Las escenas que hoy se repiten en Lules, Aguilares, Villa Chicligasta, Los Gómez y Los Gutiérrez, entre otras localidades afectadas por las lluvias, son el reflejo de una deuda que se mantiene en Tucumán. En la Quebrada de Lules el río avanzó sin resistencia y se llevó casi 200 metros de la ruta provincial 321. Donde hasta hace pocas horas había una calzada, hoy quedan fragmentos de pavimento dispersos. Más allá de la ruta dañada, lo que queda en evidencia es la fragilidad de nuestra infraestructura (o la falta de ella) frente a un escenario que conocemos de memoria.
Según el relevamiento realizado por LA GACETA, el río Lules alcanzó un nivel inédito, producto de la acumulación de lluvias en zonas de montaña y de un segundo golpe de agua durante la madrugada del lunes, que terminó por socavar la base del camino. El asfalto fue arrancado y arrastrado por la corriente. La imagen es contundente, aunque no es nueva. Otras similares se repiten, casi con la regularidad de los veranos, cada vez que las precipitaciones superan los promedios habituales. Tambien resulta constante la falta de soluciones estructurales para una provincia que arrastra, desde hace décadas, un grave déficit en obras hídricas, planificación y mantenimiento sostenido.
El geólogo Juan Ángel García, máster en gestión y educación ambiental y docente de la Facultad de Ciencias Naturales, lo explicó con claridad a nuestro diario ayer: estos episodios forman parte de ciclos que se repiten cada 10 o 15 años. “El problema no es la lluvia, sino no estar preparados”, advirtió.
Los suelos saturados, los ríos desbordados y los canales colapsados no son una consecuencia exclusiva del clima. Son, en gran medida, el resultado de la falta de mantenimiento y de decisiones postergadas. El Canal Norte -una obra clave construida en la década del 40- no recibe intervenciones de fondo desde hace décadas. El sistema cloacal y los desagües urbanos trabajan al límite. Cada verano los vecinos viven en vilo.
No se trata de desconocimiento. Especialistas, técnicos y académicos han trabajado durante años en proyectos de encauzamiento de cuencas y manejo integral de los recursos hídricos de Tucumán. Es más, después de que la localidad de La Madrid quedara bajo el agua tras un temporal en 2017, la Legislatura creó una comisión para abordar el problema. Aquella emergencia parecía marcar un punto de inflexión; no lo fue.
Hoy, el escenario es similar, y aunque han cambiado los nombres de las localidades afectadas, la lógica de las respuestas sigue pasando por las medidas de emergencia, las justificaciones públicas, la asistencia inmediata y luego, el silencio.
La diferencia entre un fenómeno manejable y una catástrofe, como señala García, está en la planificación, la previsibilidad y el mantenimiento sostenido. En decisiones que no se anuncian con urgencia, sino que se sostienen en el tiempo. Sería necesario que las autoridades concreten los proyectos prometidos hace mucho tiempo.

















