Unsta), licenciado y Doctor en Teología (UCA), y perito de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura de la Conferencia Episcopal Argentina. Invitan a este acto la Universidad Católica Argentina, la Arquidiócesis de Tucumán, la Universidad Nacional de Tucumán, la Red Religio Nodo NOA y Redhisel (Red de Estudios de Historia de la Secularización y la Laicidad).
› Luis Oscar Liberti
Es religioso y presbítero de la Congregación del Verbo Divino. Doctor en Teología por la Universidad Católica Argentina, es profesor titular ordinario de Teología Pastoral y director del Departamento de Teología Pastoral y Coordinador de investigaciones en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA). Sus reflexiones se orientan sobre la recepción del Concilio Vaticano II en la Iglesia argentina y latinoamericana. Ha ejercido la docencia e investigación en diversos centros de formación en el país. Es miembro de la Sociedad Argentina de Teología.